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CUENTOS COSTUMBRISTAS DE LA REGIÓN CARIBE(CÓRDOBA)

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CUENTOS COSTUMBRISTAS DE LA REGIÓN CARIBE(CÓRDOBA)

Mensaje  Cordoba el Dom 27 Feb - 6:49

VARIOS CUENTOS DE ESCRITORES COSTEÑOS, ENTRE ELLOS DAVID SANCHEZ JULIAO, GABRIEL GARCIA MARQUEZ, ETC....EN PAGINAS SUBSIGUIENTES......

Como un Homenaje al cumplirse, casi un mes de su muerte, a este gran hombre de corazón blando, de ancestros Judíos, que hacía latir y enorgullecer a los cordobeses de lo propio, de lo que parece común y que sólo él pudo hacerlo trascender...un profeta de historias del Sinú, que vivirá con sus relatos en nuestra mente y corazones por siempre; DAVID SANCHEZ JULIAO, ESCRITOR CORDOBÉS, (q.d.e.p.)

Entre sus obras más importantes están: El pachanga, El flecha, El flecha II el retorno (2006), Abraham al humor, Fosforito, Historias de Racamandaca y Dulce Veneno Moreno, entre otras. Traducidas a varios idiomas y ganadoras de varios premios literarios, las obras de Sanchez Juliao son un esbozo de la cultura popular de la costa norte colombiana con un enfoque particular en la región cordobesa.

4shared.com4shared.com/file/105399604/64ca7c0a/El_Flecha.html

http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/2583307/Audiolibro-_Equot;El-Pachanga_Equot;-David-Sanchez-Juliao.html

Nota: En estos enlaces puedes escuchar estos magníficos cuentos......en la próxima semana, publicare otras historias de su autoría.
Cada tema sera incluido a continuación de esta página....asi que sigue hacia abajo....

PD...ESTA SECCIÓN NACIÓ CON EL FIRME PROPOSITO DE ENALTECER Y DIFUNDIR NUESTRA CULTURA COSTEÑA, A TRAVÉS DE CUENTOS Y ANECDOTAS COSTUMBRISTAS....ETC...


Última edición por Cordoba el Jue 15 Mar - 0:57, editado 4 veces

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CUENTOS COSTUMBRISTAS DE LA REGIÓN CARIBE(CORDOBA) PARTE 2

Mensaje  Cordoba el Sáb 5 Mar - 23:58

DOS CUENTOS Y UN DICCIONARIO QUE RECOPILA TODOS LOS TÉRMINOS COSTEÑOS PARA UNA MEJOR COMPRENSIÓN:

EL TELEGRAMA
De David Sánchez Juliao

[justify]Con la persistencia que solo los colombianos tienen, un monteriano se enfrentaba aquella tarde a una entrevista más para intentar conseguir un empleo.

Llegando a la oficina que le indicaron, frente al entrevistador, esto fue lo que sucedió:

- ¿Cuál fue su último salario?

- Salario mínimo - responde El monteriano

- Pues me alegra informarle que si usted es contratado por nosotros, su salario será de USD$10.000 por mes.

- ¿Jura...?

- Por supuesto!. Y dígame, ¿qué carro tiene usted?

- La verdad es que yo tengo un carrito para vendé raspao' en la calle, y una carretilla pá transportar escombros...

- Entonces, sepa que si usted viene a trabajar con nosotros, inmediatamente, le daremos un BMW convertible último modelo, y un Audi A6 para uso de su esposa, ambos cero kilómetros.

- ¿Jura...?

- Sí señor!. ¿Usted viaja con frecuencia al exterior?

- Bueno compa,... lo más lejos que yo viajé, fue a Moñito, a visitar unos parientes.

- Pues si usted trabaja aquí, viajará por lo menos 10 veces por año, con agendas entre Paris, Londres, Roma, Mónaco, New York, Moscú... entre otros países.

- ¿Jura...?

- Es como le digo, señor.... y le digo más: el empleo es casi suyo!. No puedo confirmarle 100% ahora, porque tengo que cumplir un requisito de informarle antes a mi Gerente, pero está casi garantizado!.

Si hasta mañana viernes, a las 12:00 de la noche, usted no ha recibido un telegrama de nuestra empresa cancelando todo el proceso, significa que puede venir a trabajar el lunes a las 8:00 de la mañana...!

El monteriano salió radiante de la oficina!. Ahora era sólo esperar hasta la medianoche del viernes, y rezar para que no apareciera ningún maldito telegrama.

Al día siguiente todo era optimismo... no podía haber existido un viernes más feliz que aquel. El monteriano reunió a toda la familia y les contó las buenas nuevas. Después convocó al barrio entero, y les informó que estaba comenzando un asado gigante, con música en vivo y ron pá todo el mundo, al cual estaban todos invitados.

Cuando eran las 5:00 de la tarde, ya se habían mamado varias cajas de cerveza y ron y muchos kilos de carne asada al carbón.

Conforme avanzaba el día, más personas llegaban y la alegría desbordaba.

A las 9:00 de la noche el barrio estaba extasiado y la fiesta hervía!.

La papayera tocaba sin parar en tarimas improvisadas, el pueblo bailaba y comía, mientras el ron rodaba sin cesar. A las 10:00 de la noche la mujer del monteriano empezó a preocuparse, pues le parecía que aquello ya era demasiada exageración... pero todo continuaba.

La vecina buenota, la apetecida del barrio, ya comenzaba a bailar descaradamente y a apretarse contra el monteriano, haciéndole descarados coqueteos.

La banda seguía tocando, el volumen aumentaba, la cerveza corría por litros, el ron ni se diga, el pueblo bailaba desaforado, la carne humeaba en las parrillas y era consumida en cantidades....

A las 11:00 de la noche el monteriano ya era el rey del barrio!.

Las cuentas de gastos, para divertir y para llenar la barriga del pueblo, a esas alturas ya sumaban cifras gigantes... pero todo sería por cuenta del primer salario!. La mujer del monteriano seguía medio afligida, medio preocupada, medio celosa, medio resignada, medio alegre, medio boba y medio asustada.

Once horas y cincuenta minutos... y doblando la esquina, al final de la calle, aparece un motociclista vuelto loco, entrando en la calle de la fiesta a toda velocidad y tocando insistentemente el pito de la moto.

Era el cartero...!!!

La fiesta paró en 1 segundo...

la banda se silenció al unísono...

el primo del monteriano se atragantó con un trozo de yuca...

un borracho eructó...

un perro comenzó a aullar...

Dios mio... !!!.... ¿Y ahora quien va a pagar la cuenta de esta fiesta?

'Pobrecito el corroncho...!!', era la frase que la multitud murmuraba, y se repetían unos a otros.

Tiraron unos baldes de agua encima de las parrillas de la carne, y hasta los carbones humeantes parecían llorar. Desconectaron los refrigeradores que contenía los barriles de cerveza. Los músicos se bajaron de la tarima.

La mujer del monteriano se desmayó cuando la moto del correo paró frente a su casa, y preguntó:

- ¿Señor Lawandio Barguil De la hoz?

- Si, sí... si se... si señor... soy... soy yo...

La multitud no resistió más. Un 'Oooohhhh' apesadumbrado se escuchó en todos los alrededores. Algunos comenzaron a recoger sus cosas para retirarse a sus casas. Mujeres lloraban abrazadas.

Los hombres se daban palmaditas de consuelo en los hombros, los unos a los otros. El mejor amigo del monteriano estrellaba repetidamente su cabeza contra la pared. La vecina buenota se componía la falda y se arreglaba el cabello.

- Telegrama para usted...!

El monteriano no lo podía creer. Agarró el telegrama con sus manos temblorosas y con los ojos llenos de lágrimas. Irguió la cabeza y miró con valentía y tristeza a toda la multitud que aguardaba expectante. Un silencio total se apoderó del barrio...

Respiró profundo y comenzó a abrir el telegrama. Sus manos temblaban y una lagrima se deslizó, cayendo sobre el pavimento.

Miró de nuevo a todos los que hacía unos minutos lo idolatraban; todo era consternación general. Logró sacar el telegrama del sobre, lo abrió y comenzó a leer. El pueblo aguardaba en silencio y se preguntaba: '¿Y ahora quien va a pagar toda esta cuenta?'

El monteriano comenzó a leer el telegrama. A medida que lo hacía, su rostro cambiaba de expresión y fue quedando muy, muy serio.

Terminó su lectura y se quedó abstraído, mirando hacia la nada.

Levantó de nuevo el papel y volvió a leerlo. Al final dejó caer los brazos, levantó lentamente la cabeza, sacó pecho y miró al pueblo que lo esperaba.

Entonces... una sonrisa comenzó a dibujarse lentamente en el rostro del monteriano!. En ese momento comenzó a saltar, a aullar de felicidad, brincando como un niño, abrazándose con los que estaban a su lado en la mayor demostración de felicidad ya vista, mientras gritaba eufórico:

- Menos mal Hijueputa.......Se murió mi mamá.................. .!!!!! HIJUEPUTA ............ Se murioooooó! NOJODA!!!!

Todo el pueblo brincó de alegría y continuaron festejando el nuevo empleo de Lawandio Barguil De la Hoz. Laughing

EL SABOR DE LAS FRUTAS AJENAS
Por Héctor Rafael Martínez Manotas

En la memoria de un niño hay hechos que son trascendentales, que permanecen como grandes recuerdos y no se borran jamás. En la mía quedaron clavados para siempre: La cara de la bruja que tuve por maestra en parvulario, que no se cansaba de pegarme una y otra vez con una vara de madera en las manos, para tratar de imponerme lo que ella creía era una buena educación; el primer televisor en blanco y negro que tuvimos en casa, con el que pude ver la serie de televisión “Bonanza”; la muerte de un Papa, que hasta ese día no sabía que existiera y por el que me hicieron rezar y llorar; y el asesinato de un presidente extranjero, que en esos momentos supuse que debía ser una persona muy importante, porque todo el mundo se lamentaba. Pero, por encima de todo aquello, nunca podré olvidar la ansiedad que me embargaba durante mi interminable espera por la llegada de las vacaciones.

Cuando al fin llegaban, me inundaba una gran alegría; el mundo, que entonces abarcaba tan sólo nuestra calle, de sol a sombra me pertenecía. Podía hacer prácticamente cualquier cosa y, lo más importante, verdaderamente me divertía. Fue durante esta época cuando conocí a Néstor, Alfredo, Elías, Roberto, Javier, Jorge, Pablo, Lucho, Ángel, Juan Carlos, Rafa, mis primeros y mejores amigos, aquellos que me querían simplemente porque sí. Y juntos descubrimos la mejor manera de crecer y de ser lo que somos hoy.

Nos poníamos de acuerdo para conducir y compartir la misma bicicleta, aprendimos a nadar y a jugar a fútbol, béisbol, voleibol, básquetbol y muchos juegos más que inventábamos a diario. Construíamos ruidosas patinetas, hechas con tablas y palos de madera usada, que andaban con balineras viejas que conseguíamos en los talleres de automóviles; competíamos para ver quien hacía la cometa más preciosa y grande del barrio; con un palo de escoba recortado y las tapas metálicas de los envases de las gaseosas o cervezas, jugábamos “chequita” en mitad de la calle, en una especie de derivación del béisbol; y hacíamos campeonatos de minifútbol con una bola de trapo que, como era hecha con retazos de tela y medias viejas, sólo aguantaba como máximo dos partidos, a menos que llegara la policía y nos la confiscara, junto con las cuatro piedras que servían de porterías, por entorpecer el escaso tráfico de vehicular.

Sin falta, todos los domingos a las seis de la tarde, íbamos a cine para ver películas de vaqueros, y sufríamos en carne y hueso cuando el bueno, “el chacho de la película”, era vapuleado sin contemplación por los bandidos, y saltábamos de alegría de los asientos cuando éste se levantaba semimuerto y, sacando fuerzas de la nada, abatía uno a uno a todos los bandoleros, con un revólver al que no se le acababan nunca las balas.

