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CUENTOS COSTUMBRISTAS DE LA REGIÓN CARIBE(CÓRDOBA)

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Gratitud

Mensaje  Rayodesol el Lun 8 Sep - 19:04

hermoso!! gracias me siento halagada por tan bello sentir

Rayodesol
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Re: CUENTOS COSTUMBRISTAS DE LA REGIÓN CARIBE(CÓRDOBA)

Mensaje  Cogito ergo sum el Lun 25 Ago - 0:35

L’humain reste toujours imparfait
mais Dieu du vissage de la femme a fait
la plus merveilleuse beauté
qu’aucun artiste avant Dieu sculpterait

En matière de femme et anatomie
l’homme tombe par fois en amnésie
oubliant par fois qu’il est marié
et sont honneur est tout sauf bonifié

C’est ainsi que le cœur commande la raison
et même quand les obstacles font légion
nous souhaiterions dans la même maison
cette femme qu’éveille notre passion

Malgré que mon cœur devrait t’oublier
malgré que la raison interdit de t’aimer
à chaque fois que je te regarde le désir
pour toi grandi avec le plus grand plaisir.
C’est plus forte l’envie de ton corps
que les raison pour lesquelles j’ai tort
c’est avec la plus grade douleur
malgré que je suis toujours ton adorateur
à chaque fois le chemin du retour
me rende pour toi triste et songeur.
Sache que je vais t’aimer pour toujours
même s’il semble chose impossible
tu est la seule propriétaire de mon cœur
sans toi ma vie serait minable
Jamais personne pourra t’aimer
avec autant de passion que je t’aime
car tu est pour moi la première
qui maintienne ma mémoire plaine
Chaque fois que je te regarde
je sens mourir d’envie de toi
car je te trouve tellement belle
que j’aimerai mourir avec toi
Chaque fois que je te regarde
j’ai la seule envie que tu sois a moi
chaque minute que l’on perde
alimente d’avantage ma fois
Si tu été vraiment ma femme
je ne regarderai plus jamais ailleurs
car c’est toi qu’allume ma flamme
et pour moi tu est la meilleure
Tu a pour moi les plus beaux seins
en tout cas c’est eux que je préféré
comment de toi j’ai cette faim
passion qui me rends très fière.
Le plus heureux des humains.
Je trouve dans la couleur de tes yeux
la couleur véritable de l’amour
Je trouve dans la couleur de tes cheveux
plus d’intérêt que dans l’or

Cogito ergo sum
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ALBORADA CORDOBESA

Mensaje  Cordoba el Dom 20 Abr - 6:37

ALBORADA  CORDOBESA

Por: Nabonazar Cogollo Ayala


Corría la segunda mitad de la década de los ochenta y cada madrugada entre las 5:30 y las 6:30 se escuchaba la voz alegre del locutor Ramiro Mendoza quien despertaba a Córdoba con su canto decimero y su algarabía regional, porque era mejor “coger el día por la punta”. Aquella cita diaria con las costumbres ancestrales de nuestra tierra, la leyenda y el dicho de monte, al son de los más inspirados porros y fandangos de los compositores criollos, dejaron una huella indeleble en el alma de los que un día tuvimos que partir en busca de oportunidades formativas y laborales. Al ya extinto programa radial Alborada Cordobesa, lo mismo que a su inmortal inspirador este sencillo pero emotivo reconocimiento.

¡VAMOS  COMPAE  LEVÁNTESE!

“¡Volvió, volvió y amaneció dijo el lechero de Arteaga... y del mismo lao!... ¡Vuelve el puerco y jala el cuero!; y aquí vamos como tres en el anca de un piojo, la gurupera corta, subiendo loma y la pechera partí´a!... ¡Pa´ adelante es que va la vaina y de todas maneras Viloria a la cárcel va!... de todas maneras. Hombe... empieza la semana; hoy es lunes de...”

De esta simpática forma empezaba cada día el programa de Mendoza, bendiciendo las frescas madrugadas del Sinú y el San Jorge con aquella retahíla de dichos de monte que a muchos resultaba incomprensible pero que provocaba las más espontáneas carcajadas en la mayoría de los radioescuchas. ¿Por qué? Porque ahí se hacía presente, de alguna manera nuestra tierra toda: Ahí estaba vivo y latente Córdoba, con su mentalidad colectiva y su picaresca inigualable. Con la lógica simple pero contundente de los raciocinios de sus campesinos y con la electrizante música de sus fiestas y corralejas. “¡Volvió y amaneció... Vamos compae levántese que hay que coger el día por la punta!” ¿A quién no estremecía aquel grito de batalla que se constituía en toda una afirmación de la propia identidad?

EL OTRO DÍA ME ENCONTRÉ...

Y continuaba el mago de la palabra y la oralidad cordobesa... “El otro día me encontré con Petronita, una amiga mía de allá del lao de Cereté. Y me dijo, oye Ramiro te voy a contá una cosa que me pasó pa´ que la cuentes en tu programa: Hombe resulta que los otros días me levanté más o menos hacia la media noche porque estaba más bien como desvelada y fui al tinajero a tomarme una bebida de valeriana. Pero... ¡Malhaya sea!...no había agua. Eso quedaba era un guarrú ahí. Entonces cogí un mechón pa´ salir al tinajero de la cocina, porque era noche oscura sin luna. Bueno. Yo me salí pa´ afuera con el mechón y me estaba tomando la valeriana al costado del horcón de la cocina cuando vi que por el caminito de la cerca de tuna venía una procesión de gente. Un poco de viejas, viejos y peladas iban pasando con unas velas prendías. ¡Mierda, a mí se me espelucó el cuerpo!... ¿Y esa vaina qué era? Bueno, pero yo, entre miedosa y animosa no me metí pa´ dentro y más bien empecé fue a reparar a la gente, a reparar a la gente y empecé a darme de cuenta que ahí iban unos conocidos míos. Yo decía pa´ entre mí... “Mira ahí va Fulanito de tal; allá va Menganito. Allá va la hija de Zutana... en fin”. Yo cogí confianza y me terminé la valeriana y me arrimé a la cerca de tuna del camino. Cuando estaba yo ahí parada pasó la procesión de gente por enfrente de mí con los mechones prendidos y una de esas conocidas mías se me acercó a saludarme y me dijo:

-¡Uehhhh Petronita!... ¿y qué es que no tienes sueño?
-¡Nombe!...aquí estoy toa  desvelada... Ajá... ¿y ustedes pa´ dónde van?
-¡Esta es una procesión que me invitaron!... ¿Por qué no vienes con nosotros?... ¡Coge, te doy una vela pa´ que nos acompañes!
-¡No Mija, yo te agradezco pero yo voy es a dormir que ya me está dando sueño!
-¡Bueno!...guárdame la vela y me la das mañana... ¿Oíste?
¡Bueno! ¡Hasta mañana!

Al día siguiente bien tempranito me levanté y después de recoger los toldos y las camas de viento,  barrer el patio y hacer los demás oficios, me acordé de la vela y la fui a ver. ¡Y era una canilla de muerto!... ¡Ay María Santísima si aquello que yo vide anoche era una procesión de brujas!... ¡Dios nos ampare y nos favorezca!... ¿tú puedes creer eso Ramiro?... ¡Una procesión de brujas!

-Hombe Petronita tú estuviste fue de buenas; no te llevaron porque estabas adentro del solar de la casa tuya y la casa es sagrada... ¡Por eso fue que no te llevaron! – le dije yo-
-¡Sí mano!...¡Y júralo! La Virgen de la Candelaria me iluminó. –Me decía la pobre-

-Hombe... ¡Estas son historias de nuestra tierra!”

Inmediatamente sonaba con estridente melodía la puya “La espuela del bagre” y después el porro “El Ratón” con su pegajosa cadencia.

EN EL 52 SE FORMÓ CÓRDOBA

Terminada la cortina musical continuaba el locutor: “Estamos en el mes de junio, un miércoles 18 de junio del año 52 se formó el Departamento de Córdoba... ¡Hombe compae eso sí fue grande!... Eso la gente en Montería se volvió loca: hubo maicena, salvas de artillería, comida, bailes de sala.... ¡Carajo! Eso se bailaba aquí y allá, en el parque, en la plaza... en fin. ¡Todo el mundo se la pasaba moviendo, moviendo la angarilla! ¡Eso se veía bailar el negro como si tuviera una espina de mora clavá  en el talón! De Bogotá se  vino el presidente en avión con la mujer, la primera dama. ¡El blanco grande se vino pa´ acá! ¡Imagínese usted cómo sería eso de importante!

El negro Dechamps –era chocoano el hombre-, formó la Banda Departamental y eso nada más se oía la retreta noche y día. ¡Eso sonaba el vals “Flores y perlas” y el Himno de Córdoba cada ratico, cuyas estrofas fueron escritas por el poeta ceretano Rafael Grandet Valverde! Al doctor Remberto Burgos Puche le dicen “el padre del Departamento de Córdoba”; porque a él más que todo fue al que le tocó peliá allá en Bogotá con toda esa gente de Bolívar en el Congreso que no querían que se creara el departamento... ¡Pero el hombre se paró como un verraco y echó la vaina pa´ adelante sin talanquera que la aguante! ... ¡Y aquí está el departamento oyendo el cuento!”...

Y acto seguido sonaba con la majestuosidad de su timbre el porro “María Varilla” y después “Soy Pelayero”, para rematar con “El binde”.

PEDRO ARDIMALAS

“Ahora vamos a contar un cuento de Pedro Ardimalas... ¡hombe ese vergajo sí era malo!... ¡más malo que la mula que patió a Dios! Cuanto estaba chiquito lo mandó la mae con una totuma a que le comprara dos chivos de mazamorra donde la Niña Zunilda, que tenía un ventorro en el otro caserío, pasando el caño. Y salió el puñetero por todo el camino -que era un barrial porque había llovido toda la noche-. El pelao iba repitiendo pa´ que no se le olvidara el mandao: “una totuma de mazamorra por dos chivos de cobre, una totuma de mazamorra por dos chivos de cobre...”. En esas iba cuando no se dio cuenta, pisó mal y ¡juápata!... se cayó dentro de un hoyo de barro y se puso negrito... ¡Del color de la tierra!

¡Mierda!... se me perdió el mandao aquí en este barrial... ¡Tengo que buscarlo pa´ ver  si  lo encuentro!

Y empezó Ardimalas a rebuscar por aquí y a escarbatar por allá, con la totuma bajo del sobaco y los chivos en el bolsillo del mocho de pantalón de lona. ¡Tengo que encontrar el mandado, tengo que encontrarlo! –decía-. Cuando ya tenía un buen rato de estar buscando el mandao, acertó a pasar por ahí un machetero viejo que venía del monte del lao de Manguelito, quien se lo quedó viendo y le dijo:

¡Ajá pelao!... ¿Y qué es lo que buscas tú ahí descalzo en ese barrial?
¡Nombe estoy buscando un mandao que la mae mía me mandó a hacer con esta totuma y estos dos chivos de cobre!...Pero no lo he encontrao.
¡Tú lo que estás buscando es cogé  una mazamorra en el fango maluco ese!
¡Ahhh eso era lo que yo estaba buscando!... ¡la mazamorra!...Ya la encontré, me voy.

Y contento como al principio, salió Pedro Ardimalas del hoyo, embarradito de la tierra y se fue al ventorro a comprar la mazamorra del mandado”.

Una nueva cortina musical sellaba con broche de oro el relato picaresco. Esta vez se trataba del porro “El Pájaro”, seguido de “Fandango Viejo” y  “La Mona Carolina”…

DESPEDIDA

El reloj había corrido rápidamente -quizás demasiado- y Alborada Cordobesa se acercaba a su final. “¡Bueno mi gente, esto se acabó!...  Hasta mañana será otro día cuando con el dicho del lechero, el canto del gochó y el reclamo de la guacharaca, saludemos otra alborada. Porque no se les olvide, mis compadres y comadres: ¡Siempre es bueno coger el día por la punta!”.

Y luego de haber asistido a aquel delirante paseo por los senderos del folclor y la tradición oral de nuestra tierra, marchábamos a las diarias labores; felices y satisfechos por ser parte viva de un conglomerado culturalmente cohesionado llamado Córdoba. ¡Tierra de la leyenda, el mito y el gracejo! ¡Patria insomne del porro y el fandango que nunca mueren! Estas manifestaciones de nuestra idiosincrasia vivirán cada vez que el hombre cordobés se enfrente a los retos de la vida diaria, con la picaresca de su canto y con el garabato del apunte gracioso con el que aparta las matas del monte de la desidia y el aburrimiento; para cercenar los tallos, a fuerza de aquellos golpes de audacia, ingenio y creatividad que lo hacen inmortal y lo impulsan al infinito.


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EL VALLENATO, MATILDE Y YO....

Mensaje  Cordoba el Dom 15 Sep - 7:10

El vallenato, Matilde y yo......
La primera vez que vi a Matilde la miré a los ojos y le dije que ya no podía ocultar el amor que cada día crecía en mi corazón por ella, que cada vez que me miraba sentía que sus ojos profundos me atrapaban, que su sonrisa iluminaba cada uno de mis días. Llevaba poco más de un año viviendo en La Guajira y aun no me gustaba el vallenato.

Recuerdo mi llegada a La Guajira. Corría Enero del 93 (como dicen los novelistas) y mi hermana y yo nos bajamos frente al batallón Rondón en la madrugada oscura y cálida de la provincia. El viaje desde Bogotá fue como tantos viajes que ya habíamos vivido a lo largo y ancho de Colombia. Ya conocía La Guajira, o al menos parte de ella, en los viajes de vacaciones que, desde cualquier lugar, nos llevaba a visitar a mis abuelos en La Sorpresa, festivo nombre de la finca en la que aun viven; gracias sean dadas a dios por ello. La perspectiva, sin embargo, no era de pasar unos meses divirtiéndonos en la acequia y pescando a machetazos, sino vivir allí. Perspectiva que involucraba aspectos interesantes como la misma acequia, los arboles, los primos, el salir al ordeño en la mañana, la pista de aterrizaje y la promesa de mil aventuras; e involucraba aspectos inquietantes para nosotros, acérrimos citadinos, como la “corronchera” del guajiro, la inexistencia de acueducto y electricidad en la finca, los bichos raros y el vallenato.