De vez en cuando nos retábamos para ver quién hacía la mejor broma. En lo que a mí se refiere, como decía mi madre: -lo que se te ocurre a tí no se le ocurre a cualquiera-, y debía ser cierto porque, se me ocurría cada cosa, como aquella maldad que le hice a la negra palenquera que vendía bollos de mazorca; me acerqué sigilosamente por detrás de ella y le lancé a sus pies un Tote y, con el susto de la explosión, perdió el equilibrio y casi se le cae la palangana repleta de bollos que llevaba en la cabeza y, como a pesar de que lo intentó no pudo atraparme, me insultó, durante incontables minutos, gritándome todas las vulgaridades que podían existir, que además eran las primeras que escuchaba en la vida. Cuando por fin la palenquera se fue, todos en coro comenzamos a repetir las plebedades recién escuchadas y a insultarnos con éstas.

A medida que fuimos creciendo, nuestros padres nos daban permiso para ir un poco más allá de lo que daba su vista, obviamente dándonos todas las recomendaciones posibles, respecto al cuidado que debíamos tener, debido al peligro que entrañaba la abundancia de culebras venenosas de cascabel, coral y mapaná raboseco que había por los alrededores. Así, cuando no estábamos jugando, nos alejábamos un poco para explorar los montes cercanos y llevábamos a cabo expediciones que generalmente nos reportaban gratas sorpresas. Una vez, luego de caminar sin rumbo fijo y buscando como siempre el tesoro del pirata Morgan, hallamos una roca enorme y, al correrla entre todos, descubrimos que en cambio de un tesoro había simplemente un nido de alacranes que, al verse privados de su protección, levantaron su ponzoñosa cola e intentaron picarnos. Conocedores del peligro, nos alejamos por el primer camino que encontramos, al final del cual nos tropezamos con una inacabable pared blanca que tenía un gran portón de hierro que rompía su monotonía y en cuyo arco superior estaba escrito un nombre: “Valdejuli”. Aunque ya era muy tarde para nosotros y estaba anocheciendo, pudo más nuestra curiosidad, nos ingeniamos para poder subirnos a la paredilla, y contemplamos maravillados la casa más extraña y grande que habíamos visto jamás. Era una construcción inmensa y alargada, de dos plantas, recubierta totalmente de ladrillos rojos, con un tejado formado por tabletas de color gris oscuro y una chimenea que surcaba los cielos, y cantidades de ventanas a través de las que se podían observar millones de bombillos encendidos que, en medio de la penumbra, la hacían parecer un barco de río. Una nube de mosquitos nos atacó recordándonos lo tarde que era y volvimos exhaustos a casa con la incertidumbre y la intención de regresar lo más pronto posible.

Esa noche, mientras cenábamos, le insinué a mi padre que construyéramos una chimenea en casa, y me explicó que en Barranquilla no era necesaria y que, si tuviéramos una nos asaríamos con el calor. Al irme a la cama, me costó mucho dormirme. El descubrimiento que habíamos hecho me daba vueltas en la mente, había adquirido un gran significado para mí y supongo que para mis amigos también. A la mañana siguiente, una vez hube desayunado me fui a esperar a los muchachos debajo del árbol de acacia que había en la esquina de mi casa. Al rato, todos llegaron y nos dirigimos a conocer bien aquella casa y cuando a la luz del día vimos lo que realmente había detrás de la pared blanca, las vacaciones dejaron de ser las mismas. Los patios de nuestras casas eran relativamente grandes y estaban sembrados con toda clase de árboles de frutas tropicales, sin embargo, aquél era diferente, poseía un embrujo especial y parecía que nos llamara y nos dijera, vengan aquí, qué están esperando, miren todas las cosas ricas y sabrosas que tengo a su disposición.

En torno a Valdejuli, el propietario de la vivienda, como nunca lo habíamos visto, tejíamos innumerables historias: unos decían que era paralítico y por eso nunca lo veíamos y que en esos momentos debía estar observándonos a través de alguna ventana, desde su silla de ruedas; otros, que era un millonario holandés que vivía en la isla de Aruba y tenía la casa simplemente para venir a pasar una que otra temporada. En todo caso, fuera quien fuera Valdejuli, decidimos que eso no debía importarnos, y tomamos la decisión de saltarnos la pared blanca y hacer de su patio nuestro propio edén.

Prácticamente a diario nos reuníamos debajo del mismo árbol de acacia y, en grupos de cinco o seis, nos dirigíamos a aquel paraíso tropical, y tranquilamente y sin que nadie nos dijera nada, envueltos por el agradable sonido que producían los pitirres, azulejos, canarios, petirrojos, toches, guacharacas, cocineras, tierrelitas, papayeros y cientos de aves más de distintas y desconocidas especies, pasábamos un par de horas trepándonos en los árboles y saboreando los más exquisitos y jugosos mangos, guayabas, cocos y ciruelas que existían sobre la tierra.

A medida que realizábamos más incursiones a Valdejuli tomábamos más y más confianza, hasta que, una tarde, el sonido de los pájaros desapareció de improviso, produciéndose un silencio infernal que fue desgarrado por los destemplados ladridos de una descomunal bestia negra y, detrás de ésta, venía corriendo un gigantesco individuo de más de dos metros de estatura, blandiendo un machete mientras nos insultaba y nos lanzaba toda serie de improperios. Ese día, al huir dejamos abandonadas en el suelo las frutas que habíamos recolectado y empezó un ritual que duraría, no sólo el resto de esas vacaciones, sino algunos años más. A partir de entonces, cada vez que íbamos a Valdejuli instalábamos un vigía para evitar sorpresas desagradables, y cuando veía a lo lejos aquel animal salvaje, nos alertaba, inmediatamente recogíamos todo y salíamos corriendo como almas que lleva el diablo.

El patio de la casa de Valdejuli era aparentemente el secreto mejor guardado, al punto de que ni siquiera a nuestros propios padres les habíamos comentado acerca de su existencia. Rompiendo tan sagrada regla, Néstor trajo una vez a su primo Aníbal para que pasase la tarde con nosotros. Elías se molestó por la revelación de nuestro gran secreto, pero comprendió que no podía hacer nada más, y al ver a aquel muchacho vestido como si estuviera listo para ir a la misa del domingo, irónicamente le dijo que lo mejor que podía hacer era quedarse de vigía. Aníbal no accedió. El iba a entrar porque por nada en el mundo se iba a perder semejante diversión. Se arremangó un poco los pantalones, se quitó medias y zapatos y se saltó la pared. La tarde transcurrió como siempre hasta que Javier, que hacía esa tarde de vigía, nos avisó del peligro y, al huir despavoridos, los zapatos de charol de Aníbal se quedaron puestos encima de la pared. Brillaban tanto bajo el hermoso sol de aquella tarde decembrina, que parecían como nuevos, como si hubieran sido recién sacados de su caja. El jardinero, que además hacía de guardián, se acercó velozmente a la paredilla y los tomó en sus manos, y al verlo descalzo, con una desfachatez propia de los que llevan la maldad en la sangre, lo miró y tranquilamente le dijo: -si los quieres ven y quítaselos a Blacky-, como se llamaba el perrazo que siempre lo acompañaba. Alfredo lleno de furia gritó: -¡No más, ya está bueno de maricadas!-, y cogiendo entre sus manos un mango bien verde y duro se lo lanzó con todas sus fuerzas. Fue como un grito de rebeldía a una situación que había estado repitiéndose durante mucho tiempo. Al instante, los demás comprendimos que debíamos hacer lo mismo y le arrojamos todos los mangos y guayabas verdes que teníamos a mano. Nuestro contraataque fue tan contundente que aunque no pudimos recuperar los zapatos, por primera vez hicimos retroceder a aquel desgraciado y a su perro asesino.

A partir de entonces, ya no huíamos del todo. Y cada vez que los veíamos venir, rápidamente nos saltábamos la paredilla y los bombardeábamos a mango y a guayaba verde. Nos volvimos tan descarados que, cuando el perro y su maligno acompañante se iban, continuábamos la faena. A veces, llenábamos tantas bolsas de fruta que casi no podíamos con ellas. Néstor, que era un poco alocado, un día en el camino de regreso a casa, por hacer de chistoso comenzó a gritar: -“mango, mango, vendo mango”-, y antes de que nos diéramos cuenta, se detuvo enfrente de nosotros un Toyota blanco y sus ocupantes le compraron una docena; enseguida todos empezamos a corear: “mango, mango”. Esa tarde, iniciamos un negocio de venta que pronto extenderíamos a otros productos: guayabas, ciruelas, cocos, y limones; envases vacíos de gaseosas; discos viejos; y, por supuesto, los libros del año escolar que acababa de terminar.

Para que rompiéramos la rutina, algunas veces la familia de Néstor nos invitaba a pasar la tarde en una casa que tenían a la orilla del mar. Allí también había unos frondosos árboles frutales y, traspasando una verja se llegaba directamente a la playa. Así que, cuando íbamos nos dábamos un agradable baño de mar y, además, comíamos mangos maduros hasta hartarnos. Una tarde, se divertían Néstor y Javier, meciéndose fuertemente en una hamaca atada en uno de sus extremos al grueso tronco de un árbol de mango y por el otro a una columna que servía al mismo tiempo de poste de la luz, y que estaba enterrada allí desde tiempos inmemoriales. Debido a la humedad producida por las torrenciales lluvias de los últimos días y con el ajetreo y el peso de ambos, la columna cedió y cayó encima de los dos y le aplastó la cabeza a Néstor, que murió instantáneamente. Javier falleció horas después a causa de las heridas internas producidas por el impacto. Era el día 28 de diciembre, día de los inocentes. Cuando llegué a mi casa y le conté a mi madre lo sucedido, no me creyó y me reprendió fuertemente por hacer bromas pesadas. Ella comprendió que lo que decía era cierto al ver mis lágrimas, producto de la impotencia de quien trata de decir algo de esa magnitud y en un día como ese no es creído por nadie.

Aquella tarde, que quedó grabada para siempre en nuestra memoria, dejamos atrás los restos de la niñez y la vida nos cambió para siempre. Nunca más volvimos a cine para ver películas de vaquero, ni hacíamos bromas pesadas, ni regresamos a la casa junto al mar, ni mucho menos se nos antojaba saltarnos la pared del patio de Valdejuli.

Ahora la casa de Valdejuli no se veía tan lejos, la ciudad poco a poco la había absorbido, y en el frente de la inmensa pared blanca había una nueva calle recién pavimentada y a su alrededor estaban siendo construidas decenas de casas. El jardinero, que realmente medía un poco más de un metro con setenta de estatura, tenía un nombre, “Zabala”, y se hizo amigo nuestro. Sólo entonces comprendimos que Zabala, al igual que nosotros, aguardaba con ansiedad la llegada de las vacaciones. Éramos su única distracción en la inmensa soledad que le producía aquella casa vacía con sus tres manzanas por patio. Nos contó que Valdejuli era en realidad el nombre de la región de la que provenía el millonario catalán dueño de la vivienda, que había llegado a la ciudad huyendo de la guerra civil española, que tenía un único hijo que se había quedado paralítico hacía algo más de diez años en un accidente y que, desde entonces, se habían marchado y habían recorrido el mundo consultando a los mejores médicos y brujos para ver si encontraban una cura milagrosa; nos invitó a conocer la mansión, todo estaba impecable y reluciente, esperando a unos dueños que no regresarían jamás, paseamos por sus hermosos jardines, recorrimos un pequeño campo de golf en donde hacía siglos que no jugaba nadie, y puso a nuestra disposición todos los mangos, guayabas, cocos y ciruelas que quisiéramos, pero ya no sabían a lo mismo, habían perdido el sabor y el encanto que nos producía el temor de ser atrapados mientras las cogíamos.

Al año siguiente, mientras me dirigía a recibir mis primeras clases de guitarra, vi a Zabala y a Blacky persiguiendo y asustando a otros niños que, como mis amigos y yo, se divertían cogiendo y disfrutando del exquisito sabor de las frutas ajenas.