Los que tienen mala memoria me vituperarán, y tal vez con razón, por los prejuicios con que llegaba, pero antes no se tenía ese concepto del Caribe que hay ahora. Ahora el costeño está de moda, aquí mismo en este frio y apartado paramo donde habito se ve a la juventud luciendo pintas antaño solo concebibles en Barranquilla o Cartagena. Ahora, después de que la famosa ola vallenata masacrara el folclor guajiro y lo dejara en términos inferiores al reggaetón, ahora es que cualquier pelagato dice ¡Ay hombe!, y orgullosamente cree estar escuchando vallenato. Antes no. Antes el cachaco promedio, esnob por definición, consideraba el vallenato como una aberración ruidosa de los corronchos costeños. Los jóvenes ochenteros y noventeros se dedicaban al rock y la música electrónica. En las fiestas solo era válida una salsa bailada insípidamente a punta de dar vueltas, y un merengue rodillero que ya señaló Andrés López. Presa de estos paradigmas culturales llegué a La Guajira.

Le debo el vallenato a la poesía, no porque la lirica de las letras me conmoviera al punto de hacerme abandonar mis prejuicios, sino porque a algún despistado se le ocurrió que yo debía ser un buen poeta y corrió la voz; por ello me comenzaron a llevar a las serenatas a cumplir el misterioso papel de “dedicador”. Ya vivía entonces en Fonseca, un año completo había pasado y aun no me gustaba el vallenato. Accedí a asistir a las serenatas a cumplir el misterioso papel de “dedicador” por cortesía y porque gastaban trago, sello rojo, sello negro y “olparcito” muchas veces, o “bucanas” que se convirtió en mi favorito. El misterioso papel de “dedicador” sigue siendo misterioso para mí. El enamorado, novio, exnovio, pendienton, o interesado en dar la serenata (nunca fue un marido) llevaba los músicos, normalmente un partida de guitarristas y un cantante, y el dedicador. Una vez los músicos cesaban su arte, la damisela se asomaba por la ventana y empezaba la labor del dedicador, la cual obviamente era hacer la dedicatoria. La primera vez que me pidieron que hiciera una dedicatoria tomé un papel escribí las líneas más cursis y rimbombantes que se me pasaran por la cabeza en el momento y se las entregué al interesado, este me miró extrañado y me dijo que él no era capaz de decirle esa vaina a la novia y que para eso me habían llevado a mí, así que me empujaron y me dejaron perplejo, confundido y aterrorizado frente a la novia en cuestión; armado solo con un papel arrugado y mal escrito para defenderme. Le pude al pánico y empecé a leer la dedicatoria que estaba escrita en primera persona por lo que parecía que yo era quien estaba enamorando a la pobre muchacha. Estaba asustado, le estaba diciendo a una niña asomada a una ventana que estaba enamorado de sus ojos, de su voz, que cada día la pensaba más, que estaba loco por ella. Aun que trataba de decirlo en el tono más neutro posible la niña me miraba con unos ojos de rumiante que cada vez me preocupaban más, ¡Y todo esto lo hacía delante del novio! Lo único en que podía pensar era en que en cualquier momento el novio no se iba a aguantar más y me iba a agarrar a golpes. Pero cuando por fin terminé la dedicatoria, el novio me hizo a un lado y se acercó a flirtear con su novia enamorada. El único reclamo que después me hizo fue que me había faltado ser más expresivo, pero que el poema fue maravilloso.

No, yo tampoco entiendo. ¿Por qué pedirle a otro tipo que le diga a mi novia palabras bonitas mientras la mira a los ojos? Las famosas credenciales y esquelas de amor siempre me han parecido absurdas, insultantes; cuando alguien regala una de ellas está expresando que: “no me nace decirte nada así que compré una tarjetita insulsa para que otro lo diga por mi”. Mi conmoción frente a la institución del Dedicador solo pude superarla gracias al peligroso caudal de alcohol que inundaba mi torrente sanguíneo en ese momento. Una vez superada la perplejidad, empieza el goce. Empecé entonces a recorrer la noche de Fonseca, a bordo de las serenatas, en las compañías más heterogéneas. En una de esas serenatas conocí a Matilde.

La primera vez que vi a Matilde la miré a los ojos y le dije que ya no podía ocultar el amor que cada día crecía en mi corazón por ella, que cada vez que me miraba sentía que sus ojos profundos me atrapaban, que su sonrisa iluminaba cada uno de mis días. Luego de terminar mi trabajo de dedicador, me hice a un lado para que Jorge, el enamorado, tratara de conquistarla. Matilde era de verdad hermosa, e inconquistable, no porque fuera inaccesible y lejana como en un cuento de Poe o un poema de Silva, en realidad era demasiado accesible, demasiado cercana. Tenía la curiosa capacidad de convertirte instantáneamente en su aliado y su cómplice, en su amigo. Cuando la cortejada rechazaba a su pretendiente, solía rechazarlo con todo y serenata, pero Matilde no rechazaba ninguna serenata, pero tampoco aceptaba a ningún pretendiente. Recuerdo tanto esa primera serenata, fuimos con Juancho, Manuel y Jaime en la guitarra (yo apenas estaba aprendiendo, es otra cosa que le debo a las serenatas), Joye (Jorge) era quien pretendía echarle el cuento a Matilde. Empezaron a cantar “Esa morena que me entusiasma cuando me mira”. Matilde salió no a la ventana, como todas las cortejadas, sino que abrió la puerta, me sentí más raro que de costumbre diciéndole todo eso a ella que me miraba sonriendo con los brazos cruzados, luego se echó a reír con naturalidad y se sentó con nosotros a tomar whisky y a contar chistes, en medio de tal ambiente de camaradería ¿Cómo hacer una declaración romántica? Sería como echarle el cuento a la hermana. Por fin Juancho me la presentó.

- Mucho gusto, Carlos

- Matilde

- Como la de Neruda- dije yo

- No –dijo Juancho- como la de Leandro Díaz

Y con esa misteriosa sincronía de los buenos músicos, entonaron al unísono “Es elegante, todos la admiran y en su tierra tiene fama, cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana, cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana” y volvieron a quedar en silencio.

- Creo que está mal- dije yo- debería ser “cuando Matilde camina, hasta la sabana sonríe”.

- ¿Por qué?- Preguntó Matilde.

- Porque al decir “hasta sonríe la sabana” se sugiere que la sabana hace de todo, hasta sonreír, mientras que el decir “hasta la sabana sonríe” se sugeriría que todo sonríe, hasta la sabana.

Matilde me miró con más compasión que impaciencia y dijo.
- No joda muchacho, tu de verdad no entiendes nada del vallenato.
Y así conocí a Matilde.

Al día siguiente me descubrí a mi mismo tarareando el estribillo “Cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana”, se me había quedado pegado.

Empecé a ver a Matilde con frecuencia, a declararle un amor ajeno dos o tres veces por semana, a veces nos veíamos dos veces en la misma noche y en la dedicatoria teníamos que hacer un esfuerzo titánico para no reírnos a carcajadas. Poco a poco nos empezamos a adaptar a ese pequeño acto que se iba convirtiendo en un preludio de nuestras parrandas, de nuestras conversaciones en torno a la música ya la cultura. Ella pedía canciones para enseñarme la riqueza del vallenato, a la cual yo parecía inmune; aun que me gustaba su voz de contralto, que convertía las eses en jotas, y que matizaba cada sílaba decididamente. La única estrategia que empezó a tener efecto sobre mí fue completamente inesperada, una noche en que estábamos escuchando a Jaime cantar, de un momento a otro tomó mi mano y me dijo “Escucha esa parte”. Recuerdo aun la voz de Jaime entonando: “Guitarra suspira al viento, dile que aleje tantos fracasos” Entonces Matilde me soltó y se puso a acompañar con las palmas. Dejé de escuchar la canción, pero la frase me quedó sonando, debí reconocer que era bonita. Al día siguiente seguía pensando en la frase, me seguía pareciendo bonita, y la voz clara de Jaime acompañada por la guitarra de mi tocayo Carlos, le daban una dimensión diferente, cercana, dulce. Tomé mi guitarra e intenté infructuosamente entonarla, el andante vallenato era muy complicado para mí, dedicado a intentar más bien con el rock en español. Pero entonces, con la guitarra en la mano lo comprendí. No importaba que la frase fuera bonita, lo terrible es que era cierta. Cuando estaba triste y tomaba mi guitarra para entonar torpemente alguna canción de Los Enanitos Verdes, en realidad eso era lo que quería que hiciera: que le suspirara al viento y le dijera por mí que alejara tantos fracasos, yo no sabía cómo alejarlos.

Reconozco que lamentablemente no sé mucho de vallenato y quisiera saber más, poco conozco de autores, cantantes músicos, a veces ni siquiera canciones. Lo que más atesoro son pequeñas y maravillosas versos en su sensible melodía. Debo mi fragmentaria erudición vallenata a esa pedagogía táctil que Matilde empezó a ejercer conmigo. Me tomaba de la mano en un pasaje y decía “oye, oye” y durante ese momento yo de verdad oía. No sé si atribuir esta nemotecnia a que ella seleccionaba esos fragmentos perfectos, memorables; o atribuirlo a su contacto perturbador que me servía de umbral hacia su mundo. Yo a veces le hablaba de mis gustos musicales, de Gun’s and Roses (los gansos rosas para ella) y del apoteósico concierto en Bogotá, de los prisioneros, de Ace of Base, del Joe, de Beethoven. Ella me replicaba que de pronto seria una música bonita, pero que hablando de ella no se podía saber, que había que escucharla. Al despedirnos de ella siempre le cantábamos su canción, Matilde Lina, y siempre amanecía pensando en que cuando Matilde Camina, hasta sonríe la sabana.

Después de varias semanas con ese estribillo endemoniado de “Matilde Lina” dándome vueltas en la cabeza, decidí que valía la pena estudiar la canción ver si decía algo interesante. Le pedí en entonces a mi mamá (guajira de profunda estirpe) que me copiara la letra y me senté a analizarla. Encontré algo de mi interés, decía: “Este paseo es de Leandro Díaz pero parece de Emilianito; tiene los versos bien chiquiticos y bajiticos de melodía, tiene una nota bien recogida que no parece echo mío, era que estaba en el rio pensando en Matilde Lina.” Consideré inteligente la reflexión autorreferencial que el autor hacía dentro del texto, demostraba un profundo conocimiento de su propio folklore y hacía un pequeño guiño de homenaje a otro compositor con lo que establecía un metalenguaje lirico que dejaba la puerta abierta a una reflexión cultural de identidades musicales. Feliz con mi inteligentísima observación esperé la próxima oportunidad que tuviera de ver a Matilde para decírselo, quería demostrarle que sí entendía el vallenato. La oportunidad no se hizo esperar, el siguiente fin de semana fue Ricardo, un compañero de colegio, quien quiso probar suerte en serenata a Matilde y, como era de esperarse, fui a cumplir mi papel de dedicador. Me pareció que ella sonreía un poco más. Cuando por fin terminamos nuestro acto y nos sentamos a parrandear le expuse mi elaborada observación.

- Ay, tú si hablas bonito- me dijo, y mi vanidad subió unos 5 pisos.

- Lástima que digas tantas bobadas- y mi vanidad se arrojó desde ese hipotético quinto piso.

- Bueno, explícame porque son bobadas.

- Tu eres como muy inteligente pa’ explicártelo.

- Eso que dices no tiene sentido.

- Sentido, niño, es precisamente lo que tiene.

- ¿Por qué?

- Oye, ¿tú que vas a hacer mañana?

- No sé, me imagino que venir a media noche a decirte que la luna se ha quedado en tu mirada y que tu voz arrulla mis nostalgias, o algo así.

Ella, que estaba tomándose una copa, botó todo el whisky por la nariz, derramándolo en la acera.

- Debería incluir esto en la dedicatoria de mañana “Tu, la de ojos negros, la que suele derramar whiskey por la nariz, tú escucha mi serenata”.

Ante lo cual ella se aferró fuertemente a mi brazo emitiendo un curioso sonido mezcla de toz, hipo y risa, mientras le brotaban lagrimas por los ojos. Ricardo nos miraba con ojos poco amistosos.

- Oye, tú si eres malo.

- Si, lo acepto.

- Okey, mañana hay una fiesta donde Nacho.

- No sé quien es Nacho.

- No joda, Nacho Brito, el novio de mi prima Diana Parody, de los Brito que viven al lado de la casa donde se murió el viejo Cote.

- Ah, claro.

- ¿Ya sabes donde es?

- No tengo las más remota idea, pero como lo dices con tanta naturalidad me da pena admitirlo.

- Uy niño, que cosa contigo.

- Bueno, espera, Nacho Brito. Sí, creo que sé donde vive.

- Bueno, entonces mañana nos vemos allá.

- Pero yo no los conozco.

- Pero ellos si te conocen a ti, además sí me conoces a mí. ¿Sí sabes bailar vallenato?

- Sí, pero.

- Pero nada.

- Bueno.

Al día siguiente esta conversación me inquietó por varias cosas. Primero por esa afirmación de que ya me conocían, ese fue el primer indicio que tuve del poco anonimato que se puede tener en un pueblo, no tienes que ser famoso, simplemente todos se conocen y hablan entre sí, por lo que yo estaba en desventaja. Segundo porque me di cuenta de que lo que Matilde decía se iba haciendo cada vez más cierto: La conocía. Para cada dedicatoria me tenía que poner a pensar en ella, en cómo era, en la forma en que se movía, en el color de su piel y sus ojos, en el brillo de su cabello, en lo que le gustaría que le dijera. Era un trabajo que hacía para cada dedicatoria, independientemente de la destinataria, pero me empecé a preguntar si sabía tanto de ella porque me tocaba o porque quería. Sin embargo, lo que más me preocupó en ese momento fue que descubriera mi timidez. Yo era patológicamente tímido. La única razón por la que podía hacer de dedicador era porque el que pasaba la pena era otro, y de todas formas necesitaba cierta dosis de sello negro, por lo menos, circulando por mis venas. Era tal mi patología que no había tenido aun mi primera novia, había tenido algunos “vacilones” pero eran amores fugaces que me permitía el abuso del licor, y aun así era necesario que fuera la fémina quien tomara la iniciativa, me daba pánico intentar seducir a una mujer. Es evidente entonces, que la afirmación de mi dominio del baile vallenato era cierta solo en parte, en una muy, muy pequeña parte, digamos que conocía la teoría. La perspectiva de tener que llegar ante un grupo de desconocidos, estando sobrio, y encima tener que demostrar mis habilidades bailarinas a Matilde (y muy cerquita de ella), me paralizaban. Me equivoco al decir que esta conversación me inquietó, creo que el pánico y el terror describen con una mayor exactitud mi estado de ánimo. Pero la noche llegó.
Existe un curioso estado de excitación que precede a la ebriedad, en donde nos sentimos seguros, lúcidos, invencibles. (El tipo se cree un James Bond) Este estado recibe diversos nombres en diversos lugares: estar entonado, prendido, en verano. En La Guajira a este estado se le conoce como estar en “Temple”, término que considero una magnífica ironía del argot guajiro que establece una inverosímil relación entre la templanza, virtud de virtudes, y la ebriedad.

Mi elaborado plan consistía en llegar en temple al baile. Un par de horas antes saque mi guitarra para relajarme (y estresar al resto de la humanidad), y escancié mis celosamente guardadas reservas de whisky. Un par de horas después no estaba nada relajado y me sentía horrorosamente consciente de mi mismo. Inmerso en este festivo estado de ánimo me dirigí al encuentro de Matilde. En la casa de Nacho descubrí que conocía a muchas personas y que, como había afirmado Matilde, mucha gente me conocía. Yo temía que me segregaran como el extraño que era o, peor aún, que me prodigaran esa cortesía excesiva y artificial que se les da a los recién llegados en otros lugares, pero el carácter guajiro es diferente, simplemente me aceptaron como otro amigo más, como otro guajiro. Eso me tranquilizó un poco. Al menos mitigó esa inexplicable paranoia que fundamentó parte de la árida timidez de mi adolescencia.

Matilde estaba inevitablemente hermosa. Su belleza sin artificios, sin ortopedias, la desbordaba casi que a regañadientes, porque parecía que ella quisiera negarse a ser hermosa, negación del todo inútil. Llegó como siempre sin maquillaje, ataviada con un vestido blanco tan sencillo que resultaba desafiante, y que parecía que le sobraba; tal vez por el contraste del blanco con el tono moreno de su piel, o por la forma en que este se ceñía a su contorno, pero el vestido dejaba la impresión de ser algo superfluo, innecesario, de que contravenía la espontánea desenvoltura de Matilde. Me saludó con una sonrisa

- Hasta que llegaste.

- Si, hasta que llegué.

- ¿Si vas a bailar conmigo?

- No sé, claro, si. Por eso vine. Creo.

- Aja, tu como que si no te me estas echándome el cuento andas asustado.

- Que chistosa.

- ¿No?

- Bueno, sí. Pero es que no conozco a nadie aquí.

- Si, como no. Mejor vamos a bailar.

La providencia quiso sonreírme con un merengue, o alguna incoherencia que se baila como merengue que es lo que se escucha desde que Wilfrido profanó el género con su baile del perrito. Recordé el entrenamiento practicado con primas y tías: 30 cm de distancia y mueva los pies. Matilde parecía debatirse entre estar preocupada o divertida. Al final de la pieza di las gracias y procedí a sentarme, me detuvo a tiempo la mirada atónita de Matilde que me sugirió que aquí no se bailaba solo una pieza. Sonó entonces, maravillosamente, una salsa del Joe. Hay algo en la salsa que me toca. Un llamado, una arenga, casi que un reclamo que despierta mis raíces negras. Ya no pienso en el algoritmo del baile, me olvido de mis pies, de mis manos, y siento ese placer atávico de reír y celebrar con todo el cuerpo. La salsa es toda una historia, pero ahora estamos con Matilde que sonreía al verme bailar y sonrió aun más cuando empezó sonar un vallenato.

“Y a donde iras, adonde iras, adonde iras,
ya te verán buscando un sol
para tus noches de dolor,
ya nos verán buscando amores
donde nacen los amores
cuando muera esta ilusión”.
Un poco tranquilo por la salsa empecé a intentar bailar.

- Así no se baila el vallenato- dijo Matilde- Vení pa’ca.

Me tomó la mano derecha y con ella rodeó su cintura, mi mano izquierda en su omoplatos y las sienes unidas; los cuerpos en un contacto muy, muy estrecho (tomé nerviosa nota), empecé a bailar como si tuviera Parkinson y artritis hasta que me dijo.

- Cierra los ojos.

Entonces, por fin, surtió efecto esa didáctica epidérmica que ella era capaz de ejercer sobre mi; entonces empecé a sentir el ritmo poderoso e intimo del vallenato. ¿Cómo hablar del baile del vallenato? Decir de la clarividencia de los cuerpos, de la cadencia, del sentido de comunión. No decir nada e invitar al lector a que lo baile como se debe bailar. El cachaco promedio, a ese baile pegadito y en una baldosa, probablemente lo considere morboso; pero, aun que es innegable el sentido erótico del mismo, se trata de una sensualidad franca, directa, sin trampas ni astucias.

Al día siguiente no vi a Matilde, unos amigos pasaron temprano por mí y me invitaron al Silencio, delicioso paraje del rio Ranchería; para participar en el curioso evento de “parrandearse un disco”. La cosa es más seria de lo que parece, se trata de realizar todo un estudio lirico y musical de un álbum vallenato de reciente ubicación. Esta experiencia solo la he revivido junto a algunos fanáticos del jazz, pero tristemente aderezada con una afectación infinita. En el vallenato a afectación sobra, se trata de algo familiar, cercano. Una parranda consiste en dedicarse horas y horas a escuchar cada canción, discutir las letras, la posible unidad de todo el álbum, criticar la ejecución de cada uno de los instrumentos, recordar los nombres de todos los músicos y compositores, comparar con producciones anteriores, montar las canciones en guitarra. Se realiza un despliegue de erudición y sensibilidad asombrosas. Claro que se bebe pero, a diferencia de las tierras frías en donde se bebe por necesidad (hay que calentarse de algún modo), allí se bebe por gusto, la idea no es embriagarse sino compartir.

El álbum era (lo recuerdo tanto) “Sin límites” con la voz de Iván Villazón y el acordeón de Franco Argüelles. Sonaba una y otra vez esa maravillosa composición de Alfonso “Poncho” Cote “Almas felices” en donde se nombra a sí mismo con pleno derecho. Cuando la escucho ahora, después de tanto tiempo, siento el sabor del whiskey en mi boca. Fue, con toda probabilidad, el primer vallenato que me conquistó por sí mismo. Quien tenga algo de memoria vallenata recordará la fiebre que causó “El detallista”, el gran clásico de Fabián Corrales, pero yo solo tenía oídos ese día para la dulce composición de Luis Egurrola “Cuando muera esta ilusión” y recordaba el perturbador y cadencioso contacto de Matilde. Las canciones me sonaban de antes, no logaba precisar de cuándo o dónde porque eran nuevas, pero es algo que después descubrí que puede pasar con cierta música, ciertos libros, ciertas mujeres.

Las mujeres tienen un deslumbrante talento para la inocencia, o al menos para fingirla. Una semana después, cuando vi a Matilde, ella hizo como si nada. Yo hice lo mismo (torpe) pero se sentía una insalvable diferencia. Hablábamos menos y nos mirábamos más, nuestras manos solían encontrarse como por casualidad, pero siempre existió una barrera. Por mi parte mi patológica y estúpida timidez, pero por parte de ella es todo un misterio. Rechazó sin mayores explicaciones ni traumas a todo el que trataba de enamorarla, razón por la cual ya poco la veía en las serenatas. Conmigo nunca se atrevió a ir más allá, claro que tampoco me atreví yo. Excepto la última noche que la vi. Me enteré que se iba a Barranquilla (a adornar sus calles como dice la canción) y esa noche fuimos a darle serenata. Yo ya tenía alguna destreza en la guitarra y había ensayado una canción para ella así que comencé a cantar

“Perdona morenita que llegue a estas horas
A interrumpir tu sueño si es que estás dormida
Pero es que en esta noche siento que mi vida
Deambula por la calle un poco resentida
A ver si con mirarla puedo consolarla”
Después de que sonaran un par de canciones ella salió a la puerta como era tradición y yo me acerqué como era tradición también; pero esta vez ella no se quedó en la puerta, siguió avanzando hacia mí y yo no me detuve a decir nada, seguí avanzando hacia ella y sin ninguna palabra que nos estorbara nos sumergimos en un beso que atraviesa los kilómetros y los años. Un beso dado sin medir distancias. Puedo decir sin dramatismos que no soy de ninguna parte, una vida nómada me ha hecho así y no me enorgullezco ni me arrepiento de ello, es simplemente un hecho. Pero confieso que cuando a veces quiero sentirme de alguna parte me agrada sentirme guajiro. A veces me asalta la nostalgia por la amistad tosca, ruda, corroncha, sincera, completa de esa gente; por una parranda vallenata, con todo y gallina robada. No volví a ver a Matilde, alguna vez alguien me contó que la vio por Venezuela; sin embargo cuando pienso en ella se me borra la tristeza, la imagino caminando hacia mí y sonrío. Comprendo entonces que es natural, pues cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana.
Publicado 19th September 2010 por Carlos Garcia...


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EL HOMBRE QUE SE VOLVIO TIGRE

Mensaje  Cordoba el Mar 7 Ago - 3:49

EL HOMBRE QUE SE VOLVIÓ TIGRE EN NUEVA GRANADA MAGDALENA.

AUTOR: RAÚL OSPINO RANGEL.

PROSPERO FARAON ACUÑA VILLALOBOS, nació en Nueva Granada Magdalena, a comienzos del siglo XX. Vivía de la agricultura, pero desde joven se entusiasmó por las ciencias ocultas, aprovechando la clarividencia que tuvo desde temprana edad. Hecho hombre se fue para la Guajira, allí enredado con indígenas acentuó sus conocimientos de botánico, curandero, yervatero, rezandero, brujería etc. También aprendió con los indios Chimilas que habitan el Magdalena. Fue hombre mujeriego, engendró 42 hijos con distintas mujeres, murió en Nueva Granada en 1994, de muerte natural. Además de curar con secretos, también era alquimista, fabricaba monedas y billetes. Al regresar de la Guajira, fue cuando su nombre empezó a sonar en la región, como un medico de importancia que lo curaba todo, y que sus conocimientos ocultos solo los utilizaba para hacer el bien. Tenía libros medicinales, además contaba con una bola de cristal con la cual veía todo los órganos internos de las personas, bola de cristal que detectaba las enfermedades y hechicerías. La vida de Prospero Acuña Villalobos, transcurría normal, con muchos éxitos médicos, con mucha fama en la región, hasta que ocurrió un incidente en el caserío de Las Mulas, jurisdicción de Plato Magdalena, hoy pertenece a San Ángel, incidente que transformó su vida por completo. Había en Las Mulas, un brujo apodado “El Amiguito” , compañero de trabajo de Prospero Acuña. “El Amiguito” para la época era el curandero del joven Eugenio Baena, residente en el mismo caserío, encontrándose muy enfermo de un mal desconocido. Sucede que Eugenio Baena, se le salió de las manos a su medico de cabecera, y a los pocos días murió. Cuando Prospero Acuña, llega al caserío de Las Mulas, encuentra el velorio y al joven Baena, metido en el cajón. Entró Prospero Acuña, a la sal de velación, al observar la cara inocente del muchacho, le jaló los cabellos, preguntando de inmediato: ¿Quién es el curandero de este muchacho? Enseguida “El Amiguito” se levantó del asiento y respondiéndole: Yo. Prospero Acuña, lo deslució manifestándole: Este muchacho tiene vida, no está muerto, lo que está es privao. Prospero Acuña, llamó a los padres de Eugenio Baena, y les dijo: Yo le doy vida al joven, siempre y cuando me permitan mocharle la mano. Los padres de Eugenio, estuvieron de acuerdo. Con solo mocharle la mano, al cabo de dos horas el muchacho empezó a respirar, siendo resucitado por la clarividencia de Prospero Acuña. Este percance provocó la ira y la enemistad de “El Amiguito” contra su compañero de trabajo. De aquí en adelante buscó todas las formas de desquitarse, porque lo había hecho quedar mal ante su comunidad. Las curaciones de Prospero Acuña, crecían, su bola de cristal y sus secretos no fallaban, reinaba como el mejor medico de la región, sus libros eran envidiados por los demás curanderos, su vida estaba llena de triunfos. Con sus juegos de mano divertía y recreaba a la gente. Ponía a correr a los muchachos del pueblo, introduciendo monedas en su sombrero, les decía que si alguno de ellos lograba agarrar al sombrero, se ganaba las monedas; de inmediato lanzaba el sombrero por el aire, salían los pelaos detrás del sombrero, cuando ya le iban dando alcance, el sombrero se elevaba más y regresaba a las manos de Prospero, nunca lo alcanzaban, mas sin embargo él regalaba las monedas a los entusiasmados muchachos. También fabricaba ungüentos, jarabes botánicos. Se escondía detrás de una escoba sin que nadie lo viera, se hacía invisible, amarraba un novillo en un machete, bromeaba a los amigos pegándolos en los taburetes. “El Amiguito” esperó que Prospero Acuña, regresara de nuevo a Las Mulas, estando allí lo invitó a tomar licor en casa de su comadre de sacramento, mujer que se prestó para que “El Amiguito” lo embrujara con un brebaje malicioso que contenía huevo de tigre. La casa de su comadre fue la perdición de Prospero Acuña, porque entre trago y trago le dieron a beber chicha en una totuma de orinar, que usaban las mujeres de antes. Ahí fue cuando Prospero Acuña, perdió el juicio, perdió el rumbo de la vida, ahí fue cuando se volvió tigre. Se volvió tigre no con pintas, sino con arrugas y ruyendo como tigre. En esa condición de tigre duró un año, la mayor parte en las montañas de Las Mulas, San Ángel y Nueva Granada, región centro del Magdalena. Asustaba a la gente, maltrataba los puercos, que chillaban cuando los agarraba.
La familia de Prospero Acuña, se preocupó por su estado, fue así como buscaron al indio “Maquillón” de la tribu Chimila, quien utilizando los propios libros de Prospero, lo curó del mal de tigre. Fue la única forma que se pudo curar, gracias a este indio, recuperó la condición de hombre normal. Al recuperarse siguió su vida de botánico, espiritista y demás artes de las ciencias ocultas, siguió sanando a los enfermos de la región, de Colombia y del extranjero, que lo buscaban por su reconocida fama. Pero Prospero Acuña, tenía entre ceja y ceja al hombre que lo volvió tigre, al hombre que le transformó su vida, esperando el momento oportuno para el desquite. Ese momento ocurrió tiempo después, en un encuentro que tuvieron en la población de San Ángel Magdalena, allí como en la otra ocasión, departieron tragos de licor, brindaron como amigos, luego de la parranda cada uno se fue para su lado. En esta ocasión a Prospero Acuña, no le pasó nada, pero al “Amiguito” si, estando en su casa le sobrevino un fuerte dolor que le reventó la barriga por el lado izquierdo, circunstancia que le produjo la muerte. El truco de Prospero Acuña, acabó con la vida del hombre que lo volvió tigre.