DICCIONARIO CON TERMINOS COSTEÑOS
El idioma español es una lengua flexible, de manera que diariamente se le incorporan cientos de palabras. No obstante, en cada región de habla castellana se usan términos que tan sólo los lugareños conocen su significado. Eso es exactamente lo que ocurre con los casi diez millones de nativos de la Costa Caribe, llamados costeños, que tienen una manera de hablar y un lenguaje que tan sólo es entendido por ellos mismos.
La presente recopilación no pretende emular el diccionario de la Real Academia de la Lengua, pero intentará aclarar el significado de muchas palabras de uso común entre los costeños. Sobre todo, que puede servirle de mucha ayuda a aquellos que leen algún libro del mejor escritor de habla española, Gabriel García Márquez, o que visitan la costa, y quedan en el aire cuando se les habla.
Si queda faltándo alguna palabra, no está demás decir que por favor sea agregada
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**EN EL SIGUIENTE ENLACE SE ENCUENTRA EL ABECEDARIO CON LOS DIFERENTES TERMINOS**

http://varielandia.wikispaces.com/Diccionario+coste%C3%B1o




EL PARGO ROJO
Autor: David Sánchez Juliao


Magdalena Santiago vive –sigue viviendo-- de comprar, limpiar y desescamar pescados a la orilla del mar. Se levanta con los primeros ardores del alba y se va al puerto a esperar el retorno de los pescadores. Allí canta, invariablemente, todos los días a idéntica hora, la misma canción; una tonadilla de aliento africano cuya letra, ella lo ignora, tiene origen en el romancero español: Rey que sabe/leer y contar/dime cuántas olas/manda la mar. Acaso aquella liturgia es, además de una orden de su porción de sangre negada, la expresión del sueño incumplido de ser alfabeta. Porque, por el contrario del rey del estribillo, Magdalena ni sabe leer ni sabe contar. Pero tiene un don especial: cuando ha cantado, sin contarlas, diez veces el estribillo, señala en el horizonte las primeras canoas. Magdalena nada sabe de números o letras, pero el cantar le otorga un acertado manejo del tiempo.

No es el único don que posee. También carga claro en la cabeza que, comprando los pescados al precio del puerto y vendiéndolos de puerta en puerta pueblo adentro, el dinero sobra en casa. Magdalena llama “el milagro de la vida” a aquella elemental abstracción, como de impuros logaritmos Pese a asistir día a día a ese milagro, dice no entender nada pero lo entiende todo. Por ejemplo: es madre de seis hijos de tres padres diferentes; y no sabiendo al cabo de los años adónde han ido a parar los padres luego del abandono, se llama a sí misma “viuda triple de muertos vivos”. Sus hijos, ya crecidos, trabajan allí en Tolú o en otros pueblos del Caribe en forma marginal: cargando bultos o vendiendo baratijas a los turistas de la playa, hoy; cocinando en una casa de familia, mañana; y después, tal vez...

Magdalena, sin embrago, se dice feliz; aunque desde los días en que el cinematógrafo llegó a Tolú, a ratos ni ella misma lo cree. La noche en que fue a ver por primera vez una película, recuerda, empezó a sospechar –sin que lograra volver razones las sospechas— que el meridiano de la felicidad pasaba por lo cotidiano. Entonces, “Muy fácil –dice con frecuencia--: dejé de ir al cine y ya está, volví a vivir contenta”. Además, ¿qué otra cosa quiere? --se pregunta en sus noches de hamaca. Conoce un oficio, produce con qué comer, guarda plácidos recuerdos de cada marido en cada cama –del segundo, sobre una mesa--, es amada por sus hijos y estimada por los pescadores y la gente del barrio. Y lo más importante: ninguna de sus hijas le ha salido vagabunda, y ninguno de sus hijos ha estado en la cárcel. “Son muy unidos”, comenta: “Cada uno es capaz de quitarse el pan de la boca para dárselo al otro”. Y no se queda en la superficie, pues agrega: “Ojalá nunca sean ricos; porque poco dinero, evita preocupaciones; mucho dinero, las trae”. Y remeta: “Dios quiera que nunca vayan al cine”.

Magdalena vive –continúa viviendo allí, aun después del incidente— en una calle a la que la gente bautizó como “Bocagrande”. Su nombre oficial tiene que ver con un héroe de la Independencia, Francisco de Paula Santander. Pero los desocupados de la plaza lo han cambiado por aquel más sonoro, debido a que en esa calle las vecinas riñen a diario en insultos que se vociferan de acera a acera, con frases cargadas de dobles sentidos e imprecaciones.

En la misma calle de “Bocagrande”, puerta seguida a la casa de Magdalena, vivió una vez una mujer adinerada que odiaba a los pescadores y a las revendedoras. No es extraño que estas cosas sucedan en la América Hispana, puesto que en sus pequeños pueblos conviven príncipes y mendigos, ricos y pobres en una misma calle, en una constante ebullición de la vida que ante todo los ricos niegan disfrutar. En estos poblados, los modernos barrios residenciales jamás tuvieron futuro, pues no tardaron en convertirse, de tan tediosos, en una antesala de la muerte.

Aquella vecina –la del incidente— odiaba a Magdalena, en razón tal vez de lo que el profesor socialista de la escuela pública llamaba “marxismo al revés”; es decir, el desprecio de los de arriba por los de abajo. La vecina, sin embargo, amaba la lúdica del humilde vecindario, pero siempre deseó que su torrente de vida bullera, no allí sino en el barrio residencial de las afueras al que un día se mudó, hasta que se aburrió... por falta de vida. Cuando regresó a vivir al antiguo vecindario, continuó haciéndole la vida imposible a Magdalena: le corría la cerca del jardín, ordenaba a las sirvientas que desaguaran la cocina hacia el patio vecino, y sacaba en voz al sol ciertos trapos sucios que Magdalena prefería lavar en casa; como aquello de la triple viudez de muertos vivos, los seis hijos de tres maridos diferentes; y la pobreza y el mal vestir, cosas que Magdalena sobrellevaba con inadvertida dignidad.

La vecina insolente es viuda de verdad, y tiene tres hijos casados cuyas mujeres le desean la muerte para heredarle la hacienda que ha comprado en las mejores tierras del Sinú. Hoy, en los tiempos posteriores al incidente, la hacienda es manejada a distancia, mediante despachos de correo y llamadas telefónicas. Porque la que fue vecina de Magdalena, es ahora una mujer muy rica; y ya no vive en la calle de “Bocagrande” de Tolú, sino a muchas leguas de distancia, en un sector del mismo nombre que es parte de la hermosa Cartagena de Indias. Aun así, viviendo lejos, dos de las tres nueras han tratado de envenenarla, tres de sus hijos varones no la visitan, dos de ellos no le dirigen la palabra –ni siquiera por teléfono-- y el tercero, el menor, no le permite ver a los nietos los domingos.

Y todo, por culpa de Magdalena; al menos, eso comenta la gente. Magdalena es en extremo cuidadosa al respecto; jamás ha dicho que aquello es cierto, pero tampoco lo ha negado. Se limita, eso sí, a contar la historia tocada de un airecillo de satisfacción:

La historia es esta. Un día, mientras desescamaba pescados en las escalinatas del puerto, Magdalena vio que algo brillaba entre el espeso amarillo de las hueveras de un pargo rojo. Se trataba de un brillo poco común, como de estrella en el cielo, emitido por una piedrecilla de aristas pulidas con esmero. Magdalena jamás había visto uno en su vida, pero por lo que siempre escuchó, estuvo segura de que la piedrecilla no era tal... sino un diamante. Pensó de inmediato en sus hijos yendo al cine, en sus nueras tratando de envenenarla, en sus maridos regresando a buscarla uno a uno o los tres al tiempo, pero con la misma cara de arrepentimiento; pensó en ella misma, liviana y desafirmada, viviendo la muerte de un barrio residencial y comprando pescados en la puerta a sus compañeras de trabajo; y pensó, lo más grave, en no poder ver a sus nietos los domingos. En ese instante tomó la decisión de regalar el pargo rojo con todo y el diamante que el pez llevaba oculto en su vientre.

Alguien, cuenta ella, se ofreció a comprarlo en el puerto.

-- No está para la venta –dice Magdalena que dijo--. Lo tengo reservado para alguien muy especial.

Irrumpió en la casa de la vecina en el momento en que la mujer discutía con las tres nueras sobre qué cosa preparar para el almuerzo.

-- Perdonen si interrumpo –dice Magdalena que entró diciendo--, pero la pesca de hoy ha sido excelente y me he acordado con cariño de todas ustedes. Les he traído este hermoso pargo rojo para que lo disfruten en la santa paz de la familia.

FIN


HUMOR
DON FEDERICO SANTODOMINGO
David Sánchez Juliao

En cierta ocasión, el sociologo Abel Avila Guzmán me envió a Bogotá un libro con un amigo común que viajaba, llamado Federico Santodomingo Zárate, otro poeta. Mi secretaria en Bogotá le comunicó que yo me encontraba en una reunión de producción en las oficinas de Caracol Televisión. Hacía apenas pocos meses, el Grupo Santodomingo había comprado la mayoría de acciones de esa empresa; de modo que cuando quise hacer seguir a Federico a la Sala de Juntas para recibir personalmente el libro que me enviaba Abel, ya el poeta Santodomingo se encontraba instalado en la sala privada de recibo en el despacho de la presidencia, atendido por tres hermosas secretarias bogotanas que le ofrecían café, pastelillos y rebanadas de mango interiorano en platillos de porcelana, y le extendían, para que trinchara, un picaviandas de plata. El presidente de la compañía no se encontraba en su despacho, pero cuando la secretaria escuchó aquel apellido, Santodomingo, armó el alboroto y corrieron la mucama, los encargados de seguridad, la señora de los tintos y el muchacho de los mangos.
Claro que a todos extrañó la pinta del excéntrico millonario: pantalón azul desteñido, sandalias con calcetines, una chaqueta de cuero raído, el cabello alborotado como nido de oropéndola, y lo que más denunciaba su exótica bohemia: una mochila arawaka repleta de papeles, lápices y libros. “Es poeta, ¡cómo les parece, ala!”, murmuraban las secretarias en el claroscuro de los pasillos, y agregaban: “Tiene pinta de indigente”.
Para no hacer largo el cuento, como dicen los narradores orales, recibí el libro de manos de Federico y lo invité a que atravesáramos los pasillos de la empresa hasta la salida, en un medio-abrazo que me dio la oportunidad de presumir ante los bogotanos el hecho de que el autor de Gallito Ramírez --en furor por esos días-- era amigo íntimo de un Santodomingo. Bajamos a tomar café capuchino en el bistró más cercano y a festejar el malentendido.
No es la primera vez que cosas como aquella suceden al poeta Santodomingo, quien a duras penas tenía para montar en buseta antes de que lo nombraran Jefe de Prensa en las Empresas Públicas Municipales de Barranquilla, cargo que ocupa en la actualidad. Si uno lo cuenta, difícilmente le creen que cuando el poeta va a viajar en avión, las encargadas de reservas en Avianca --empresa perteneciente al grupo económico Santodomingo --le asignan la silla 1-A de la Clase Ejecutiva, y que ya en el aeropuerto, el poeta es conducido a la Sala de Personajes, de modo que el excéntrico millonario no tenga que hacer cola para el embarque, como sí la hace el resto de los mortales. Es cosa frecuente que el poeta comparta la primera fila de Clase Ejecutiva de la aeronave con un presidente de compañía, un miembro de junta directiva, un ministro o uno de los tantos alcaldes de Barranquilla.
En cierta ocasión, habiendo volado juntos de Barranquilla a Bogotá, uno de esos alcaldes llevó al poeta en su B.M.W. al “Bar Chispas” del Hotel Tequendama y luego se ofreció a acompañarlo hasta el hotel en donde después se alojaría el extravagante magnate. Y no pudo sobreponerse a la sorpresa cuando el poeta ordenó al conductor: “A la pensión Gutiérrez, por favor”. ¡Excentricidades de los dueños del poder, hastiados de ser sibaritas!-- pensó el mandatario.
Este año, Alvaro Pupo Pupo, presidente de Cervecería Aguila, empresa también de los Santodomingo, por fin se agarró al poeta en la jugada. Resulta que por estos días de diciembre, la Cervecería, embotella una cerveza especial, llamada Aguila Imperial, y que es regalada en cajas de dos docenas a personalidades y a amigos de la empresa. Es una cerveza de la mejor calidad, con el justo porcentaje de alcohol y un excelso proceso de maduración, fabricada para finos paladares y gustos delicados. Aprovechando la ausencia del presidente de la compañía por los días de Navidad, Federico Santodomingo acostumbraba todos los años tomar el teléfono y llamar la atención de las secretarias: “ Señorita --decía con voz cascada--, dígale al presidente de la compañía que este año se ha olvidado de mí; no me ha llegado la Imperial. Habla Federico Santodomingo”. Y, sin consultar con el presidente, o con cualquier otro directivo, la secretaria enviaba tres cajas a Don Federico, antes de que alguien la regañara.
Pero este año, Abel Avila cometió el error de enviar a Alvaro Pupo Pupo, el presidente de Cervecería Aguila, el libro que su Editorial Antillas había publicado al poeta Federico Santodomingo. De modo que al escuchar el nombre, Pupo exclamó:
--Jépa: ¿Y este no es aquel poeta peludo ? ¡No envíe nada, señorita.
Y hasta ahí llegaron las glorias del exéntrico y ‘multimillonario’ poeta Don Federico Santodomingo, quien, viéndolo bien, sí forma parte de un grupo económico, sí: un grupo de poetas supremamente económicos, pues es muy poco el dinero que tienen para gastar. Amén.