AUTOR: RAUL OSPINO RANGEL.


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LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE “EL VORQUE”.

Mensaje  Cordoba el Dom 27 Mayo - 0:30

CUENTO
Autor: DAVID SÁNCHEZ JULIAO
DE LORICA - CÓRDOBA


EL VORQUE:
“No, no, no, mire: le voy a decir porqué. Cuando voy por la calle, los corrillos de las esquinas me dicen –como si me echaran un piropo--: ‘El Vorqueta, alias Bedoya’. Mire cómo son las cosas de la gente: el alias lo han vuelto sobrenombre... y el sobrenombre me lo han vuelto nombre. Cuando la cosa debería ser al revés, ¿no es verdad?: ‘Bedoya, alias El Vorqueta’. Además que... siga fijándose: Hay unos que han ido todavía más lejos, porque ya no me dicen ‘alias’ sino ‘arias’... Todo eso, aparte de que me han achicado el nombre, de Vorqueta a Vorque. Así que la cosa, cuando paso frente a los corrillos de la Calle de la Cruz, queda así: Bedoya, arias El Vorque. ¿Se fija? Ya el asunto se ha vuelto tan complicado, que el otro día fui a la tienda de los antioqueños de la plaza a comprar una libra de cerdo (porque, le digo: los antioqueños son los únicos que tienen matanza diaria de cerdo en San Sebastián)... y el antioqueño que vende ahí me fue saludando, ¿sabe cómo? Así, dizque ‘Buenos días, señor Arias’. Fíjese, pues, cómo se ha ido enredando el asunto de mi nombre. Y le aseguro: esto que le digo es apenas el comienzo”


DAVID SÁNCHEZ JULIAO....
Su verdadero nombre, más allá de alias y remoquetes, es Hernán Bedoya Correa. Es uno de esos seres destinados al anonimato en cualquiera de los pequeños poblados de la Costa Atlántica colombiana. Hernán, más conocido en San Sebastián, corregimiento de Lorica, como El Vorqueta, sobrevivió a esa condena, gracias a lo que algunos llaman “La redención del articulado”. Explico la enrevesada expresión: todo aquel que en estos pueblos carga --por disposición de la gente-- el artículo definido El, seguido del apodo, se redime del anonimato en el sobrenombre. Es decir, en San Sebastián sólo habrá un Vorqueta, y en la Costa Atlántica colombiana, en América y el mundo, ese Vorqueta será El Vorqueta; un ser único, inconfundible, idéntico, esencialmente él y sólo él. Tanto así, que al no concebirse sin su apodo, lo exige, y estimula su uso, como remedio para sentirse vivo.
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[EL VORQUE:
“Porque, ¿sabe qué?, a mí al principio me chocaba que me dijeran así. Hasta feo me sonaba. Porque no era Vorqueta que me decían, como ahora me llamo, sino que me llamaban como a los camiones areneros: El Volqueta, lo que en otros sitios llaman ‘camiones de volteo’. Mire, y le juro, tanto me chocaba, que una vez corretié por todo el pueblo a Juan, el electricista, a ese que llaman El Sinpensar, y al que mi compadre Tito Alegría bautizó como Frijolito, y al que otros llaman Caremosquito... bueno, a ese, lo corretié por todo San Sebastián porque un día me llamó así, Volqueta. . Pero, eso, claro, fue al principio. Con el tiempo, sabe, me di cuenta de que empezaba a gustarme el asunto y que me estaba volviendo importante. Todo ese cambio empezó, cuando jugamos en la plaza un partido de soft-ball, en el que yo picheaba... y ganamos, 5 a 4. Yo salvé el partido, con tres ponches seguidos en el último inning. Todos corrieron a felicitarme y me cargaron en hombros, y desde las graderías me gritaban, ‘¡Bien, Vorque, bien, bien Vorque, bien!’ Ese día, con aquello de Vorque, me di cuenta de que la que gente me quería, y que me quería como Vorqueta. De ahí en adelante, casi correteo otra vez al Caremosquito y al maestro Mariano, el carpintero, porque en un velorio se atrevieron a llamarme Hernán. Claro, lo hice por fregar, para que me siguieran llamando Vorqueta. Oiga, pero ¿usted ya les contó a sus amigos por qué es que a mí me dicen El Vorque?”

DAVID SÁNCHEZ JULIAO:
No hay en San Sebastián quien no lo sepa. Por dos motivos: primero, porque la figura de Hernán es inconfundible, y está ligada a la razón de su sobrenombre y a la Historia misma del pueblo. Y Segundo, porque la anécdota que narra las razones por las que terminó llamándose así, es, por demás, hilarante y graciosa; además de que denota el estupendo sentido del humor existente en la comunidad que lo rebautizó. Y es que, en últimas, no se sabe quién ni a qué horas dictaminó, en la plaza o en una esquina, que Hernán Bedoya Correa se parecía a la volqueta de don Laudín Velazco; un vetusto automotor que se usaba para acarrear arena desde el río hasta el pueblo durante el día. Que quede muy claro: sólo durante el día, pues al automotor, como al Vorqueta, le fallaban las luces. Otro carro la había estrellado. Un Willys 52 de Lorica, de esos que hace muchos años vendía Sanchecé, le había dado un golpe en la farola izquierda, y la volqueta había quedado tuerta, cosa que a don Laudín, el propietario, y al chofer que la manejaba, poco les importó, pues al fin y al cabo el automotor sólo trabajaba durante el día. Igual que poco le importó a Hernán Bedoya, cuando niño, que su ojo derecho empezara a inclinarse hacia el estrabismo. “Nací así, con bizquera –pienso que él pensó, en uso de una lógica de la fatalidad-- ... nací y así y qué le vamos a hacer”. Como a aquella volqueta que muchos años después habría de regalarle un nuevo nombre, a Hernán empezó a achicharrársele un ojo; digamos que una farola, la izquierda, la misma de la volqueta de don Laudín, que jamás, como El Vorqueta de carne y hueso, trabajó de noche.

EL VORQUE: “Ajá, yo nací así, ¿verdad?, y... ¿entonces, qué? Nada. Pero vuelva a fijarse en cómo son las cosas: hasta me convino, porque el ojo picho me dio el nombre. Y ese nombre, créalo que no, me ha dado trabajo. ¿Qué porqué? Ajá, porque así es la gente. Con eso de que me llaman El Vorque, ajá, usted sabe, la gente se ríe cuando le cuentan el porqué, y entonces me llaman a mí para que les cuente la historia, y se mueren de la risa con el cuento, porque todos ellos conocieron al propio don Laudín, que en paz descanse, conocieron la volqueta que él trajo hace muchos años a San Sebastián, y recuerdan que la volqueta era tuerta, así como yo, y... bueno, todas esas cosas. ¿Y sabe qué? Hasta me entran a las casas los señores y las señoras, los dones y las doñas... y ahí empiezan: que Vorque, corre la meseta de esa planta para acá, así, así, así no, a lo contrario, con las hojas más bonitas para acá... que Vorque, hoy tampoco vino el agua, que vete al río a traerme unos cinco calambucos para que me riegues el resto de las matas... que Vorque, como me dijeron que tú tienes idea de albañilería, toma este billete, y ve y compra una media bolsa de cemento y unas dos latas de arena para que me arregles el murito de afuera, que ya está tan escarraspelado que hasta vergüenza da con la señora Candelaria, la vecina de la tienda, la mamá de Wilson y suegra de Katya... que Vorque, ve con William adonde don Abelardo y que mande una docena de cervezas y que me las apunte a la cuenta, y si no pueden con ellas, díganle al Gallo, el chofer, el papá del Pollito, que les haga la carrera en su taxi-jeep, que Vorque, ve a ver si ya mi comadre Cocho terminó la olla de barro que me estaba haciendo... y así. Así me he conseguido muchos trabajos. Y, ¿sabe qué?, se corrió la bola también de que yo, cuando estoy trabajando, voy contando la historia de mi nombre con tanta gracia y tanta resignación que los hago reír. De modo que para mí, para remate, hay siempre un plato de comida, ese que aquí llaman El plato del forastero, que las cocineras siempre guardan encima de la alacena por si alguna visita se presenta sin avisar. Bueno...ese plato me lo dan a mí; y como también soy técnico comentarista de soft-ball, mientras trabajo voy contando todo lo que sucedió en los partidos de la plaza el domingo anterior. No crea, eso de que me digan El Vorque, y de que yo lo acepte sin ponerme bravo, me ha ayudado mucho en la vida, mejor dicho, ha sido todo para mí. Mi sobrenombre, como le digo, es todo, todito, sin él, créamelo, no podría vivir... ni comer. No, no se ría, que es la verdad”.

DAVID SANCHEZ JULIAO:
Tras la hilarante historia que de sí mismo cuenta Hernán Bedoya Correa hay, como la hay detrás de cada habitante del inmenso valle del río Sinú, una tragedia que parece no ser tal, debido al ánimo liviano y lúdico con que se enfrenta. Hernán es hijo único y vive con su madre enferma. No solamente lleva algunos pesos a la casa para aliviar la solemne pobreza del hogar de techo de palma seca y paredes de bahareque, sino que también alivia el hambre propia y la de su madre haciendo lo que usualmente sólo hacen las mujeres en esta tierra de machos redomados: lavar y cocinar. El Vorque, más allá del fácil alborozo de su verbo, afronta aquellas responsabilidades con alegría y estoicismo. Y pensar, dice a veces, que en las telenovelas hay gente que se queja por menos. Él, en cambio, ha hecho de cada tragedia una oportunidad. Es inevitable que pensemos en el jorobado de Nuestra Señora de París, o en Rigoletto, cuando escuchamos hablar al Vorqueta. Como, también, es inevitable que pensemos en que ambos, el de la obra literaria y el de la ópera, se quedan cortos ante este Vorque del Sinú colombiano, un personaje, igual que aquellos, de dimensión universal.

EL VORQUE: “Y, mire lo que es la vida: pensar que yo antes me ponía bravo porque me decían Vorqueta. Hasta que me di de cuenta de que cada cual se gana la vida a punta de algo. Yo me la gano a punta de ojo tuerto. La verdad es que a buena hora nací tuerto. ¡Lo mal que me habría ido en la vida adonde hubiera llegado a nacer normal! Sí, porque yo seré tuerto del ojo, pero de la mente soy... mire: más avispao que un parasco de abejas africanas; yo sí sé de la importancia de llamarse uno... El Vorque....Aja, ya le conté todo, ¿no tiene por ahí un mandadito que mandar a hacer? O, si no le llegó visita hoy, y le sobra de casualidad el plato del forastero... yo me lo como, ante de que lo bote a la basura”

FIN♥


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LOS COLGADOS DEL PUENTE

Mensaje  Cordoba el Mar 24 Abr - 7:44

Los colgados del puente (Cuento)
Por Blanca Brunal, (Cordobesa)

El de la derecha parecía aún sonreír, el de la izquierda no tenía camisa y el del centro mantenía bien abiertos los ojos, a punto de desprendérseles.

Los tres habían amanecido colgados de un barandal del puente. Nadie sabía quiénes eran, pero lo cierto es que tenían pinta de forasteros.

Por esa época, a principios de abril, el río estaba casi seco. Los enamorados hacían inscripciones de sus nombres removiendo con ramitas secas la arena negruzca que se extendía a sus anchas, queriendo alcanzar el hilito de agua que quedaba, con deseos de absorberlo. Y a cinco metros de altura colgaban sus pies con las puntas de los dedos hacia abajo como si en algún momento hubiesen intentado tocar la playa.

Fueron las "Chas chas", María Elena, Rosaura y Carmen Julia, mis mejores amigas, y yo, quienes los descubrimos esa mañana cuando el sol aún no daba sus señales.