Última edición por Cordoba el Jue 7 Abr - 21:09, editado 3 veces

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Folklore

Mensaje  Cogito ergo sum el Dom 6 Mar - 7:26

Le sujeto me parece interesante, con una carga de cultura, que releva fundamentalmente, el nivel de este espacio que consiste en compartir fundamentalmente

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Re: CUENTOS COSTUMBRISTAS DE LA REGIÓN CARIBE(CÓRDOBA)

Mensaje  Cordoba el Jue 7 Abr - 21:13

Nestor Ramirez escribió:Le sujeto me parece interesante, con una carga de cultura, que releva fundamentalmente, el nivel de este espacio que consiste en compartir fundamentalmente

HUMOR
DON FEDERICO SANTODOMINGO
David Sánchez Juliao

En cierta ocasión, el sociologo Abel Avila Guzmán me envió a Bogotá un libro con un amigo común que viajaba, llamado Federico Santodomingo Zárate, otro poeta. Mi secretaria en Bogotá le comunicó que yo me encontraba en una reunión de producción en las oficinas de Caracol Televisión. Hacía apenas pocos meses, el Grupo Santodomingo había comprado la mayoría de acciones de esa empresa; de modo que cuando quise hacer seguir a Federico a la Sala de Juntas para recibir personalmente el libro que me enviaba Abel, ya el poeta Santodomingo se encontraba instalado en la sala privada de recibo en el despacho de la presidencia, atendido por tres hermosas secretarias bogotanas que le ofrecían café, pastelillos y rebanadas de mango interiorano en platillos de porcelana, y le extendían, para que trinchara, un picaviandas de plata. El presidente de la compañía no se encontraba en su despacho, pero cuando la secretaria escuchó aquel apellido, Santodomingo, armó el alboroto y corrieron la mucama, los encargados de seguridad, la señora de los tintos y el muchacho de los mangos.
Claro que a todos extrañó la pinta del excéntrico millonario: pantalón azul desteñido, sandalias con calcetines, una chaqueta de cuero raído, el cabello alborotado como nido de oropéndola, y lo que más denunciaba su exótica bohemia: una mochila arawaka repleta de papeles, lápices y libros. “Es poeta, ¡cómo les parece, ala!”, murmuraban las secretarias en el claroscuro de los pasillos, y agregaban: “Tiene pinta de indigente”.
Para no hacer largo el cuento, como dicen los narradores orales, recibí el libro de manos de Federico y lo invité a que atravesáramos los pasillos de la empresa hasta la salida, en un medio-abrazo que me dio la oportunidad de presumir ante los bogotanos el hecho de que el autor de Gallito Ramírez --en furor por esos días-- era amigo íntimo de un Santodomingo. Bajamos a tomar café capuchino en el bistró más cercano y a festejar el malentendido.
No es la primera vez que cosas como aquella suceden al poeta Santodomingo, quien a duras penas tenía para montar en buseta antes de que lo nombraran Jefe de Prensa en las Empresas Públicas Municipales de Barranquilla, cargo que ocupa en la actualidad. Si uno lo cuenta, difícilmente le creen que cuando el poeta va a viajar en avión, las encargadas de reservas en Avianca --empresa perteneciente al grupo económico Santodomingo --le asignan la silla 1-A de la Clase Ejecutiva, y que ya en el aeropuerto, el poeta es conducido a la Sala de Personajes, de modo que el excéntrico millonario no tenga que hacer cola para el embarque, como sí la hace el resto de los mortales. Es cosa frecuente que el poeta comparta la primera fila de Clase Ejecutiva de la aeronave con un presidente de compañía, un miembro de junta directiva, un ministro o uno de los tantos alcaldes de Barranquilla.
En cierta ocasión, habiendo volado juntos de Barranquilla a Bogotá, uno de esos alcaldes llevó al poeta en su B.M.W. al “Bar Chispas” del Hotel Tequendama y luego se ofreció a acompañarlo hasta el hotel en donde después se alojaría el extravagante magnate. Y no pudo sobreponerse a la sorpresa cuando el poeta ordenó al conductor: “A la pensión Gutiérrez, por favor”. ¡Excentricidades de los dueños del poder, hastiados de ser sibaritas!-- pensó el mandatario.
Este año, Alvaro Pupo Pupo, presidente de Cervecería Aguila, empresa también de los Santodomingo, por fin se agarró al poeta en la jugada. Resulta que por estos días de diciembre, la Cervecería, embotella una cerveza especial, llamada Aguila Imperial, y que es regalada en cajas de dos docenas a personalidades y a amigos de la empresa. Es una cerveza de la mejor calidad, con el justo porcentaje de alcohol y un excelso proceso de maduración, fabricada para finos paladares y gustos delicados. Aprovechando la ausencia del presidente de la compañía por los días de Navidad, Federico Santodomingo acostumbraba todos los años tomar el teléfono y llamar la atención de las secretarias: “ Señorita --decía con voz cascada--, dígale al presidente de la compañía que este año se ha olvidado de mí; no me ha llegado la Imperial. Habla Federico Santodomingo”. Y, sin consultar con el presidente, o con cualquier otro directivo, la secretaria enviaba tres cajas a Don Federico, antes de que alguien la regañara.
Pero este año, Abel Avila cometió el error de enviar a Alvaro Pupo Pupo, el presidente de Cervecería Aguila, el libro que su Editorial Antillas había publicado al poeta Federico Santodomingo. De modo que al escuchar el nombre, Pupo exclamó:
--Jépa: ¿Y este no es aquel poeta peludo ? ¡No envíe nada, señorita.
Y hasta ahí llegaron las glorias del exéntrico y ‘multimillonario’ poeta Don Federico Santodomingo, quien, viéndolo bien, sí forma parte de un grupo económico, sí: un grupo de poetas supremamente económicos, pues es muy poco el dinero que tienen para gastar. Amén.

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CARMENCITA Y EL ANTICIPO

Mensaje  Cordoba el Lun 16 Mayo - 20:59

POR EL TIO PELLO

Un video que narra este cuento costumbrista de nuestra región con un lenguaje sencillo, pero propio de nuestra cultura costeña, espero les sea comprensible....
http://youtu.be/TA3S5dy5xfE

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EL ÚLTIMO PASAJERO

Mensaje  Cordoba el Vie 27 Mayo - 21:31

EL ÚLTIMO PASAJERO
David Sànchez Juliao

Llegó en un automóvil de servicio público a la hora del calor. Había sido un largo viaje, entre aires de salitre y brisas tristes. Durante el camino lamentó no poder asirse a recuerdos que le dieran sentido de pertenencia a aquella tierra; la de sus padres. Nada la ataba a las interminables hileras en las plantaciones de banano, a las indómitas luces del trópico ni a la infeliz sofocación infernal. Había crecido en el invariable frío de las montañas lejanas, al amparo de la desdicha de Los Andes y al compás de la música de tiple. Sintió que era allí, junto al mar y entre esas luces, en donde debía de haber transcurrido su infancia. Y no pensó más, porque Ciénaga --hermoso nombre para una población-- empezó nacer a partir de callejas de humildes construcciones que pronto llevaron al esplendor de un centro republicano, de nostálgicas reminiscencias helénicas.

La tía esperaba en la puerta. Antes, sólo la había visto en fotografías. Al saludarla de beso, la tía le dijo, Eres idéntica a tu madre cuando tenía tu edad. No necesitaba que se lo dijeran; ella lo sabía, también la había visto en fotografías. A partir de allí, la tía habló poco y su silencio fue de piedra; como su aspecto. Tenía el aire de censura de las matronas del Caribe, que no perdonan un mínimo asomo de dicha en los ojos ajenos, pues consideran que la mujer nació para sufrir. Pero ella, la sobrina, se sospechaba nacida con vocación de felicidad... aunque poco se le notara.

Era una casa oscura, con muebles en caoba de enroscadas formas austríacas y altas consolas de espejos opacos. Dos carboncillos enmarcados en hojilla dorada flanqueaban el aparador de la cristalería. Contenían las imágenes de un hombre con bigotes de manubrio y una mujer de inmaculada golilla: Son tus abuelos, dijo la tía, y agregó: Tu madre y tú son una mezcla del uno y de la otra. Pero tú eres más hermosa que todos, porque tu padre fue un hombre apuesto. La sobrina decidió guardar silencio, pese a que siempre, siempre quiso tener alguna noticia de su padre. Algo, poco aunque fuera; pero aquel –juzgó— no era el momento de preguntar. La humedad del aire y el calor de los espacios la asfixiaban; casi.

La tía la condujo por un sombreado corredor de begonias hasta una habitación que, más allá de la cocina, miraba al patio. No tiene baño privado, dijo la tía al abrir la puerta. El baño está allá, junto al tendedero de ropas; y señaló hacia una cerca de estacas que lindaba con la calle. Las estacas eran bajas y se hallaban separadas, de modo que la sobrina pudo ver al viejo afilador de cuchillos que anunciaba su paso con una fanfarria de dulzaina. Junto a las sábanas tendidas al sol, estaba la puerta del baño. No temas, volvió a hablar la tía, este es un pueblo seguro, en donde las cercas de los patios son así. Es lo único que nos permite conversar con la gente que pasa. Y agregó en el mismo tono de susurro: Instálate con toda calma, almorzaremos en media hora. Enseguida preguntó con cierto dejo de ironía, ¿Allá en la Capital todavía llaman almuerzo a la comida del mediodía? Lo digo porque, tal vez, en los tiempos actuales, le llaman lunch. Y cerró la puerta.

Encendió el ventilador de techo y se echó a descansar sobre la cama hasta cuando, pasado el mediodía, la tía la llamó para el almuerzo. El ventilador del comedor estaba descompuesto, de modo que ambas sudaron mientras consumían la cazuela de mariscos hervidos en leche de coco, el arroz blanco, la ensalada y el plátano frito en tajadas. Se come bien aquí, fue todo cuanto mencionó la sobrina hasta el café de sobremesa. A tu madre le gustaba mucho este tipo de comida, acotó la tía. El haber conocido a tu padre fue lo que hizo que aprendiera a prepararla; antes, jamás había entrado a la cocina. Siempre sospechó que a tu padre le encantaría su sazón. Jamás alcanzó a cocinarle, jamás. La tía se enjugó una lágrima con la blanca servilleta de anagrama: El accidente, como tú sabes, sucedió cuando él venía en camino, ¿está bien de azúcar el café?

Después del almuerzo regresó a la habitación. Entre el sopor de la canícula, desempacó la maleta, colocó las pocas pertenencias en el armario, se desvistió y volvió a tirarse sobre el tendido de la cama vistiendo apenas la ropa interior. Había puesto el ventilador en la máxima velocidad. No supo en qué momento se quedó dormida. Cuando despertó tuvo la impresión de que se hallaba en el orfanato y de que cuanto había soñado nada tenía que ver con aquella nueva tierra sino con un universo de montañas y picos nevados, en el que tiritaba de frío. Pero se despertó sudando. La energía eléctrica había sido cortada y el ventilador permanecía con las aspas quietas. Se vistió, atravesó el patio en busca del baño y tomó una ducha abundante enrollándose una toalla –como un turbante—en la cabeza para no mojarse el cabello. Al abandonar el cuarto de baño vio que un niño la miraba desde la calle a través de las estacas del patio. En un arranque de pudor, corrió a la habitación con las manos sobre la cara, aun con el turbante de toalla en la cabeza. Se sintió mejor, más fresca y más limpia que nunca.