Mi madre se despertaba muy temprano antes del canto del gallo. Siempre tuve la impresión de que era ella quien lo despertaba con el ruido que hacía al raspar el tinaco con una concha de coco: ras…ras…ras. Lo lavaba todos los días, le desprendía el barro y luego le echaba "alumbre" para aclarar el agua amarillenta traída del río. El ritual llegaba a su final cuando iba al traspatio por el burro, le ponía la angarilla y lo amarraba a la ventana en espera de su pasajero como si fuera un carro. Después llegaba hasta mi cuarto y apretaba fuertemente el dedo gordo de mi pie derecho. Era una caricia para que mi despertar fuera lento y así no olvidara el sueño que había tenido en la noche.

Esa maÑana, aún así, me levanté sobresaltada, en un abrir de ojos estuve encima del burro, lo hurgué y en unos minutos ya estaba en la plaza buscando a mis amigas. Sin bajarme, barriles a lado y lado, se iniciaba la misma rutina: acarrear agua del río para llenar el gran tinaco de mi casa.

Fue entonces cuando llegamos a la orilla y los vimos prendidos a cada uno con su soga apretándoles el cuello. La risa que llevábamos tuvo que devolverse por nuestras gargantas y posarse en nuestras barrigas donde nos hizo un cosquilleo interminable que alcanzó a pasarse a nuestras piernas haciéndolas temblar por un momento. Nadie dijo nada, sólo nos quedamos mirando a aquellos tipos y ellos nos miraban también aun cuando ya no lo sabían. María Elena, quizá por ser la mayor del grupo, demostró más coraje y haciéndonos señas con el dedo índice puesto en su boca para que no hiciéramos bulla, decidió acercarse a ellos y nosotras la seguimos, una junto a la otra, agarrándonos de las ropas ajenas.

Al llegar a una distancia prudente nos detuvimos. Los observamos un momento, pero luego, sin que nadie dijera algo, salimos despavoridas hacia el pueblo, debatiéndonos entre la arena, dejando olvidado al pobre burro que cargaba los barriles aún vacíos. Cuando subimos la pequeña loma, lo oímos rebuznar y fue entonces cuando yo creí que quizá también se había espantado con los tres muertos, pero no había tiempo de salvarlo, apenas contábamos con nuestras propias fuerzas para subir aquel barranco antes de que esos tipos se les diera por bajarse y empezaran a perseguirnos. Llegamos a la casa, amarillas del susto, pero antes de entrar por la puerta trasera, alcanzamos a hacer un pacto de amigas: no contaríamos a nadie lo que habíamos visto.

Yo creía en las "Chas Chas". Así fueron apodadas por el chofer de mi casa porque una vez que mi mamá había llevado desde la capital un sillón nuevo, con unos resortes que parecían cargados de electricidad, ellas lo estrenaron y desde el primer momento en que pusieron sus nalgas en él, sintieron que casi llegaban al techo, y las tres, al unísono, al ritmo de la música que se escondía en el forro plástico de cuadros rojos y negros, comenzaron a saltar: "chas, chas, chas"…
Estábamos en ese pacto secreto cuando se asomó mi madre al patio y nos gritó:
—¡Allá afuera en la calle está el burro con los barriles vacíos. Llegó solo, corriendo dizque porque vio unos muertos en el puente. La gente salió para el río a ver quiénes son los muertos!...
No había nada que hacer. Las cuatro nos miramos, corrimos hacia la calle y todavía vimos cómo bajaba gente desde la plaza, precipitada en dirección al río, queriendo saber la historia de los ahorcados.

La multitud y la algarabía hincharon mi cabeza de recuerdos y me dejé llevar por ellos: fue en ese tiempo cuando el caserío de Las Palomas dejó de ser una gema escondida entre las grietas de aquella tierra caliente para convertirse en un pueblo vital, saludado por el progreso. Esto es sabido que fue gracias a Rosendo Garcés, "El Amigo", el ganadero más prestante y poderosamente rico de la región, que aprovechando la buena relación de su padre con el presidente de turno, Gustavo Rojas Pinilla, había logrado conseguir la construcción del puente que lo llevaría a sus haciendas, al otro lado del río, en menos tiempo.

Realizar una obra de ingeniería de esta magnitud en una ciudad es motivo de ofuscación y fatiga para sus gentes, pero para los habitantes de Las Palomas, que avistaban las primeras luces de la tecnología, eso sí que era todo un acontecimiento. La ficción y la emoción alborotaron la acostumbrada tranquilidad que dormitaba en sus corazones.

La calle principal que se había ido inventando a sí misma con los pasos livianos de los transeúntes y de algunos animales, toda ella, solitaria y eterna palideció bajo el abrazo de la modernidad.

Los terrones perdieron sus formas geométricas que al azar habían tomado, y pronto no hubo ni grietas ni heridas por donde el agua bajara a refrescar el corazón de la tierra.
Sólo un amasijo de barro y hierba chamuscada, con el que los niños harían figuras para distraer su ocio, cubría tristemente el camino.

Los bulldozers de excavación, como gigantescos escarabajos de agobiante amarillo, que encandilaban a los mismos trabajadores cuando eran las doce del día, fueron llegando al lugar donde se concentraban los materiales y demás equipos. El azul de esos días era delirante, fascinante la inquietud de nuestra gente. Ni siquiera cuando llegaron por primera vez los maromeros por el río, se había cargado el ambiente de tanta adrenalina, de sudores rápidos, de alientos estupefactos, de pensamientos sobresaltados. Eran los síntomas de un verdadero jolgorio.

En aquel pueblo no se hablaba más que del hecho insólito que vivían, del aire que ahora se hendía por una estera dura que se iba desenroscando día tras día con el entusiasmo de los obreros. Ante ellos se vislumbraba un horizonte nuevo que de pronto empezaron a usar, a poseer, a cruzar de un lado para otro. Cuando se encontraban a la mitad de él, se saludaban nerviosos y concentrados, con una expresión de citadinos. Los más valientes asomaban sus dudas o sus creencias por entre las barandas, con mucho cuidado, pero nunca a alguno de los naturales de este rincón del mundo, se le ocurrió pensar que estas tendrían otra finalidad.
—¡Son forasteros! —gritó la comadre Luvi—. ¡Parece que venían por los rumbos de Junquillo!... Y con voz entrecortada por el miedo, la incertidumbre y la emoción, los describió con lujo de detalles: que sus edades oscilaban entre 20 y 25 años, que encontraron junto a ellos seis botellas de ron, que la foto de una mujer estaba envuelta en un pañuelo blanco, que… en fin, parecía que había logrado recoger todas las especulaciones que se fueron entretejiendo en el deambular de la gente de la plaza al río, mientras yo me había trasladado 10 años atrás. Y remató la comadre Luvi: —Nadie se atreve a bajarlos de allí hasta cuando llegue el alcalde.

Lo peor es que el alcalde tampoco se atrevió a bajarlos y la orden tajante fue que los muertos se quedaran colgados. Incluso, armó varias comisiones para que de allí en adelante cuidaran de ellos, por turnos, durante el día y la noche. A unos les tocaría espantar los gallinazos para que no los fueran a picotear; a otros les tocaría la labor de echarles agua todos los días cuando el sol estuviese demasiado caliente para refrescarlos, y por si acaso, evitar que alguno de ellos se prendiera como había sucedido recientemente con la casa de los Martínez.

Por lo pronto el alcalde había mandando a pedir una camisa para colocársela al ahorcado de la izquierda. Algunos sugirieron nombres de varios muchachos del pueblo que tenían su misma contextura; mencionaron a Rafael, al "Papi", al "Caricano" y a Ignacio, el que bañaba las yeguas en Puerto Peña.

Sin embargo, al colgado de la izquierda tuvieron que ponerle una camisa que lució ancha y desgarbada porque ninguno de los candidatos quiso donar una prenda suya "para colocársela a un muerto que nadie conocía" y además ¿Por qué correr el riesgo de ser confundido con él? No era extraño que pensaran así, pues el compadre Uriel Negrete no volvió a levantarse más de la cama desde aquel día en que prestó su hamaca para transportar al Mimi, quien se había caído de un tractor en la loma de Belisa después de un partido de béisbol.

Después de cuatro días de la aparición de los forasteros colgados, uno de los vigilantes sugirió al alcalde que al muerto del centro le taparan los ojos con una venda, ya que se le prendían chorros de candelas, como si se tratara del mismo diablo.

Así lo hicieron pero después llegaron a comprobar que las luces enrojecidas que perseguían al muerto todas las noches no eran otra cosa que luciérnagas perdidas en la oscuridad.

Las "Chas Chas" y yo volvimos al río, al igual que lo hizo todo el mundo en el pueblo. Después de varias semanas nos habíamos habituado a ver los tres hombres colgados y hasta nos deteníamos a contemplarlos como si toda la vida hubiesen vivido entre nosotros.
Permanecían intactos, un poco más bronceados por el sol, pero nunca dieron señal de descomposición física. Ya algunas mujeres comentaban haberlos visto en otras partes diferentes al puente: los habían visto en la plaza, a media noche, discutiendo entre ellos, tambaleándose de la borrachera; otros los habían visto enlazando unos novillos en las haciendas cercanas, mientras ellos seguían colgados a la intemperie. Un día estuvieron a punto de desplomarse con el paso de un viaje de ganado de Alejo Kerguelén que duró casi una hora atravesando el puente.

A María Elena el que más le gustaba era el de la derecha, por su sonrisa varonil y su cabello ensortijado, quizás porque lo relacionaba con el Capitán Moro, protagonista de la radionovela La Castigadora. Rosaura nunca se decidió por ninguno, para ella todos los hombres eran bellos. A Carmen Julia le encantaba el de la izquierda pero no podía expresar su gusto hacia un hombre muerto que llevaba puesta la camisa de su papá. Bastante trabajo le había costado superar el terrible recuerdo de verlo con las vísceras afuera en medio de la plaza de toros de Tres Palmas, para, ahora, abrir su corazón a una escena semejante que le removiera su dolor.

Para mí los tres eran bellos y hubiera preferido que al de la izquierda nunca le hubiesen puesto esa camisa tan fea que no le dejaba mostrar su cuerpo musculoso y brillante.
Cuando llegó el invierno, el río recuperó sus aguas, la creciente trajo con ella troncos secos, culebras anidadas en plantas flotantes y abundancia de peces.

Nosotras volvimos a bañarnos. Ahora no nos atrevíamos a hacerlo desnudas como antes por vergüenza a que nos vieran los tres ahorcados del puente; sin embargo, aprovechábamos sus sombras proyectadas en el agua y jugábamos con ellas a atraparlas; en varias ocasiones, las besamos y las acariciamos y soltábamos algunas frases románticas que habíamos oído, escondidas tras la puerta, mientras Daniel le declaraba su amor a Juanita. Y en ese encuentro delicioso con nuestro despertar de mujeres, juramos por nuestras madrecitas que no volveríamos a acarrearle ni una gota de agua más a la niña Candelaria por atreverse a decirle a todo el pueblo que descolgaran a esos tipos y los enterraran, porque nunca en su vida había visto hombres más extraños y vulgares.

El encanto que las cuatro prodigábamos hacia los colgados se acabó desde el día en que llegó otro forastero y contó con lujo de detalles la vida y las andanzas de los infortunados. Entonces el pueblo se enteró que eran tres hermanos oriundos de Pueblo Nuevo, que llevaban más de un año intentando suicidarse. Muchas veces se les impidió esa locura que siempre les llegaba después de tomarse varias botellas de ron. Todo porque los tres estaban locamente enamorados de una misma mujer que nunca les hizo caso.


Nota: Las Palomas es un Corregimiento de Montería....

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cuentos

Mensaje  Cogito ergo sum el Jue 15 Mar - 14:16

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"ALGO MUY GRAVE VA A SUCEDER EN ESTE PUEBLO"

Mensaje  Cordoba el Jue 15 Mar - 3:03

"Algo muy grave va a suceder en este pueblo"
CUENTO
Por: Gabriel García Márquez

"Si esto puede la circulación de un mísero rumor, qué no podrá la acción aviesa de los medios... hay que comunicar más profusamente la realidad del país"

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:

-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.

Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:

-Te apuesto un peso a que no la haces.

Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:

-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.

Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:

-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.

Entonces le dice su madre:

-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:

-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.

Entonces la vieja responde:

-Tengo varios hijos, mire, mejor déme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:

-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!

(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos).

-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.

Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.

Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.

-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.

Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.

Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.

PD: Es, éste, un ‘cuento contado’ de Gabriel García Márquez, que no aparece en el libro “Todos los cuentos”.
En 1972 Gabo obtuvo el premio Rómulo Gallegos y un periodista le preguntó sobre el futuro de la literatura latinoamericana (vaya pregunta) y él narró este cuento como hiciera también en otros encuentros literarios.
Estos días está circulando copiosamente por la Web para explicar el por qué la burbuja inmobiliaria de las hipotecas subprime ha provocado la crisis económica actual.

NOTA: CUENTOS CORTOS DE GABRIEL GARCIA MARQUEZ.

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RESEÑA HISTÓRICA DE GABRIEL GARCÍA MARQUEZ

Mensaje  Cordoba el Miér 7 Mar - 4:46

RESEÑA HISTÓRICA
BIOGRAFIA
Este Escritor costeño, nacido en (Aracataca, Colombia, 1928) Novelista colombiano. Afincado desde muy joven en la capital de Colombia, Gabriel García Márquez estudió derecho y periodismo en la universidad Nacional e inició sus primeras colaboraciones periodísticas en el diario El Espectador.

A los veintisiete años publicó su primera novela, La hojarasca, en la que ya apuntaba los rasgos más característicos de su obra de ficción, llena de desbordante fantasía. A partir de esta primera obra, su narrativa entroncó con la tradición literaria hispanoamericana, al tiempo que hallaba en algunos creadores estadounidenses, sobre todo en William Faulkner, nuevas fórmulas expresivas.