Con tres golpes en la puerta la tía la llamó para que sacaran dos sillas mecedoras y se sentaran en la pequeña terraza frente a la puerta de la calle. Es la costumbre. Todo el mundo lo hace aquí a la hora del fresco, dijo la tía. Es la única oportunidad que tenemos de lucir la ropa de estreno. La mitad de la gente decente del pueblo pasa a esta hora saludando, y agregó: Por las estacas del patio se saluda a otro tipo de gente: la del pueblo raso, ¿entiendes? Sí, dijo la sobrina, entiendo. Tu madre, agregó la tía, era una joven rebelde cuando tenía tu edad. Le gustaba saludar por entre las estacas del patio a quien no debía. Y continuó: Por ser tan rebelde fue que le pasó lo que le pasó. Una pareja de elegante terno de lino blanco irlandés y sombrero panamá, él, y de falda y blusa de hilo, ella, pasaron entre un adiós que la tía respondió con sonrisas. La sobrina se había quedado con la pregunta entre labios: ¿Qué le pasó? Que se entregó a tu padre la noche antes de que tu padre partiera por tres meses para aquel viaje de negocios al que lo enviaba la Compañía Bananera. ¿Y? Y que cuando tu padre regresaba, sin saber que ya tú existías en el vientre de tu madre, ocurrió el accidente. El tren se descarriló. ¿Así por así? Así por así, no. Todo tuvo que ver con la huelga. Dicen que los obreros habían desenganchado los rieles creyendo que el tren sólo traía bananos para los barcos del puerto. Dicen que no sabían que venían pasajeros. La sobrina defendió la memoria del padre: Pero ...él venía dispuesto a casarse, ¿no? Eso sostuvo tu madre hasta cuando murió seis meses después de darte a luz, pero nadie, ni yo, para serte franca, le creyó. La misma pareja regresaba, acompañada ahora de una pareja más, vestida de forma similar. Hubo nuevos adioses desde la calle y las mecedoras. ¿Y esa es la razón por la cual mi madre fue a darme a luz a Bogotá, y por la cual, después de mi nacimiento y de su muerte, decidiste, tía, traerte su cadáver y dejarme a cargo de las hermanas del orfanato? La tía fue contundente y despiadada: Sí. Y agregó: Pero hoy estás aquí porque nada queda oculto bajo el cielo. A los pocos años se supo la verdad. Bastó con que alguien de este pueblo te viera un día en el orfanato de Bogotá para que se supiera la verdad, y ¿sabes porqué? ¿Por qué? Porque eres idéntica a tu madre, aunque mejorada, como te digo, por la apostura de tu padre... y que en paz descansen.

Cenaron frutas y panes de centeno antes de las siete bajo las aspas inmóviles del ventilador del comedor. El calor había cedido con la entrada de la noche. ¿A qué horas te acuestas?, preguntó la tía. Suelo acostarme temprano pero demoro algunas horas en dormirme. Leo hasta tarde, es la costumbre del orfanato, sabe. Bueno, entonces tendrás tiempo de acompañarme a escuchar las noticias en la radio de la sala y a rezar el rosario. Sí. Eso hicieron. Durante los susurros del rosario, ella volvió a soñar, esta vez despierta, con los picos nevados y las elevadas cordilleras. Se divirtió con el vuelo de los cóndores y el zumbido de viento helado. Durante las noticias, que nada nuevo dijeron sobre la convulsionada situación del país, no pudo elevarse, aunque lo intentó. Los sangrientos sucesos reportados, sospechó, la ataban a la realidad de aquella tierra de obreros, de huelgas, de matanzas bananeras y de trenes descarrilados. Buenas noches, dijo la tía al concluir el último misterio del rosario. Buenas noches, respondió ella como una apostilla a las avemarías y empezó a caminar por el corredor de begonias con rumbo a su habitación mientras la tía recorría la casa apagando las luces.

En efecto, se fue a la cama temprano; a las ocho y media, supo por los toques del campanario cercano. Pero había sido un viaje largo y sofocante desde el aeropuerto de Barranquilla: cuatro horas por carreteras descubiertas y polvorientas, puentes, y huecos en los que el automóvil brincaba y que se sentían en las costillas. No pudo leer. La venció el cansancio. Cuando despertó miró el reloj en la mesa de noche y se halló vestida sobre el tendido intacto, bajo la calurosa luz del bombillo del techo y con el libro aun sin abrir sobre el regazo. Eran las cuatro. Oyó a lo lejos, intenso, largo, hiriente, el pito del tren que partía en dos el fresco silencio de la madrugada. Escuchó voces lejanas y pisadas que hacían crujir el cascajo y los guijarros de la calle sin pavimentar. Las voces venían de lejos, se acercaban sobre los pasos ruidosos, se hacían presentes por pocos segundos, y de nuevo se alejaban. Algunos reían, otros pasaban en silencio o envueltos en una conversación de susurros parecidos a los del rosario. Presumió que eran los pasajeros del tren que acababa de llegar; del tren que volvía a pitar anunciando esta vez, dedujo, la partida hacia la próxima estación. Debía ser agradable, pensó, tomar el tren a esas horas de la mañana, entre el fresco redentor y los dulces olores del amanecer.

Sintió necesidad de ir al baño. Debía descargar aquel ardor de vejiga y cepillarse los dientes antes de venir a meterse en la cama. Este osito de peluche debe guardarse en el estuche, vino a su mente la frase de la Hermana Natalia cuando aun ella era una niña en el orfanato. La Hermana Natalia, la misma que la había enseñado a leer y a soñar. La misma que una vez, ya siendo ella mayor, la denunció ante la Madre Superiora diciendo que se le empezaba a ir la mano en el manejo de la fantasía, pues a veces soñaba lo que no debía soñar. Pero ella, ¿qué otra cosa podía hacer, si era aquella la única manera como lograba hacer añicos cualquier dificultad? Además, soñar no cuenta nada, Hermana Natalia, le decía.

Encontró el patio tan fresco que las begonias del corredor parecían sonreír. Se le antojó un frescor de otra tierra, la de ella, de primaveras eternas y olores de cerezos. El paso de las voces había cesado. Mientras caminaba hacia el baño oyó arrancar el tren pesado, lento, abúlico, como un gigante que despertaba. Desde el baño, en sus abluciones de lavabo, oyó venir, sin embargo, unos pasos rezagados, pero seguidos por un ruido de ruedas de metal. El último pasajero, pensó.

Al cerrar tras de sí la puerta del baño y salir al patio, lo vio parado más allá de las estacas de la cerca, en medio de la calle. El ruido de ruedas de metal correspondía a la carretilla del maletero de la estación que traía el equipaje. Cuando el pasajero se quedó plantado en la calle, como un hermoso árbol nevado de plácida fronda, el maletero siguió su rumbo empujando la carretilla de ejes sin aceitar. El hombre vestía a la usanza de aquellas tierras tropicales, como los señorones que pasaban saludando a la hora de las sillas mecedoras de la terraza.

Hola, dijo, al ver que el pasajero rezagado había decidido quedarse allí, mirándola cuando ella no terminaba aun de cerrar las maderas de la puerta del baño. Hola, dijo el hombre con una voz cascada y dulce; hermosa, en aquella combinación, como su rostro de tez de cirio y sus cabellos negros, tan poblados como sus cejas y sus bigotes de ónix. Era un hombre de estampa atlética. Ella lo advirtió en la erupción que tal presencia provocó en los cráteres de su pecho y en el incendio de las negras selvas de su vientre; y hermoso, se lo decían sus ojos, pese a la luz mortecina de la noche que se iba. ¿Me esperabas?, preguntó él. Ella sintió que aquella voz la iba a matar. De alguna manera, supuso ella que debía decir en esos casos, según le habría aconsejado la Hermana Natalia. Entonces lo dijo: Sí, de alguna manera. Todas las cajas y las valijas que lleva el maletero en la carreta vienen llenas de regalos para ti. ¿Para mí? Sí, y entre ellos viene el vestido de novia para la boda.

Aquella frase la espantó. Corrió a través del patio y se encerró con doble llave en la habitación. Guardó silencio, inmóvil bajo el ventilador apagado, hasta cuando sintió que los pasos del hombre se perdieron en dirección de la plaza. De pronto, se reanudó a lo lejos el ruido de los ejes sin engrasar de la carreta del equipaje. Entonces pudo respirar con tranquilidad. Se deshizo de la ropa y vistió el pijama de encajes. Apagó la luz, puso a andar el ventilador de aspas, hizo sobre frente y pecho la señal de la cruz y se metió en la cama bajo las sábanas frescas.

No supo por qué durmió sin sobresaltos hasta las siete de la mañana, cuando los nudillos de la tía sonaron en la puerta; y después la voz, Desayunamos en media hora. Era una mañana fresca. Le resultaba imposible creer que aquel aire fuera a ser ardiente en pocas horas, una o dos tal vez. Tomó una ducha lenta y prolongada sin que el suceso de la madrugada hubiera podido salir de su cabeza. No entendía cómo no se sentía cansada. Se tranquilizó pensando en que lo que había sucedido no había tomado más que pocos minutos. Los calculó, paso a paso: abandonó la habitación, entró al baño, salió, vio al hombre, cruzó con él dos frases, hasta que la impertinencia de las últimas palabras la hizo salir corriendo. Recordaba que en unos instantes apenas se había quedado dormida. ¡Pero había sido todo tan intenso!

Mi habitación da contra el baño de afuera, y anoche te escuché hablando sola en el patio, dijo la tía mientras comía la papaya del desayuno. Sí, dijo ella, fingiendo un tono desprevenido, fui al baño en la madrugada y cuando salí, uno de los pasajeros del tren que llegó me saludó y yo le di los buenos días. ¿El tren? ¿Cuál tren?, gruñó la tía con acento de desconcierto y desprecio ante lo que consideraba una necedad: ¿Cuál tren, niña, cuál tren?, repitió. La sobrina quedó en el aire, pero la tía continuó: A este pueblo de Ciénaga no llega un tren desde hace los años que tienes tú de nacida; casi, corrigió. Desde seis meses antes, exactamente, precisó. La sobrina sintió escalofríos.
La tía siguió adelante: El último tren que intentó llegar y no llegó, no había sido clara en eso contigo tal vez, fue aquel en el que tu padre venía y que se descarriló por aquello del malentendido de los obreros de la huelga. Jamás alcanzó a llegar, ¿entiendes? Hoy, para que te convenzas, te llevaré a la estación y te percatarás del estado en que aquella hermosa construcción republicana quedó, y te percatarás también de lo que la indolente gente de esta región ha hecho con las vías. Mira, seguía hablando mientras la sobrina temblaba, sudando frío y calor al tiempo, han levantado los rieles, uno por uno, y los han... De repente, cayó en cuenta de que algo extraño sucedía a la sobrina: Pero, ¿qué te pasa, muchacha? Te has puesto del color de las servilletas. La sobrina, sin embargo, logró hablar, Nada, nada, tía, es que estoy sudando hielo porque me ha invadido una insoportable sensación de alivio.



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LA ESQUINA DE MI CASA

Mensaje  Cordoba el Lun 26 Sep - 22:03

Por Héctor Rafael Martínez Manotas

El punto de encuentro de los niños y jóvenes de varias manzanas a la redonda, era la esquina de mi casa. Los amplios frentes de las casas estaban ajardinados, con su grama bien verde y cantidades de matas de flores de cayena de variados y hermosos colores. Pero, debajo del palo de acacia de esa esquina, nunca pudo crecer nada. No había día del año en que no jugáramos allí; algunas veces a la bolita de uñita o a la olla, en la que al arrancar usábamos una bolita pequeña para ganar la raya, y luego, para ganar la mayor cantidad de bolas, utilizábamos un bolonchón que, de un solo mameyazo, arrastraba y sacaba de la olla una gran cantidad de bolitas. También jugábamos con el trompo, no sólo a hacer piruetas, sino además a la “mapola”, para la que utilizábamos; uno bien bacano para ganar el arranque, otro ñacaroso, por si perdías y un tercero que tenía un clavo afilado en la punta, para partir en dos tapas el trompo del marrano de turno.