Comprometido con los movimientos de izquierda, Gabriel García Márquez siguió de cerca la insurrección guerrillera cubana hasta su triunfo en 1959. Amigo de Fidel Castro, participó por entonces en la fundación de Prensa Latina, la agencia de noticias de Cuba. Tras la publicación de dos nuevos libros de ficción, en 1965 fue galardonado en su país con el Premio Nacional.

Sólo dos años después, y al cabo de no pocas vicisitudes con diversos editores, García Márquez logró que una editorial argentina le publicase la que constituye su obra maestra y una de las novelas más importantes de la literatura universal del siglo XX, Cien años de soledad.

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ACTUALIDAD
El 2012 es considerado como el año de García Márquez, pues además de la celebración de su natalicio, se cumplen 60 años de su primer cuento La tercera resignación y 45 de la publicación de su novela más reconocida, CIEN AÑOS DE SOLEDAD...que a partir de hoy fue publicada en formato digital, novela publicada por primera vez en 1966 y cuya portada inicial que representa un barco en la selva, una gran innovación. Cien años de soledad es una novela que cuenta la historia de la familia Buendía rodeada por un entorno con ciertos matices de irrealidad y abordando una grandísima cantidad de temas que afectan a cualquier ser humano; desde el amor al desamor, el sexo y la paternidad, la enfermedad y la salud, la vida y la muerte.

Esta obra será la cuarta firmada por García Márquez que sale en formato digital; Relato de un náufrago, Todos los cuentos y Vivir para contarla ya están disponibles en dicho formato desde hace tiempo....

También se conmemoran tres décadas de que el escritor nacido en Aracataca ganó el premio Nobel de Literatura. Para la Academia Sueca, en las novelas del Gabo la fantasía y la realidad se combinan en un mundo de imaginación ricamente compuesto, reflejando la vida y los conflictos de un continente.

"una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte”, apuntó García Márquez en su discurso de aceptación del Nobel en 1982.


"(El realismo mágico) se convirtió en una etiqueta, que a muchos no les gusta porque piensan que simplificó la realidad de América Latina, pero al contrario, le dio una visibilidad a América Latina que no tenía en ese momento".

La realidad creada por este mago de las letras hispanas es una unión de la cultura que vivió en su natal Aracataca y la literatura con la que el Gabo se alimentó, desde Franz Kafka hasta William Faulkner.

A los 85 años cumplidos lo sigue ejerciendo con la misma devoción, una envidiable dosis de sabiduría y talento, una mirada indagadora —irónica muchas veces—, y un espíritu reflexivo y abierto que le permite abordar la realidad en sus más variadas aristas.
De sus manos viajan a las del lector reportajes, crónicas y artículos, en los cuales cada acontecimiento es visto al derecho y al revés, desmenuzado, explorado en sus más íntimas costuras, calzado con el dato y la fuente precisos.
En su camino de la literatura al periodismo, y viceversa, descubrió que el parentesco más estrecho entre ambos fluía en el reportaje.
En los dos casos se trataba de contar una historia y atrapar al lector por las solapas sin dejarlo respirar hasta la última frase. Sólo con una diferencia inviolable y sagrada —explicó en una entrevista publicada en 1998 en el periódico La Nación, de Buenos Aires—: la novela y el cuento admiten la fantasía sin límites.
Pero el reportaje tiene que ser verdad hasta la última coma. Aunque nadie lo sepa ni lo crea —argumentaba—. El reportaje me ha parecido siempre —añadía— el costado más útil y natural del periodismo porque "puede llegar a ser no sólo igual a la vida, sino más aún, mejor que la misma vida".
Del parentesco aludido tuvo una absoluta certeza en Bogotá, cuando la periodista Elvira Mendoza convirtió en reportaje una entrevista frustrada, con la declamadora argentina Berta Singerman, al describir las barreras y puertas sucesivas que esta le iba cerrando. La anécdota la narra en el primer tomo de sus memorias, Vivir para contarla.
No iban a pasar muchos años sin que comprobara en concreto tal hermandad de sangre —asegura en esa mirada tendida al pasado, con puntadas nostálgicas—. "Creo, hoy más que nunca, que novela y reportaje son hijos de la misma madre".
Gabo empezó a cultivar el periodismo a los 19 años en Cartagena de Indias, cuando se publicó su primera nota, el 21 de mayo de 1948, bajo el título de Punto y aparte. Allí, entre el olor de la tinta y el perfume áspero del plomo fundido, del papel enrollado en bovinas sobre las que durmió muchas veces, acunado por el "rumor de llovizna menuda de los linotipos", conquistó peldaño a peldaño su estatura de "reportero raso".
La más apreciable y codiciada, a su juicio, de lo que el llama el "mejor oficio del mundo". Fue un camino arduo, "subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones".
A esa cualidad de "reportero raso" se deben dos textos de excepción en que ambos géneros borran sus débiles fronteras para abrazarse sin una migaja de pudor. En cuyas fuentes han bebido y beben todos los periodistas que se precian de serlo.
Se trata de Relato de un náufrago, una historia que le puso en las manos el director de El espectador, Guillermo Cano —cuando ya parecía una página vieja, manoseada, trascendida—, para que le auscultara su corazón palpitante, y sacara a flote una verdad escondida que su instinto inderrotable de periodista astuto olfateaba.
Fue la tarde en que el marinero Luis Alejandro Velasco se presentó en la redacción para vender sus memorias que a esas alturas, por las infinitas versiones de la noticia, ya no le interesaban a ningún diario. Para todos no era más que "un pescado frío".
Después de 20 sesiones de seis horas con el protagonista de los hechos, Gabo supo que había que cocer la historia en otra "olla distinta", la del reportaje.
Velasco había caído al agua desde un destructor de la Armada colombiana, empujado por un golpe de ola y el lastre de la sobrecarga aumentado por el tráfico de equipos electrodomésticos. Durante 10 días interminables permaneció en una balsa hasta que el mar lo arrojó a una playa.
El diario El Espectador publicó el reportaje en una serie de 14 entregas, ilustradas con fotos, y puso en jaque al régimen de Gustavo Rojas Pinilla. A la postre se produjo el cierre del periódico. El resto lo conocen todos.

La noticia de la noticia
Puesto a recordar, García Márquez rememora con frecuencia la primera vez que le encomendaron redactar una nota, en El Universal de Cartagena de Indias, cuando Manuel Zabala tachó con su lápiz maestro, de punta a cabo, mientras la reescribía entre los espacios en blanco. Entonces el oficio se aprendía —cuenta en sus memorias— al pie de la vaca.
Igual le ocurrió con la segunda nota y con otras sucesivas que aparecían sin firma. Él estudiaba a fondo cada palabra sustituida. Así hasta que no hubo más frases tachadas. "Supuse que para entonces ya era periodista" —evoca.
Cuando el diario El Espectador lo envió a Europa, privado de los recursos tecnológicos de las grandes agencias cablegráficas, tuvo que arreglárselas para suplir la ausencia de inmediatez buscando ángulos de la noticia dejados a un lado por sus colegas.
Llevaba la misión de cubrir en Ginebra la llamada Conferencia de los Cuatro Grandes, en la que Dwight Eisenhower (Estados Unidos), Anthony Eden (Gran Bretaña), Nikita Krushov (Unión Soviética), y Edgar Faure (Francia) tratarían de amarrar en 1955 los hilos de la coexistencia pacífica.
Se vio obligado entonces a preservar la originalidad de la información que quedaba a su alcance. Así lo señala Jacques Gilard, quien prologa y recopila el tercer tomo de su Obra periodística titulada Notas de prensa de Europa y América Latina.
Gabo tuvo que contar lo que le pasó a él y, al mismo tiempo, la historia de la noticia. Así logra preservar la originalidad y frescura de la información al desmitificar "la noticia de la noticia".
Estaba capacitado para hacerlo —dice Gilard— por su larga práctica del humor e incluso la forma peculiar en que había trabajado en Colombia el género del reportaje. Pero lo que hasta entonces había sido originalidad, se convertía en una necesidad en Europa.
Cuando El espectador cerró por presiones del régimen de Rojas Pinilla, Gabo vivió un paréntesis en Venezuela, donde colaboró en varias publicaciones. El regreso a su país —apunta Gilard— lo emprendió García Márquez, sin saberlo, bajo el signo de la Revolución cubana con la creación de Prensa Latina, una agencia de prensa que permitiría romper con una grave forma de dependencia: la del monopolio informativo de las grandes agencias internacionales, principalmente norteamericanas.
Al disponer de Prensa Latina —subraya—, la imagen de Cuba y la Revolución dejarían de ser lo que la ideología y los intereses de las metrópolis querían que fuera y se abriría paso la propia visión desprejuiciada de los cubanos. También desde Cuba —señala Gilard— se podría ofrecer otra visión del mundo, particularmente de América Latina, y divulgar, de esa manera, una imagen más auténtica.
Gabo, que viajó a La Habana en los albores de la Revolución, se convirtió en uno de los pioneros de este proyecto encabezado por el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti e impulsado por Ernesto Guevara.
Fue uno de los fundadores de la oficina de Prensa Latina en Bogotá, trabajó estrechamente con Masetti en La Habana y luego asumió la corresponsalía de Nueva York. De esa época y, sobre todo, de las complicidades de reportero audaz con Masetti y Rodolfo Walsh, ha dejado constancia en más de una crónica.
El periodismo es sin duda una de las sustancias nutricias de la literatura innovadora de Gabriel García Márquez, de su lenguaje tocado por la belleza y la transparencia del idioma, por la música interna de la palabra, el encadenamiento inusual de frases inmejorables. Gabo añadió "la épica del idioma a las épicas existentes", apunta, entre otras consideraciones, el escritor mexicano Carlos Monsivais.
Un elemento destacable es la maestría narrativa puesta en juego en todos los reportajes. Sirva como ejemplo Solo 12 horas para salvarlo, una historia construida a partir de hechos investigados hasta el fondo por el reportero y deslizada con un manejo insuperable del suspenso.
El periodista polaco Ryszard Kapuscinski, otro de los grandes del oficio, tras dejar constancia de la admiración que siente por sus novelas, expresó al valorar la obra rotunda de García Márquez: "Sus novelas provienen de sus textos periodísticos. Es un clásico del reportaje con dimensiones panorámicas, que trata de mostrar y describir los grandes campos de la vida o los acontecimientos. Su gran mérito consiste en demostrar que el gran reportaje es también gran literatura".
Volviendo a él una y otra vez en los intermedios de una novela y otra, sin traicionar nunca la presión de los cierres y las fechas de entrega, recurriendo a veces a los medios menos ortodoxos —auxiliado por sus amigos— para garantizar el cauce rápido de sus materiales hasta su destino, Gabo ejerce el periodismo con la devoción de un enamorado indefenso ante los embates amorosos.
Para él no hay medias tintas. El periodismo merece ser visto como lo que es —proclama—: un género mayor, como la poesía, el teatro y tantos otros. Desde que se asomó al mundo lo ha servido y ennoblecido de esa manera. No conoce otra.


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ANECDOTAS DE HUMOR

Mensaje  Cordoba el Mar 28 Feb - 6:51

♥DAVID SANCHEZ JULIAO♥

♠HUMOR♣

EL QUE ENSUCIA PAGA
Entre escritores se habla mucho sobre el terror ante la página en blanco. Me consta que existe, y que es sólo comparable a los instantes de capilla antes de pasar al patíbulo. Joaquín-Armando Chacón, el famoso narrador mexicano, comentaba en Cuernavaca que era tal el estrago del pánico que, antes de sentarse a la máquina, manifestaba a su mujer un último deseo: un café caliente. Su comentario no tardó en hacer carrera. Pronto, en los cafetines del zócalo de la ciudad, los intelectuales ya no ordenaban un café al mesero, sino “un último deseo”.

Según las confesiones de otro genial creador, Enrique Grau, a los pintores sucede lo contrario. El terror para ellos --comenta el maestro—consiste en no tener un espacio en blanco para manifestarse en líneas y colores; cualquier espacio: un pedazo de papel, un lienzo, un piso, una pared. Tal vez, la gran diferencia entre pintores y narradores radique en que, para los primeros existe la inspiración --como para los poetas--, mientras que para los segundos, como alguien dijo, el arte es producto de noventa por ciento de transpiración y diez por ciento de inspiración.

¿Adónde voy con todo esto? A una anécdota. Tuve en días pasados la oportunidad de asistir en Cartagena a un día de playa ofrecido por Evelia González de Emiliani, en honor del director de cine Ernesto McCausland. Un grupo de amigos nos reunimos para congratularnos con el éxito del filme “El último Carnaval”; entre estos amigos, se encontraba Enrique Grau. Todos contamos historias y pasajes relacionados con nuestros oficios. Hubo, desde luego, anécdotas de antología. Pero, entre todas, sobresalió la del pintor cartagenero, por concisa y puntual, y porque expresa la aparente ingenuidad con que a veces la agudeza caribe desmitifica sus valores humanos con latigazos verbales en los que aún, tantos años después, continúa vivo el fantasma de la Inquisición.