La esquina siempre estaba llena de pelaos. No había vendedor ambulante de paletas, raspao, mango verde con sal, trompos, mamón dulce y demás, que no se acercara a diario hasta allí, porque tenían la clientela segura. Finalmente hasta se convertían en amigos. Entre ellos había un hombre, bastante entrado en años, que vendía trompos y mangos; cada vez que pasaba, les regalaba un mango a los más pequeños, Camilo y Mónica. Los trataba de una manera tan especial, que, cuando llegaba el viejito Alfredo, sus propios padres llamaban al par de niños para que recibieran su mango de regalo.

Para disfrutar de la esquina no se requería una condición especial, no importaba que tuvieras 8 o 10 años, o 15 o 17, e inclusive que estuvieras por encima de los 20, como Paco Gallardo, porque todos jugábamos por igual. Paco, que ya estudiaba en la universidad, jugaba a la bolita de uñita y al trompo, de tu a tu con nosotros, y se mandaba tronco de puntería. Y cuando jugábamos béisbol, todos queríamos que jugara en nuestro equipo, porque representaba, cada vez que le tocaba su turno, un jonrón seguro. Sus amigos eran nuestros amigos, y en una ocasión tuvimos la oportunidad de jugar con uno de ellos, el mismísimo “Mono Escobar”, cuarto bate de la selección colombiana de béisbol.

En cada grupo, siempre hay alguien que se destaca, ese era Johnny Millón. Caminaba con el pecho adelante y los brazos abiertos. Tenía embobadas a todas las peladas de la cuadra, y se la pasaba haciendo piruetas en los árboles. Era el rey del barrio y los más pequeños imitábamos lo que él hacía. Brincando de una rama a la otra, no como Tarzán sino como Johnny, me caí del palo de acacia y me partí el brazo en tres pedazos. El brazo se me arrugó y encogió y se veía como si tuviera la mitad de su tamaño. Como siempre, me llevaron cargado donde el doctor Palacios, quien me mandó, de urgencia, a la clínica del doctor Modesto Martínez. Después de dos exitosas operaciones, me dejó el brazo perfecto y me creció normal. Para asustarme, mi vieja me decía: “sigue partiéndote los huesos y vas a terminar como ese señor”, mostrándome un poliomielítico que pasaba todos los días por la puerta de mi casa, con su paso renqueante, para ir a trabajar al Saint Mary School. Y lo decía con justa causa, porque ya el año anterior, me había caído de una paredilla y fueron varias las costillas que me rompí.

Rafael Vieira, fue otro de los que no pasó desapercibido en esa esquina. Lo primero que hizo fue estampar con brocha gorda, en medio de la calle, sus iniciales R.E.V.O. Era un pelao travieso, más malo que el azul de pelotica. Un 1º de enero, como a las 5:00 de la mañana, armó tremendo alboroto y al son de un acordeón, junto con un grupo de pelaos, se plantó debajo del palo de acacia, para darle el año nuevo a todo el barrio, cantando una y otra vez, “el compae chemo”. El patio de su casa parecía un pequeño zoológico. Lo tenía lleno de animales que él mismo se encargaba de atrapar en los montes vecinos. Su hobby era coleccionar serpientes venenosas, que en más de una ocasión llegaron a picarle, aunque jamás llegó a coger escarmiento. Con él aprendimos algo de física. Una de sus travesuras preferidas era estirar un gancho de alambre, de los que sirven de percha para colgar ropa, y lo guindaba entre los cables de electricidad. Al hacer contacto un cable contra el otro, se producía un corto circuito de tal magnitud, que en más de una oportunidad dejó el barrió sin luz.

Por aquel entonces, si alguien moría, era velado en su propia casa. Así pasó cuando murió nuestro vecino, Manuel Carvajalino. Don Manuel era un empresario muy respetado y conocido, y temprano empezaron a llegar todas sus amistades para presentar las condolencias. Desde el principio, el comentario general era el olor a muerto que se sentía en el ambiente. Conforme avanzaba el día, el hedor se fue haciendo insoportable, de manera que decidieron adelantar la hora del entierro y sepultarlo inmediatamente. Lo raro fue que, después de llevarse el cadáver y haber puesto toda clase de ambientadores, seguía el olor a putrefacción. No quedó más remedio que revisar palmo a palmo la vivienda. Un mosquerío insoportable y un montón de gallinazos orientaron a los que buscaban la proveniencia del pestilente olor. En el techo encontraron muerta y en descomposición, una culebra boa de varios metros de largo. Las sospechas recayeron sobre el “mono Vieira”. La viuda, ni se tomó el trabajo de ir a poner las quejas. Sabía, como todos, que aquel pelao debía estar ya atravesando el océano Atlántico, porque se había ido a estudiar Geología Marina y Taxidermia, en España.

Aquella esquina servía para todo. Le mamábamos gallo a cualquiera que pasara, en carro o a pie. Al chofer del bus, le gritábamos “roba vuelto”; al del carro de mulas, “traga peos”; al que ponía inyecciones, “puya nalga”; a la negra vende bollos, para deleitarnos oyendo sus vulgaridades, le pedíamos un “almanaque”; y, a las que perdían el año en el Saint Mary School, las batíamos gritándoles en coro: ¡Malamberas!, porque las recogían en un bus de Malambo para llevarlas al colegio donde les tocaba aterrizar, “El Divino Niño”.

La mayor parte del tiempo de nuestras vacaciones andábamos descalzos. Un día cualquiera los pies se me llenaron de hongos. Casi no podía caminar por la cantidad de vejigas que me salieron. El doctor Palacios me mandó una medicina que me tiñó la planta de los pies de azul. Me obligaron a ponerme un par de chancletas y me iba en puntillas hasta el bordillo de la esquina, para disfrutar viendo a mis amigos jugar y hacer diabluras. Una tarde pasó un hombre mal vestido y con barba larga y le grité: - es loco, se baña en batea…- no terminé el estribillo, cuando el tipo se devolvió a toda carrera. Al ver que se me venía encima, dejé tiradas las chanclas, y arranqué a correr, y no paré hasta que por lo menos había corrido cuatro o cinco cuadras. Por si las moscas, no regresé sino media hora después. Cuando llegué me estaba esperando mi mamá, no preocupada por el loco, sino por mis pies. En ese momento caí en cuenta que, hacía menos de una hora apenas podía caminar.

Conforme los pelaos iban creciendo, les tocaba ir pensando qué era lo que iban a estudiar. Por entonces, al terminar cuarto de bachillerato, daba caché ir a estudiar, los dos últimos años, a La Escuela Naval de Cadetes de Cartagena. Algunos de mis vecinos se fueron. Y cuando les daban permiso o en las vacaciones llegaban directo a la esquina, con la cabeza rambá, y vestidos impecablemente, con su uniforme blanco, para pantallear.

A menudo se presentaban con algún nuevo amigo. Me acuerdo en especial de uno, porque resultó ser hijo de un amigo de mi padre. La tarde que pasó con nosotros, se divirtió más que mico estrenando jaula, pero hizo el mayor esfuerzo posible en no manchar su uniforme. Todavía recuerdo su gran sonrisa, que iba muy bien con aquel traje blanco. Al día siguiente nos llegó la noticia de que había muerto. El muchacho, se había traído una granada, y junto con varios de sus pequeños hermanos, intentó desbaratarla con un martillo y un cincel, y casi toda la familia murió en la explosión. La noticia llegó a mi esquina, casi al instante, y todos fuimos corriendo a curiosear. La distancia que había entre nuestra calle 87 y la 76, la hicimos en un santiamén. Cuando llegamos, sacaban el primer cadáver, iba envuelto en una sábana blanca, era el de un pequeñín que no debía tener más de dos años. Al verlo, quedé tan impresionado, que me devolví inmediatamente para casa. En el camino de regreso, recordé el día en que “Vivi”, nuestra muchacha del servicio, me pilló con el revólver de mi papá entre las manos, me lo quitó con mucha maña y después me dio una paliza y me mandó a acostar. Cuando llegaron mis padres, me despertaron para darme otra zurimba. Ese día comprendí lo que significaba el peligro y que, gracias a Vivi, no me maté o no hice ningún daño a los que estaban conmigo.

Así como las chicas estudiaban en el Saint Mary, los pelaos íbamos al Biffi o al Sagrado Corazón, hasta que construyeron en frente, el Liceo de Cervantes. Al principio nos parecía bacano. El nuevo colegio tenía canchas de fútbol, béisbol, voleibol, básquetbol y, entre pared y pared, unos tubos amarillos por los que nos resultaba fácil colarnos y utilizar todas y cada una de las canchas. Los curas se portaban chévere y uno que otro hasta jugaba con nosotros.

La cosa cambió cuando entramos a estudiar al Liceo, porque entonces nos cobraban en el colegio lo que hacíamos en la esquina de mi casa. Según ellos, también había que respetar los alrededores. Puse el grito en el cielo y pedí que me cambiaran de escuela, pero mis viejos, en lugar de darme la razón, intentaron convencerme de que los curas estaban en su derecho. En modo alguno me resigné, así que les declaré la guerra y junto con algunos vecinos les hicimos unas cuantas maldades, que no pararon hasta que conseguí que me expulsaran definitivamente del colegio. Lo más cruel del asunto, fue que mi mamá llegó a pedir cacao, para que me dejaran regresar al Liceo. Por primera vez, el cura hizo una cosa buena: se mantuvo inflexible y no me permitió regresar -para mi fortuna-. Era consciente de que ya yo no aceptaba ni cumplía ninguno de sus ilógicos castigos. Aunque parezca sorprendente, no me castigaron aquellas vacaciones, pero me dijeron que o me corregía o la próxima vez me matriculaban en el Seminario.

Los mayores crecieron y se fueron a la universidad o consiguieron otras amistades o novias en otros barrios. La esquina fue perdiendo atracción y uno a uno, todos la abandonamos. Por fin creció la grama debajo del palo de acacia. Y la esquina se volvió apacible. Apacible como era la ciudad de Barranquilla, hasta el día en que un depravado, bajo engaños, se llevó a una niña desde la puerta del colegio y, después de violarla, la mató, dejándola semienterrada en uno de los montes cercanos a nuestra vivienda.

Hoy, veo a mis hijos y recuerdo aquella esquina con nostalgia. Desearía que su niñez fuera como la mía, que pudieran disfrutarla de una manera sana, sin desconfiar nadie; que entablaran amistad con cualquiera, con la certeza de que no les va a pasar nada. Me refiero a todos esos personajes malévolos, que han hecho que hoy hagamos de nuestros pequeños hijos unos ermitaños, que de milagro van al colegio, y que revisemos, con extremo cuidado, con quiénes hacen amistad y a que familia pertenecen.

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HAY DIOS

Mensaje  Cogito ergo sum el Miér 28 Sep - 13:35

Cordoba escribió:POR EL TIO PELLO

Un video que narra este cuento costumbrista de nuestra región con un lenguaje sencillo, pero propio de nuestra cultura costeña, espero les sea comprensible....
http://youtu.be/TA3S5dy5xfE

AL HOMBRE ENAMORADO LE FALTA UN GRANO PA SER CACORRO

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ISABEL VIENDO LLOVER EN MACONDO

Mensaje  Cordoba el Vie 4 Nov - 23:39

Isabel viendo llover en Macondo
de Gabriel García Márquez

El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar un broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: "Es viento de agua". Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegre de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora de almuerzo: "Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas". Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra me dijo: "Eso lo oíste en el sermón". Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.

Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. "Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra", dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. "Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en e corredor mientras escampa". Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: "Debe ser que anoche dormí mal, porque me he amanecido doliendo el espinazo". Y estuvo allí, sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Solo al atardecer, después que se negó a almorzar dijo: "Es como si no fuera a escampar nunca". Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.

Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: "Es aburridora esta lluvia". Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. "Aburridora no —dije. Lo que me parece es demasiado triste es el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio". Entonces me volvía mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: "Por lo visto no piensa escampar nunca", y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.

El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos, Pero la vaca permaneció imperturbable en el jardín, dura, inviolables, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: "Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino".

Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortajada en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos, No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto con la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciega y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de toronjil.

Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde- De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. "Hasta ahí llegó", dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil.

Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los mueble amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.

Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaba, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: "El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles". Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.

Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. "Ahora tenemos que rezar", dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: "Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio". Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. "¿No lo sientes?", le dije. Y él dijo "¿Qué?" Y yo dije: "El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles". Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: "Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones".

Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser lo fue una cosa física y gelatinosa que había podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: "No se mueva de aquí hasta cuando no le diga lo qué se hace", y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad.

Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche- Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tormenta. "Debe haber escampado en alguna parte", pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: "Dónde...", dijo. "¿quién esta ahí?", dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido extendido hacia la pared. "Soy yo", dijo Y yo le dije: "¿Los oyes?" Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: "Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo". Yo dije: "¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!" Y ella dijo: "No has dormido mucho. A lo sumo serían las tres". Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: "Las dos y media del viernes...", dije. Y ella, monstruosamente tranquila: "Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves".

No sé cuanto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: "Ahora puedes rodar la cama para ese lado". Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. "estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta". Di un salto de la cama. Grite: "¡Ada, Ada!" La voz desabrida de martín me respondió desde el otro lado: "No pueden oírte porque ya están fuera". Solo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad.

"Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado".

Fin




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☼☼Sólo vine a hablar por teléfono☼☼

Mensaje  Cordoba el Vie 4 Nov - 23:46

Gabriel García Márquez

Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un automóvil alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como actriz de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba lejos.

-No importa- dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.

Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina de asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia y el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.

-Están dormidas- murmuró.

María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada de su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud alerta[1].

-¿Dónde estamos?- le pregunto María.

-Hemos llegado- contestó la mujer.

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas apenas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia en la penumbra del patio que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron en la puerta del autobús, y les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio y la devolviera en la portería.

-¿Habrá un teléfono?- le preguntó María.

-Por supuesto- dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.

Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado.”En el camino se secan” le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó:”Buena suerte”. El autobús arrancó sin darle tiempo de más.

María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso:”¡Alto, he dicho!”. María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos muy dulces:

-Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final, entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.

-Es que sólo vine a hablar por teléfono- le dijo María.

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.

-¿Cómo te llamas?- le preguntó.

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros[2].

-Es que sólo vine a hablar por teléfono- dijo María.

-De acuerdo, maja –le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.

Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad, estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio el sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.

-Por el amos de Dios- dijo-. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar por teléfono.

Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal[3]. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.

Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes del amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces, el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.

Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.

-Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras- le dijo el médico, con una voz adormecedora- No hay mejor remedio que las lágrimas.[4]

María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por la primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

El médico se incorporó con toda la majestad de su rango.”Todavía no, reina”, le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. “Todo se hará a su tiempo”. Le hizo después una bendición episcopal, y desapareció para siempre.

-Confía en mí- le dijo.

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada [5].

Tal como María lo había previsto[6], el marido salió de su modesto departamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido.

De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podría ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Restaba tan contraído que se olvidó de darle comida al gato.

Sólo ahora que lo escribo [7] caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago [8]. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irredimible, pero el tacto u la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esa comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así es que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.

Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años de amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometió mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. “Hay amores cortos y amores largos”, le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: “Este fue corto”. Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes.

María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperándolo en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.

No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin concesiones. “¿Y ahora hasta cuándo”?, le preguntó él. Ella le contest´con un verso de Vinicius de Moraes:”El amor es eterno mientras dura”. Dos años después, seguía siendo eterno.

María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A fines del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán bario de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves todavía no había dado señales de vida [9].

El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a la casa para preguntar por María. “No sé nada” dijo Saturno. “Búsquenla en Zaragoza”. Colgó. Una semana después un policía de civil fue a la casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar en que María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miró para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Fliorida en Cadaqués, adonde Rosa Regás lo había invitado a navegar a vela. Estábamos en el Maritím, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hiero donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quien, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de pijama callejero de algodón crudo, y unas abarcas de labrador.

No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de la Barcloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró un nombre nuevo y un número de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quien eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de una familia de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.

Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. “El señorito se ha ido”, le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María.

-Aquí no vive ninguna María- le dijo la mujer –el señorito es soltero.

-Ya lo sé –le dijo él-. No vive, pero a veces va. ¿O no?

La mujer se encabritó.

-¿Pero quién coño habla ahí?

Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de La gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María

A los dos meses[10], María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.

La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por la guardiana que los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas en la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.

Lo más duro era la soledad en las noches. Muchas recusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también en el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con vos suficiente para que oyera su vecina de cama:

-¿Dónde estamos?

La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:

-En los profundos infiernos.

-Dicen que esta es tierra de moros-dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio-. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oyen los perros ladrándole a la mar.

Se oyó la cadena de las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué.

Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. “Tendrás todo”, le decía, trémula. “Serás la reina”. Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.

Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó ala cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yertos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la ,mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.

-Hija de puta- gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.

El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada, y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:

-Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos-

-Maricón- dijo María.

Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuera el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre familiar con su tono ávido y triste, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.

-¿Bueno?

Tuvo que esperar a que pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta.

-Conejo, vida mía –suspiró.

Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y la voz, enardecida por los celos escupió la palabra:

-¡Puta!

Y colgó en seco.

Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobro rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataron de someterla, son lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados, mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó en puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.

El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevare un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.

-Si alguna vez sabe, te mueres.

Así [11] que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de la esposa. Nadie sabía de dónde llegó, n cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada el mismo día no había concluido en nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.

-Me lo informó la compañía de seguros del coche- dijo.

El director se sintió complacido. “No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo”, dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:

-Lo único cierto es la gravedad de su estado.

Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicara. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos[12].

-Es raro –dijo Saturno- Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.

El médico hizo un ademán de sabio. “Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan”, dijo. “Con todo, es una suerte que haya caído aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura”. Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.

-Sígale la corriente- dijo.

-Tranquilo, doctor- dijo Saturno con un aire alegre- Es mi especialidad.

La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era el antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color de fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.

-¿Cómo te sientes?- le preguntó él.

-Feliz de que al fin hayas venido, conejo –dijo ella-. Esto ha sido la muerte.

No tuvieron tiempo de sentarse, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.

-Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro –dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma.

-Ahora todo eso pasó- dijo él acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara – Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más, si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.

Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los pronósticos del médico. “En síntesis”, concluyó, “aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo”. María entendió la verdad.

-¡Por Dios, conejo! –dijo atónita-. ¡No me digas que tú también crees que estoy loca!.

-¡Cómo se te ocurre! –dijo él, tratando de reír- Lo que pasa es que sería mucho mas conveniente para todos que sigas por un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.

-¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono!- dijo María.

El no supo como reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Esta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello del marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:

-¡Váyase!

Saturno huyó despavorido.

Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran Leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró con la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no sólo se negó a recibir al marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.

-Es una reacción típica- lo consoló el director-. Ya pasará.

Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible por que le recibiera un carta[13], pero fue inútil.

Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si le llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.

Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, encinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, y resolviéndole algunas urgencias imprevistas, hasta un día en que sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó también el gato, porque ya se le había acabado el dinero que saturno le dejó para darle de comer.

Abril 1978
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[1] Se opera un primer transcurso del tiempo de María, que se diluye en el sueño que marca un segundo tiempo y una imprecisión espacial. Este segundo tiempo está contenido en un espacio: el del edificio al que se ingresa en este segundo transcurso.
[2] El segundo transcurso tiene el poder de ignorar la verdad porque importan más los procesos internos de la institución, que esa verdad en sí misma Tiene que ver con el proceso de negación de la identidad que comienza a desarrollarse a partir de la llegada.
[3] Aparición de un narrador en estilo indirecto libre. Hasta “en varios manicomios de España” que introduce en el mundo narrado, una información desconocida para el personaje, lo cual subraya el proceso de “internación”.
[4] La desesperación resultante del proceso anulador de la identidad, se atribuye a María, como una “patología” de ella y esta ignorancia de la producción de algo, opera juntamente con un saber “objetivo” pero que es enteramente vulgar, como el adjudicar un valor médico a las lágrimas, al par que se constituye, con el otro, un objeto, se construye un “problema”.
[5] Un rótulo, la constitución de un nuevo sujeto y el excluir las causas de la agitación que configura a ese nuevo sujeto como tal. Es decir, esa constitución deliberadamente ignora, y ese es su atributo..
[6] Tercera secuencia en discurso indirecto libre.
[7] Muda del narrador: quién es en realidad.
[8] Nombre que en realidad no es un nombre, dado a una magia que no es en verdad mágica.
[9] Se cierra la evocación que aporta la historia de María, y comienza el tiempo de Saturno y sus explicaciones imaginarias a lo sucedido.
[10] Ruptura en el tiempo que gira al tiempo circular, el de los actos ejecutados con una frecuencia determinada, a la cual alude el narrador, sin pormenorizar en cada acto, específicamente. Este tiempo de lo periódico, excluye totalmente la verdad, porque los motivos de la permanencia de María, ya ni siquiera se mencionan.
[11] Comienzo del tiempo de Saturno
[12] Nuevamente, la enajenación institucional ubica los efectos como si fueran causas y permanece fuera de todo lo que produce, como si lo que produce, obedeciera a otro orden de causas. El invertir el orden causal es uno de los efectos con los que juega permanentemente el relato.
[13] El narrador se aleja de María y narra desde afuera. María y el mundo narrado son la referencia de esa voz en este momento en que dejan de ser visibles para el lector




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EL HOMBRE CAIMAN

Mensaje  Cordoba el Lun 7 Nov - 16:10

El Hombre Caimán

El Hombre Caimán es una leyenda de la Costa Caribe colombiana que sucede en la población ribereña de Plato, Magdalena, y relata la historia de un hombre cuya pasión por espiar a mujeres desnudas lo condenaron a quedar convertido en un ser con cuerpo de caimán y cabeza humana.
En Plato se celebra anualmente el Festival del Hombre Caimán. También existen una plaza y un monumento en su honor que son patrimonio cultural de la ciudad. La leyenda del Hombre Caimán quedó inmortalizada en la canción del barranquillero José María Peñaranda, "Se va el caimán".

La Leyenda
Cuentan que hace mucho tiempo existió un pescador muy mujeriego que tenía por afición espiar a las mujeres plateñas que se bañaban en las aguas del río Magdalena. Previendo que podría ser descubierto entre los arbustos, se desplazó a la Alta Guajira para que un brujo le preparara una pócima que lo convirtiera en caimán -animal habitual de la región-, para así no despertar sospechas entre las bañistas y poderlas admirar a placer. Al cabo de su observación, otra pócima, aplicada por un amigo suyo, debía retornarlo a su estado humano. El brujo le preparó las dos pócimas, una roja que lo convertía en animal, y otra blanca que lo volvía hombre de nuevo.

El pescador disfrutó de algún tiempo de su ingenio, pero en una ocasión, el amigo que le echaba la pócima blanca no pudo acompañarlo. En su lugar fue otro que, al ver el caimán, se asustó al creer que era uno verdadero y dejó caer la botella blanca con el preciado líquido. Antes de derramarse completamente, algunas gotas del líquido salpicaron únicamente la cabeza del pescador, por lo que el resto de su cuerpo quedó en forma de caimán. Desde entonces, se convirtió en el terror de las mujeres, que no volvieron a bañarse en el río.

La única persona que se atrevió a acercársele después fue su madre. Todas las noches lo visitaba en el río para consolarlo y llevarle su comida favorita: queso, yuca y pan mojado en ron. Tras la muerte de su madre, que murió de la tristeza por no haber podido encontrar al brujo que había elaborado las pócimas porque había muerto, el Hombre Caimán, solo y sin nadie que lo cuidara, decidió dejarse arrastrar hasta el mar por el río hasta Bocas de Ceniza, como se conoce la desembocadura del río Magdalena en el mar Caribe a la altura de Barranquilla. Desde entonces, los pescadores del Bajo Magdalena, desde Plato hasta Bocas de Ceniza, permanecen pendientes para pescarlo en el río o cazarlo en los pantanos de las riberas.