Enrique Grau acostumbraba ir a un bar en el sector amurallado de Cartagena. Un día, encontró que habían pintado de blanco las paredes del bar; y entre ellas, una, desnuda y sin decorar, espoleó su instinto. Agarró lo que tuvo a mano, carbones, lápices, esferógrafos, y se lanzó a pintar la pared. No tardó el hermoso mural en aparecer frente a los ojos de la clientela. Hasta ahí, dice Grau, recuerda él. Pero también recuerda bien, que tres días después regresó al bar y halló la pared... blanca de nuevo e inmaculada. Desconcertado, Grau se restregó los ojos (“Yo había hecho algo aquí”, comentó para sí entre dientes), pero no pudo seguir pensando, pues la voz del propietario del establecimiento resonó desde la barra, mientras señalaba la pared: “Enriquito: ahí la volví a dejar blanca otra vez, ¡y si la vuelves a ensuciar... me pagas la pintada!”.
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LA RECETA DE TITA

José Antonio Fuencarral es un español de cuarenta años que afirma que jamás en su vida ha visto una cucaracha en persona. José Antonio está mintiendo cuando eso afirma, o simplemente, como decimos en Colombia, se las da. Está muy de moda el dárselas de gringo o hacerse el gringo por estos tiempos en España, ahora que este país ha empezado a sentirse más europeo por gracia y ventura del ingreso a La Comunidad. Ya los comentaristas de televisión no hablan de Ricardo Burtón para referirse a Richard Burton, ni las películas de Tarzán se doblan al español de manera que el Hombre-mono pueda advertir a su mujer la presencia de los elefantes con las siguientes palabras: "Jáne, de a prisa que voy a por las lianas. Refugiémonos en los arrecifes que allí vienen los paquidermos". No, simplemente no, porque desde hace ya muchas, pero muchas décadas, en España hay destape; incluso idiomático. Pero eso de venir a dárselas diciendo que no se conoce cucarachas ni mosquitos, es negar la presencia en los hipermercados, como aquí los llaman, de la sección de insecticidas; esto, por decir lo menos.

Pero las poses de José Antonio Fuencarral quedan en pañales comparadas con las confesiones de Tony Bean, un amigo de Nueva York, quien frente a mí contó en esa ciudad que jamás, y eso lo creo, había visto un pollo vivo. No es raro que un neuyorkino, y más si es de Manhattan, nunca haya deleitado su vista en el plumaje de una gallina, y que la idea que tenga del pollo sea la de un ave de corral nudista, sin cabeza, como un fantasma, y con las patas estiradas hacia arriba al igual que un boxeador cayendo al ring; fantasma sin cabeza que se comprará en un hipermercado, se echará en agua condimentada y se comerá con patatas fritas y verduras precongeladas. Para un extraterrestre de estos, una gallina casera levantada a mano con maíz en el patio de casa, es una referencia que recuerda la Edad Media. Un neuyorkino jamás ha visitado una granja ni sabe qué cosa es un guacal.
En mi pueblo natal, en Sudamérica, sucede lo contrario que en Nueva York, pues allí no se conocen los pollos congelados. Esta novedad del atraso aún no ha hecho su aparición por esas tierras, como tampoco el pan tajado envuelto en plástico, ni las verduras precocidas ni las patatas prefritas. Tampoco los veloces hornos microondas. Pero más importante que todo ello, es que en mi pueblo los pollos no son fantasmagóricos, ya que todos vienen con patas y cabeza, y picotean y parpadean y corren cuando presienten el peligro. Pero óiganme: para recordar aquello de que estas aves de corral son aún levantadas a mano, con maíz verdadero y en el patio de la casa, tuve que venir a Europa.

Sí. En España he aprendido a cocinar algunos deliciosos platos españoles, ya que la cocina es una de mis debilidades. He aprendido, por ejemplo, a preparar la mundialmente conocida tortilla a la española con huevos, patatas y guisantes; la paella valenciana con gambas, pollo, cerdo, langostinos y pulpo; el cocido madrileño, los calamares a la romana y los deditos de corvina. Pero también he aprendido a echar de menos, como nunca, algunos exquisitos platos de la cocina de mi madre; ante todo, el fascinante pollo guisado en leche de coco que prepara una de mis más queridas primas, llamada Tita.

Por ello, luego de un mes en Madrid, decidí escribir una carta a mi prima, quien vive en el pueblo, allá en Sudamérica, solicitándole que me enviara por correo la receta, bien detallada, de su famoso estofado de pollo con coco. Y he aquí que un buen día de mes y medio después, no bien había llegado a casa el coco que encargamos a un mesonero de las Islas Canarias que tiene un puesto en el mercado de La Latina, me abordó el portero del edificio con una carta de Tita, puesta al correo en nuestro perdido pueblito sudamericano tres semanas atrás. Tita, quien no puede concebir que alguien venda pollos ya limpios y pelados, y mucho menos congelados, propuso en su carta que yo me apoyara en todo cuento ella supuso que yo sabía. Por ser la carta... de antología, De todas formas, me permito transcribirla con todo y su hortografía, palabra que, para variar, la prima Tita escribió con hache. He aquí la carta:

" Querido primo:
Espero que al recivo de la presente, te encuentres bien en unión de todos los que te rodean. Dios quiera que todos por ayá estén bien en España. Si pasas por Brazil no te olvides de traerme un disco de samba.

Me dice mi tía que quieres la reseta del pollo guizado en coco. Te la boy a dar. Procura hacer bien todos los pasos porque si no los sigues no te sale. Mira:
Vas al mercado, bien temprano en la mañana, entes de que se llene de jente. Compras un pollo, le dices al señor que te lo despache gordo y grande pero que no sea biejo. Le cojes el peso agarrándolo por las patas y le das tres sacudiditas. Si te echa las manos para abajo, pesa como cuatro libras. Si no, no lo compres. Busca otro, o dile al biejo que te está robando. Después te lo llevas apié para la casa, siempre sosteniéndolo por las patas, para que la sangre se le baya para la cabeza y cuando lo comas salga blandito. Llegas a la casa y enseguida pones a erbir bastante agua en una olla bien grande, que quepa el pollo. Antes de matarlo, corretéalo bastante por el patio, para que se agite y se le ablanden la pechuga y los muslos. Las alas te van a salir duras, eso sí, porque el pollo no vuela. Cuando esté bien cansado, lo coges, y le retuerces el pescueso como un molenillo. Cuando estire la pata, lo metes en el agua irbiendo y esperas que se le ablanden las plumas. Después, lo sacas, sin chorriar el piso de la cocina, y te sientas en el banquito del patio a desplumarlo con cuidado, una por una. Cuando ya esté encuero (perdona la mala palabra), lo pasas por el fogón, atisando bien el carbón que haga yama, y le quemas bien quemaditos los cañones de las plumas hasta que huela a chamuscado, como a brillantina moroline quemada, o camarajú tostao. Ahí, le cortas la cabeza con una champeta afilada y le echas la cabeza a los perros, que se van a poner felices. Lo abres y le sacas las bíseras, pero guardas lo que sirba: la molleja, el hígado y otras cositas. Le cortas las patas por abajo de las rodillas, y las guardas para el caldo “levantamuerto” de menudencia, que creo que allá te hará mucha falta porque me dicen que los españoles son bastate parranderos y bebedores, según he visto en las películas de Sarita Momtiel que he ido a ver al Teatro Martha.

Y ahí ya sí, ya, primo, te queda listo el pollo. Lo demás es fácil: lo guisas bien rico en leche de coco como tú sabes y mi tía Nhora, tu mamá, seguramente te enseñó... y te quedará delicioso.
Bueno primo, saludes a todos por allá. Si ves por ahí un peinetón y una mantilla de sevillana, tráeme las dos cosos para el próximo baile de disfraces en el club. Acá te los pago. Sin más por el momento, se despide tu prima que te quiere mucho:
Tita".
____________________________________________________________________________________________
EL GUAYABO DE RUTH

Fernando Avendaño, papá, porque también lo hay hijo, trabajaba desde hace muchos años como gerente de Suramericana de Seguros; pero convencido de que en Barranquilla a todos nos faltaba un tornillo, decidió irse a trabajar a una industria que los fabricaba: Impuche. Fernando es un fornido caballero, con cara de luna llena, cabellos de plata y color de mandarina; y es proverbial su amor por El Congo Grande, una danza de carnaval en cuya línea jerárquica de poder ocupa un destacado lugar. Es fácil saber por qué, cuando era asegurador, prefirió formar parte de aquel grupo de congos y no de la Danza del Torito. Simple: como el agente más importante de su empresa aseguradora era una mascota conocida como “El tigre de Suramericana”, si entraba a la Danza del Torito habría podido haber una muerte en Carnaval –a más de la de Joselito--, y el titular de El Heraldo con seguridad habría sido: “Tigre mata Toro: ¡Seguro!”.

Por los tiempos en que Fernando era un tigre en seguros, raro: se tomó unos tragos. Y amaneció abatido por la resaca de un guayabo tal, que le dijo a Ruth, su mujer: “Mija, no me vayas a llamar a la oficina por el teléfono privado.Tengo un guayabo tan grande que no resisto el timbre de ese aparato”. Y de inmediato, dio a la secretaria la orden de que no le pasara llamadas. Pero de pronto, y a contrapelo de las órdenes, no bien Fernando había empezado a revisar los formularios de unas pólizas de vida, riiinnngg: el teléfono. Era Ruth.

--Carajo, mija, --gritó Fernando--, ¿ no te dije que no me llamaras, que tengo un guayabo del carajo?
Ruth se percibía asustada al extremo de la línea, pero Fernando no le dio tiempo de hablar. Colgó enojado el auricular. Dos minutos después, volvió a sonar el aparato y Fernando respondió como el tigre de Suramericana que era:
--¡Seguro que eres tú otra vez, Ruth! –y sí, era ella, de nuevo--. ¡Carajo! ¡Que no me llames, te he dicho, ¿ no entiendes que no puedo con este guayabo?
--Pero, mijo, mira... --alcanzó a balbucear Ruth, antes de, al final de la frase, su marido le tirara una vez más el teléfono-- ...es que afuera, en el jardín de la casa, hay un elefante, y Fernandito, José Luis, Ricardito, Jorgito y Ruth María están muy asustados.

Corría el 4 de enero de 1968.Vivían Fernando y Ruth en la carrera 50 con la calle 84, y sus vecinos pueden hoy dar fe de que Ruth insistía en que había un elefante en el jardín.

--¿Tú estás loca, mija? ¡Carajo --exclamó Fernando--, si el que bebí fui yo! ¡No tú! !Vea qué vaina –rezongó--: viendo elefantes en los jardines --y le volvió a tirar el teléfono.
No había terminado Fernando de reconcentrarse en el análisis de la póliza, cuando otra vez Ruth: rrriiinnnggg, el teléfono.
--¡Mijo, corre, que el elefante ya rompió los vidrios de la ventana y tiene la trompa metida en la sala!

Fernando acudió al último recurso:
--Bueno, mija, ¿es que tú no me respetas?

+ + +
Ni Ruth había bebido, ni tenía resaca... ni estaba enguayabada. La historia era cierta, en esta tierra en donde la realidad supera a diario la ficción. Resulta que el Mono (Gabriel) Martínez-Aparicio y Hernando Vergara habían comprado el elefante de un circo que quebró en Barranquilla.Y, ¡locuras de juventud!, habían pedido permiso al Country Club para mantener el animal en los prados de lo que es hoy Villa Country. Por las tardes, los dos socios con fiebre elefantiásica, sacaban a sus hijos a pasear a lomo de elefante por las calles de la ciudad. Pero un buen día por la mañana, cualquier barranquillero tomador de pelo, ¡y de maldad!, soltó el nudo de la cuerda de cáñamo con que amarraban al paquidermo. Y el enorme Dumbo currambero salió (como Pedro por su casa) a pasear por donde a bien tenía; y se metió al jardín de Ruth de Avendaño.

+ + +
En su oficina, después de haberle tirado el teléfono a su mujer por enésima vez, Fernando Avendaño comentaba a su primo Josías Puche, quien llegó a visitarlo:

--¡Qué vainas tan raras están sucediendo últimamente en Barranquilla: uno bebe, y la mujer de uno es a la que le da el guayabo! JAJAJAJA
____________________________________________________________________________________________
La idea brillante de mi tia

Un día, mi tía Pablita me escribió una carta a México pidiéndome prestados unos pesos para resurtir la tienda. Le envié el dinero que me pidió, y cuando volví a Lorica a pasar una Semana Santa como esta, me encontré con la sorpresa:

“Las Martelitos” se había convertido en una tienda decorosa, con estantes limpios y surtidos, y una colección de frascos brillantes sobre el mostrador, todos, sin excepción, repletos de mercancía. Al ver mi gesto de contento ante el hecho, mi tía Pablita profirió: “Y todo se debe el método, mi qurido Davy “, y mi tía Isolina remató: “ Si, al método contable IPM”,

¿Cuál era entonces aquel tan mentado método ?

Todo empezó por una maña de viejo, puesta en práctica por la tía Pablita, la que desde luego acolitó la tía Isolina. Un día, la tía Pablita colgó un racimo de bananos ( que acá llamamos “ platinitos” ) de una de las vigas superiores de la tienda, y colocó sobre uma mesita, debajo del racimo, una latica vacía de Avena Quaker. Y dijo a su hermana, mi otra tía:

- Isolina: platanito que se venda, plata que me echas en la latica de Avena Quaker. Y no me saques ni cinco antes de que se venda todo el gajo, porque quiero ver cuánta plata me da.

A los dos días, en efecto, la tía Pablita, supo cuánto habían producido los platanitos. Y quedó satisfecha.


La extensión del método
Tan satisfecha, que procedió a una aplicación más extensiva del método. Así, decidió mandar donde los fresqueros del mercado a buscar con Pablito catorce laticas de aluminio, ya fueran de Avena Quaker, de Frescavena, de Vitabosa o de Milo... para que acompañaran a los catorce frascos de vidrio. Tomó las laticas, las lavó tres vesces con jabón, las rastrilló con Bon-brill, las brilló con pomada Brasso y procedió a colocar una latica detrás de cada frasco de vidrio. Pero las dispuso de tal manera, que el dinero de los panderitos.... se echara en la latica que había sido colocada detrás del frasco de los panderitos; y las monedas del producto de la venta de las arrancamuelas, en la latica que estaba detrás del frasco de las arrancamuelas; y la plata de los trompos, en la latica que estaba colocada detrás del frasco de los trompos. Y así sucesivamente...

Hasta ahí, el método de control era absolutamente infalible y no presentaba la menor posibilidad de complicación. El problema grande sobrevenía, cuando, con un billete de cien pesos, un muchachito se presentaba a comprar setenta pesos de bolitas de uñas, y en la latica que había sido colocada detrás del frasco de las bolitas de uñas, no había cambio para dar vuelto. En esos casos, que eran casi todos, el método de mi tía Pablita había establecido que había que pedir prestadas unas monedas a otra latica, y que ello debía reposar en el rubro de préstamos del libro de contabilidad. Dicho libro, era un cuaderno Bolivariano de cien hojas; cuadriculado, como los buenos libros contables. En él, mi tía Pablita, entonces, escribía:

Bolita de uña debe a platanitos.......... ...30 centavos

Diabolín debe a arrancamuelas...... 10 centavos

Bolita de tamarindo debe a rosquitas............... 20 centavos

Panderito debe a bocadillo................ 40 centavos

Casabe debe a trompo................ ...10 centavos

Panelita de leche debe a bolita de ajonjolí......NADA

Alfajó debe a pionono.................. 80 centavos

Galleta de limón debe a yoyó....................... ..30 centavos

El método contable de mi tías, Las Martelitos, dejó aterrados a los más eximios contadores juramentados del Sinú. Y, fíjense, que se sigue comentando que hasta una invitación al SENA de Barranquilla le ha valido





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DAVID SANCHEZ JULIAO, SIGUE VIVO!! CORDOBA-COLOMBIA

Mensaje  Cordoba el Vie 10 Feb - 1:36

09-02-2012
Al iniciar esta sección ...el objetivo primordial fue hacerle un homenaje POSTUMO a un personaje reconocido de mi Región Caribe, Escritor DAVID SANCHEZ JULIAO. Publicando en este blog, algunas de sus obras: ( cuentos, leyendas, entrevistas, historias cortas o apartes de su vida.

Ya hace un año que falleció David Sánchez Juliao...pero su legado escrito nos hace recordarlo, con cariño y admiración....en su Departamento (Córdoba) hoy se le rindieron misas por su eterno descanso...

Como fiel admiradora de sus escritos, y audiolibros; con un lenguaje sencillo y propio de mi región, que me hacen transportar en tiempo, espacio y hasta sonreir escuchando el lenguaje autóctono nuestro...y Viendo la gran acogida de los usuarios, decidí seguir publicando escritos y obras de otros personajes costeños, reconocidos, como lo es nuestro Nobel Gabriel García Marquez....dando a conocer nuestra cultura y costumbres de mi Región Caribe...al igual de algunos cuentos tradicionales

BIOGRAFIA DAVID SANCHEZ JULIAO
David, quien era conocido por obras como El Flecha, El Pachanga, y la novela Mi sangre aunque plebeya, nació el 24 de noviembre de 1945, y murió el 9 de febrero de 2011, en la ciudad de Bogotá.

El Davo, como lo llamaban cariñosamente, fue un escritor de talla nacional e internacional. Su formó en literatura, comunicaciones y sociología e hizo doctorados en la Universidad Simón Bolívar y la Universidad de Córdoba. También estudió en Cuernavaca, México, en donde se desempeñó como profesor. Publicó novelas, cuentos, fábulas, historias para niños y testimonios escritos y grabados de viva voz.

Ganó el Premio Nacional de Novela Plaza y Janés con Pero sigo siendo el rey y también recibió varias veces el Premio Nacional de Cuento. De su premiada novela, como de otras de sus obras, se han hecho versiones para televisión difundidas ampliamente en muchas lenguas.

Sus historias grabadas le merecieron 5 galardones de Disco de Platino Sonolux y Disco de Oro M.T.M y las adaptaciones de sus obras para cine y televisión obtuvieron 17 Premios India Catalina, en el Festival de Cine de Cartagena.

Fue embajador de Colombia en la India y en Egipto entre 1991 y 1995, países en los que, mientras ejercía sus funciones de jefe de la Misión Diplomática, se desempeñó como profesor universitario ad honorem. Obtuvo el Premio Internacional Dulcinea 2000 otorgado por la Asociación Cervantina de Barcelona. La Fundación Libros y Letras le otorgó el Premio Nacional de Literatura 2003 a la Vida y Obra de un autor....PAZ EN SU TUMBA


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EL SUEÑO DE UNA OLLITA, LLAMADA YOYO

Mensaje  Cordoba el Mar 13 Dic - 23:29

AUTOR: RAÚL ANDRÉS VERGARA ARIAS,
CARTAGENERO

S i no me hubiese marchado de aquella cocina lujosa y resplandeciente mi vida sería otra, pero quién se va a conformar con ser regalada a la esquina desconocida, al sótano de esa gran alacena. En Ollaidux, la gran cocina-ciudad en la que nací, todo fue alegría y felicidad, mi padre el señor Sartén y mi madre la señora Caldero eran los utensilios de cocina más orgullosos de la ciudad, yo era una olla perfecta, con grandes orejas doradas y un profundo cuerpo plateado. Mi utilidad era alabada por quienes me usaban, y los alimentos perfectamente cocidos eran prueba de mi capacidad laboral. El tiempo pasaba y mi padre murió, el diagnóstico de la autopsia: caída desde una gran altura. Su cuerpo quedó apachurrado. Desde entonces acompañé a mi madre a visitar todos los días el cadáver de papá en la chatarrería: “la morgue del acero y el aluminio”. Quien creería que mamá terminaría ahí luego de una mala cirugía de fundición que en lugar de dejarla bella y reluciente acabó con su vida cuando fue puesta sobre la lumbre para preparar un rico sancocho de mondongo.

Inicié mi vida la noche menos esperada, mis amigas las ollas grandes me ayudaron a escalar la pared, ya afuera de aquel horrible lugar emprendí la fuga rápidamente... “Oíste Yoyo, se está convocando a las ollas, calderos, sartenes con aptitudes para el canto,el baile y la actuación, el ganador grabará un disco dedicado a la esperanza y el amor”. –Sí, esta es mi oportunidad, no la desaprovecharé, ¿dónde esla presentación? –En la Avenida Cuchara de palo con calle de la Totuma. –Perfecto, yo se donde está ubicado “el jardín de tus sueños”. –Oye, eso es hasta la próxima semana. –No importa, sígueme contando la historia de tu vida, a propó-sito dime: ¿cómo fue que terminaste en la calle? –Eso es duro, no quiero recordar. Yo llegué a esta ciudad conmi gran maleta, una caja de fósforos adornada con finos encajes ycintas de seda, el recuerdo más bello que me dejó mi madre, con la ilusión de forjarme un futuro diferente y así fue: encontré trabajo en la boutique “La belleza cuesta”. Era una vendedora dedicada; a mi nuevas amigas cucharas de acero inoxidable les vendía cremas para brillar; a mis amigos sartenes, carbones a pruebas de manchas contra la piel; a mis amigos cuchillos, aceites a base de papa para conservar brillo y lozanía; todo era perfecto hasta que no hubo dinero para sufragar gastos. Desconsolada, fui a pedir ayuda al señor Olla de Presión, el dueño del ollobar más famoso de esta ciudad, los Estados Juntos de Ollunidos. Él era el prospecto más hermoso que jamás había visto, su hondo cuerpo era elegante, sumango plateado era el atractivo que más resaltaba su virilidad, lástima que su soberbia y egoísmo no le permitieran ser el partidoperfecto. Mejor dicho, mujer, era un ángel bajado del cielo, ¿noes así?
–No molestes, mi querida cancerola. –Yoyo, no me recuerdes que el cáncer oxidadoso me mata lentamente. –Lo lamento, amiga. Te sigo contando... Hace un mes que mi amiga es la sensación del lugar, el ollobar “Dale un latigazo” ya no tiene que sufrir los insultos de Doña Tostadora. –Cace, ¿me escuchas? –Sí, continúa. –Me has dejado hablando sola, como... –¿Quién sigue? –Yo, mi nombre es Yoyo Dorada y canté la canción “Esperanza, hija de la dignidad”. –Ha sido magnífico –dijo don Tenedor Delgado–, usted es la ganadora. Pero, al llegar a casa, me esperaba don Cuchillo Eléctrico, quien amenazaba con torturarme con enormes descargas eléctricas, él, que fue uno de mis asiduos clientes, se encontraba en la ruina y amenazaba con sacarme de mi apartacaja, un lugar en el que he sobrevivido después que don Olla de Presión me lanzó como perro a la calle. Para mí era muy duro creer que soportaría noches de frío, días de hambre y sobretodo exponerme a contraer oxidotosina, y quedar como la más fea de los domésticos utensilios. Por suerte logré salir de esta situación. Cuando llegó el día de partir mis compañeras, unas ollas gaminas, me lanzaron crema oxidante, todavía conservo algunas manchas en mi deli- cada cintura redonda. Así, toda fea y maltratada llegué a casa de doña Tostadora de gas, una mujer siniestra que me hacía estar sentada sobre el fuego preparando manjares que no gustaban a los comensales. Cansada de ser golpeada y sufrir los abusos de mi ama humana, renuncié. Desesperada llegué a vender mi profunda cavidad para que se cocinaran las pastas “medicinales” que te llevan a una sensación de éxtasis y efervescencia. Humillada por la vida, intenté suicidarme, hasta que me salvaste. Fue gracias a tíque gané el concurso de canto; tus palabras y consejos me reconfortaron. He aprendido que utensilios como don Olla de Presión o don Cuchillo Eléctrico pueden tener una hermosa apariencia pero una belleza interior que los hace menos sensibles a los sentimientos, pensamientos y acciones de otras personas. –Sí, ahora con tu dinero ayudas a utensilios con estado de oxidación ligera no aquellos como yo, Cacerola de Aluminio, quienes tenemos que resignarnos a morir y ser llevados con resignación ala morgue.
FIN




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EL CAPOTE AMARILLO

Mensaje  Cordoba el Mar 13 Dic - 23:03

Por: Sara Orozco Valiente
Cuento Ganador año 2009 II CONCURSO RCN

Era otra mañana feliz y lo primero que vi al levantarme fue la cara de mi hermana, todavía dormida, con una parte de la sábana en los ojos. Al pararme de mi cama fui a la sala y allí estaba mi mamá, recién levantada, haciéndonos el desayuno. El cielo se veía un poco oscurecido, pero no le di mucha importancia. Cuando veo a mi derecha ¡Oh!, me asustó ver algo como un fantasma, pero era mi papá trasnochado frente al computador, trabajando. De repente, BROMM, BROMM, sonó el primer trueno, todos nos quedamos tiesos. Tan fuerte fue que mi hermana se levantó asustada. Eran las 10 de la mañana cuando vimos que ahora el cielo estaba totalmente nublado, todos nos sorprendimos.
─ Qué tiempo -dijo mi papá.
─ Eso se lo lleva la brisa –dijo mamá, picando una zanahoria.
Ya era hora de irme al colegio. ¡Por nada del mundo podía faltar! Tenía examen de biología. Cuando salimos de la casa, GLOC, GLOC, empezaron a caer las primeras gotas de agua.
─ Está lloviendo, no puede ser- dije yo.
Mi papá rápidamente subió a la casa y bajó en dos segundos. De pronto vi un capote, era grandísimo y amarillo, uno de mis colores favoritos. Yo estaba encantadísima, cuando mi mamá me interrumpe diciendo:
─ Niña, súbete rápido que vamos a llegar tarde.
Mi mamá se puso el capote y me colocó delante de ella para que no me mojara. Yo estaba debajo del grandioso impermeable, no veía nada. Cuando íbamos en el camino las gotas de agua parecían bombas que caían sobre el capote. En ese momento sentí que el capote luchaba contra la fuerte lluvia, pero yo sabía que él iba a ganar esta batalla. Yo era la única que me sentía así, parecía un cuento de hadas, yo era la doncella en peligro, el capote, el caballero que luchaba por mí contra las peligrosas bombas de agua, los relámpagos eran como espadas que querían traspasar la armadura del príncipe capote para secuestrarme, pero él estaba firme y luchando por protegerme. Era extraño todo, pero muy divertido, tanto que mi mamá se dio cuenta que iba muy callada y me preguntó por qué estaba tan silenciosa. Sólo le respondí diciendo que vivía un sueño hecho realidad.
En ese instante sentí que mi papá paraba la moto diciendo:
─ Bájate, cariño, que ya llegamos.
Entonces me bajé rápidamente y vi que la lluvia había disminuido, mi mamá se quitó el impermeable y lo guardó en la canasta de la moto. Yo estaba seca y sin una sola gota en mi uniforme, gracias al capote que luchó para que yo llegara bien a mi examen. En ese momento me di cuenta que el bello capote, que tanto había combatido con la lluvia como un caballero salvando a su doncella en aprietos, era un verdadero héroe. Pero a medida que mis padres se alejaban me daba cuenta que el capote no era el único protagonista de esta historia; existía otro en el que no me había fijado, era mi papá, y al verlo totalmente bañado por la lluvia, entendí su sacrificio.

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la monja el cura y el camello

Mensaje  Cogito ergo sum el Lun 12 Dic - 1:58

Una monja y un padre van viajando en un camello. Después de algunos días, el camello cae en la arena muerto. Después de mirar la situación, el cura se da cuenta de que ninguno de los dos sobrevivirá y... El padre le pregunta a la monja:
"Nunca le he visto los senos a una monja... y ahora no creo que tenga importancia. ¿Me enseñas tus senos?", La monja le enseña sus senos....
"¿Puedo tocarlos?", La monja lo deja tocarlos.
Entonces, la monja le dice al padre: "Padre, nunca le he visto el "ese" a un hombre... ¿me puede enseñar el de usted?", Acto seguido, el padre se baja los pantalones y los calzones..."¿Puedo tocarlo?"... Ella lo empieza a acariciar por un minuto cuando el cura logra una erección, entonces le dice el cura a la monja: "¿Sabias que... si meto mi ese en el lugar indicado... puede dar vida?"
"¿Es eso verdad, padre?", se asombra la Monja
"Siiii!", contesta entusiasmado el Padre.
"Entonces... PORQUE NO SE LO METE AL CAMELLO Y NOS LARGAMOS DE AQUI?!!"

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