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La historia de amor de los Petro

Mensaje  Cordoba el Mar 15 Nov - 23:24

ESTA HISTORIA DE AMOR ES REAL.........

El alcalde electo de Bogotá, Gustavo Petro, y su esposa, Verónica Alcocer, son protagonistas de una historia de amor que sobrevivió a los prejuicios de clases sociales y a la diferencia de edad. Pero en el amor, al igual que en la política, no existen barreras.

El domingo 30 de octubre, antes del discurso de la victoria electoral que lo llevó a la Alcaldía de Bogotá, Gustavo Petro presentó formalmente a su numerosa familia, entre ellos a cinco de sus seis hijos, quienes se acomodaron junto a su tercera esposa, Verónica Alcocer. En la tarima del Salón Rojo del Hotel Tequendama se apartó de la solemnidad política para decirles a los asistentes que “soy un hombre prolífico”, que había expandido el apellido Petro más allá de las sabanas de Ciénaga de Oro, Córdoba, su pueblo natal. El día del triunfo, la parentela del alcalde electo, que había estado esparcida por Colombia y el extranjero, se volvió a reunir y se abrazó de manera compacta como si jamás se hubieran separado. Allí estaban Nicolás y Andrés, los hijos mayores del burgomaestre de la capital de la República; las pequeñas Sofía y Antonella, hijas del matrimonio de Petro y Verónica; y Nicolás, el niño de la primera dama que nació cuando ella estudiaba en la universidad y que Gustavo Petro aceptó con amor y dedicación como si fuera el padre biológico. Faltó Andrea, la adolescente que vive en Francia y que no pudo viajar a Colombia para estar en la jornada democrática.

En plena celebración, Verónica Alcocer, nacida en Sincelejo en 1976, siempre estuvo al lado de los hijos suyos y de los de su pareja como una muestra de que “acepto y amo todo lo de Petro”, tal como lo dijo poco antes de la fiesta del triunfo. “Es un hombre amoroso y respetuoso con todos: conmigo, con sus hijos y toda su familia”, aseguró.

El nuevo mandatario de los bogotanos, de 51 años, y su actual esposa, de 35, se conocieron en la Capital de Sucre hace una década cuando él hizo parte de un grupo de conferencistas de un evento que ella misma organizó. Al gobernante jamás se le había salido un piropo, pero esa vez pensó en voz alta, y dijo “qué mujer tan bella”, cuando la vio en el auditorio. Verónica, quien alcanzó a escucharlo, también sintió que estaba flechada.

A partir de la fecha en que quedaron enamorados, los novios se vieron cuatro veces bien contadas, mientras preparaban una estrategia para convencer a los padres de Verónica de que Petro era el hombre que ella estaba esperando. La pareja creía que no era fácil atravesar la verja de la familia Alcocer: conservadora –para más señas, laureanistas– y que no estaba dispuesta a aceptar que “la niña de la casa volviera a tener otro fracaso sentimental”. Cuando estaba en la universidad, Verónica quedó embarazada y tomó la decisión de ser madre soltera. Cuentan algunos allegados de Sincelejo que el padre de ella era tan estricto, que se le complicó la úlcera con este episodio, y hasta le buscaron un cura para que asumiera la noticia con resignación.
Finalmente, cuando la joven les presentó a Petro, lo hizo convencida de la locuacidad y carisma del político que por esos días no tenía tan alborotado el avispero en el Congreso con sus posiciones frente a la parapolítica. “Ahora en mi familia lo quieren más a él que a mí”, aseguró con desparpajo.

Los enamorados derribaron sin dificultad aquellas barreras familiares, a manera de castillo de naipes, y finalmente se casaron por lo civil el 17 de diciembre de hace una década. Coincidencialmente, todo cuadró con la fecha en que murió Simón Bolívar, símbolo de la insurgencia del M-19 que tenía a Petro en sus filas ideológicas.
Aunque el entonces Representante a la Cámara seguía siendo beligerante en sus posturas políticas, en el plano familiar había cambiado. O por lo menos así lo reconoció cuando nacieron sus hijas menores, Sofía y Antonella. “Ahora soy mejor padre”, le dijo a Jet-set, mientras explicaba que la razón obedece a que tiene más tiempo para ellas, a diferencia de hace 22 años, cuando en plena convulsión de su vida de insurgente estuvo obligado a vivir en la clandestinidad. Hace dos décadas, cuando nació Nicolás, su primer hijo, fruto de su relación con la monteriana Katia Burgos, Gustavo Petro vivía distante de los seres que más quería. “No pude verlo crecer. Por las circunstancias políticas del momento era mejor que no viviera conmigo. Mi primer hijo, Nicolás, es parte de la generación de la guerra”, complementó.

Cuando el niño tenía 4 años, Petro se volvió a casar con una de sus compañeras del M-19, la tolimense Mariluz Herrán. Ella usaba el alias de ‘Andrea’ y hacía parte del apoyo logístico urbano de este grupo subversivo antes de la desmovilización. De ahí que el nombre de los hijos que tuvieron sean Andrea y Andrés. El hoy Alcalde de Bogotá por fin atesoró el tiempo que necesitaba para estar junto a ellos y dedicarse a las labores domésticas de cualquier padre, como pasearlos los domingos, leerles cuentos y ayudarlos a hacer las tareas. Andrea nació en 1990, y Andrés en 1991, considerados dos años cruciales para Petro, quien seguía en las toldas del M-19, que por entonces buscaba un salto de la subversión a la participación democrática en los comicios del país. Hoy, con 51 años, el líder del Movimiento Progresista se ancló en el seno de su familia, y en Verónica, a quien llamó “Valquiria” en uno de los momentos más románticos de su luna de miel. Gustavo Petro hacia alusión a las diosas de la mitología nórdica que simbolizan a la mujer o al último amor que le llega a un hombre antes de morir. “Hace poco también me dijo que era la niña de sus ojos. Es un esposo muy romántico”. Y si ella es su “valquiria”, él es su

“Chiqui”, como le dice cuando están en casa. Aunque también lo llama así ante los amigos y los seguidores que los acompañan en los corre-corre políticos.

Pareciera que los dos conformaran una pareja dispareja, pero no es así: aunque él le lleve 16 años de edad, o tenga unos cuantos centímetros menos que ella. “Seré dos centímetros más alta que él, pero no se nota. Lo que pasa es que las fotos no me favorecen y me veo mucho más grande”, dijo. Verónica Alcocer encarna el mito de la ‘niña bien’ de la Costa, de familia católica y de valores tradicionales, pero que no la hace diametralmente diferente a su marido, quien nació en una humilde casa de bahareque y techo de palma en Ciénaga de Oro, Córdoba. Como es de conocimiento público, la Primera Dama de Bogotá entiende la política y de estrategias programáticas para cautivar a los electores. Por ejemplo, con la elección de Petro, y tal como lo prometió desde la campaña, empezará a trabajar a favor de la mujer maltratada y por el desarrollo de la cultura, entendiéndola como fomento de todas las artes en colegios y en las clases menos favorecidas.

Los dos están hechos el uno para el otro, aunque suene cursi. Pero no es pecado decirlo, y más cuando ella elogia la cursilería, o por lo menos la redime al admitir que el regalo más preciado de su relación con Petro es un peluche que él le trajo de Nueva York. “Gustavo Petro es lo mejor que me ha pasado en la vida”, enfatiza.



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☼☼LA LUZ ES COMO EL AGUA☼☼

Mensaje  Cordoba el Jue 17 Nov - 21:56

Gabriel García Márquez

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?

-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.

-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.

-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

-Es una prueba de madurez -dijo.

-Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

*FIN*


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la monja el cura y el camello

Mensaje  Cogito ergo sum el Dom 11 Dic - 23:58

Una monja y un padre van viajando en un camello. Después de algunos días, el camello cae en la arena muerto. Después de mirar la situación, el cura se da cuenta de que ninguno de los dos sobrevivirá y... El padre le pregunta a la monja:
"Nunca le he visto los senos a una monja... y ahora no creo que tenga importancia. ¿Me enseñas tus senos?", La monja le enseña sus senos....
"¿Puedo tocarlos?", La monja lo deja tocarlos.
Entonces, la monja le dice al padre: "Padre, nunca le he visto el "ese" a un hombre... ¿me puede enseñar el de usted?", Acto seguido, el padre se baja los pantalones y los calzones..."¿Puedo tocarlo?"... Ella lo empieza a acariciar por un minuto cuando el cura logra una erección, entonces le dice el cura a la monja: "¿Sabias que... si meto mi ese en el lugar indicado... puede dar vida?"
"¿Es eso verdad, padre?", se asombra la Monja
"Siiii!", contesta entusiasmado el Padre.
"Entonces... PORQUE NO SE LO METE AL CAMELLO Y NOS LARGAMOS DE AQUI?!!"

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EL CAPOTE AMARILLO

Mensaje  Cordoba el Mar 13 Dic - 21:03

Por: Sara Orozco Valiente
Cuento Ganador año 2009 II CONCURSO RCN

Era otra mañana feliz y lo primero que vi al levantarme fue la cara de mi hermana, todavía dormida, con una parte de la sábana en los ojos. Al pararme de mi cama fui a la sala y allí estaba mi mamá, recién levantada, haciéndonos el desayuno. El cielo se veía un poco oscurecido, pero no le di mucha importancia. Cuando veo a mi derecha ¡Oh!, me asustó ver algo como un fantasma, pero era mi papá trasnochado frente al computador, trabajando. De repente, BROMM, BROMM, sonó el primer trueno, todos nos quedamos tiesos. Tan fuerte fue que mi hermana se levantó asustada. Eran las 10 de la mañana cuando vimos que ahora el cielo estaba totalmente nublado, todos nos sorprendimos.
─ Qué tiempo -dijo mi papá.
─ Eso se lo lleva la brisa –dijo mamá, picando una zanahoria.
Ya era hora de irme al colegio. ¡Por nada del mundo podía faltar! Tenía examen de biología. Cuando salimos de la casa, GLOC, GLOC, empezaron a caer las primeras gotas de agua.
─ Está lloviendo, no puede ser- dije yo.
Mi papá rápidamente subió a la casa y bajó en dos segundos. De pronto vi un capote, era grandísimo y amarillo, uno de mis colores favoritos. Yo estaba encantadísima, cuando mi mamá me interrumpe diciendo:
─ Niña, súbete rápido que vamos a llegar tarde.
Mi mamá se puso el capote y me colocó delante de ella para que no me mojara. Yo estaba debajo del grandioso impermeable, no veía nada. Cuando íbamos en el camino las gotas de agua parecían bombas que caían sobre el capote. En ese momento sentí que el capote luchaba contra la fuerte lluvia, pero yo sabía que él iba a ganar esta batalla. Yo era la única que me sentía así, parecía un cuento de hadas, yo era la doncella en peligro, el capote, el caballero que luchaba por mí contra las peligrosas bombas de agua, los relámpagos eran como espadas que querían traspasar la armadura del príncipe capote para secuestrarme, pero él estaba firme y luchando por protegerme. Era extraño todo, pero muy divertido, tanto que mi mamá se dio cuenta que iba muy callada y me preguntó por qué estaba tan silenciosa. Sólo le respondí diciendo que vivía un sueño hecho realidad.
En ese instante sentí que mi papá paraba la moto diciendo:
─ Bájate, cariño, que ya llegamos.
Entonces me bajé rápidamente y vi que la lluvia había disminuido, mi mamá se quitó el impermeable y lo guardó en la canasta de la moto. Yo estaba seca y sin una sola gota en mi uniforme, gracias al capote que luchó para que yo llegara bien a mi examen. En ese momento me di cuenta que el bello capote, que tanto había combatido con la lluvia como un caballero salvando a su doncella en aprietos, era un verdadero héroe. Pero a medida que mis padres se alejaban me daba cuenta que el capote no era el único protagonista de esta historia; existía otro en el que no me había fijado, era mi papá, y al verlo totalmente bañado por la lluvia, entendí su sacrificio.

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